Expectación enorme. 50 millones de euros de presupuestos. El niño mimado del cine español. Varios años de ausencia. “Mar adentro” en la memoria… y el reto de continuar ganándose el respeto de público y crítica. Alejandro Amenábar se encuentra a un paso de… Pues lo mismo le ha ocurrido a su última obra, “Ágora”, que tras verla te deja la sensación agridulce de que se ha quedado en casi todos los aspectos a un paso de…

Ágora, la película.

Los protagonistas de la historia: Hypatia, Orestes, Davos, Sinesio… Si quitamos al papel principal, el de la filósofa neoplatónica, encarnado por Rachel Weisz; el resto de personajes quedan un poco, o mucho, desdibujados. Es como si no respondieran a un comportamiento natural. Cuando crees que se van a encauzar, te das cuenta de que a continuación se irán a la deriva… Los discípulos de Hypatia (Orestes, Davos y Sinesio) adolecen en mayor o menor grado de profundidad. Por no hablar de los personajes cristianos: Teófilo, Amonio y Cirilo, poco menos que representantes del demonio en la tierra. Si te pones a hacer un poco de crítica, casi provoca vergüenza ajena lo que han hecho con los mismos (los sermones de Cirilo parecen morcillas de arroces completamente embutidas y, por cierto, debe ser el único gilipollas de la historia del Cristianismo que no menciona al “Cielo” en sus discursos). Y lo dice un ateo, no quiero ni pensar que les pasara por la cabeza a determinados sectores del cristianismo.

Ágora, la película.El guión. Te podrías pensar que estaría a la altura, salvando las distancias, del de “Espartaco”; pero de momento queda claro que ni Amenábar es Kubrick ni Mateo Gil es Dalton Trumbo. Si en “Espartaco” los elementos que conformaban la trama política eran presentados de una forma coherente y sutil, en la que veíamos como la revuelta de los esclavos era un pretexto que servía para una batalla mayor establecida entre los republicanos y los partidarios de la dictadura; en “Ágora”, que tiene mucho politiqueo, se quedan los argumentos como los discursos de Zapatero: un conjunto de buenas intenciones que confunden y que no acaban en nada. Algún malabarismo, pero al final… Agua. Y eso que hay un momento en el que parece que el mundo de las ideas en el que vive Hypatia y el mundo real en el que está sumido Orestes van a encadenarse de forma magistral, que la obra, como un soneto, cobrará un completo significado cuando todos los fragmentos se enlacen y la lírica llegue a su punto culmen. Pues no es así. Parece que vas a llegar, pero no. El clímax no se alcanza y si lo prefieres, puedes fingir el orgasmo. Y no voy a hacer comentarios de cómo van surgiendo las sucesivas revueltas y rebeliones en la ciudad de Alejandría, porque lo de la primera parte de la película es de traca. “Oye, Alejandro, que nos estamos alargando mucho”. “Pues bueno, ahora que vayan a provocar una masacre en venganza de…”. “¿De qué?”. “¡Joder, échale imaginación! ¿O es que acaso no se sobreentiende?”.

Sobre cuestiones de la imagen, hay que reconocer sus cosas buenas y sus cosas no tan buenas. Nuevamente a medio camino. Hay un salto temporal y… ¿se había acabado el presupuesto para caracterizar a Hypatia con algunos años más? Igualmente, resulta casi absurdo algunos planos con las vestimentas de determinados cristianos: por favor, que se los vendan a alguna marca de detergente para hacer alguno de sus anuncios chungos.

Y siguiendo con los planos, a secuencias colosales, como la invasión de la biblioteca, con ese giro de la imagen, metáfora de la transformación del mundo (casi una oda al nacimiento de la Edad Media), le podemos contraponer ese plano en picado a cámara rápida, en el que se ve el asalto de la famosa biblioteca a gran altura, y tan absolutamente fuera de lugar como una canción de las Spice Girls en un concierto de Metallica. Aunque peor era la sucesión de “travellings” que durante los primeros cuarenta y cinco minutos nos “deleitan” en la obra. Ágora, la película.Esos movimientos de cámara tan rápidos, tan desenfocados, tan mareantes, me hicieron revivir los momentos en los que tuve la desgracia de ver “Alejandro Magno”, magno bodrio de Oliver Stone, quien tuvo el mérito de convertir la vida de uno de los personajes más interesantes de la Historia en una infame película.

Sales del cine y, básicamente, puedes llegar a un estado de desconcierto. La armonía se ha roto. Hay un desequilibrio rondando tu mente. ¡Aquí hay algo que no cuadra! Le das vueltas y llegas a la conclusión de que el principal problema ha sido que Alejandro (Amenábar) ha hecho un discurso cinematográfico similar a los pronunciado por el personaje de Cirilo en “Ágora”. Un discurso maniqueo tendente a representar una ficción cinematográfica distorsionada. Y no me refiero a la lógica manipulación que conlleva cualquier obra del Séptimo Arte, no. Estoy hablando a una tergiversación basada en la falta de honestidad del director, quien actuara más como un político que como un artista: preocupándose más de demostrar la veracidad de una serie de argumentaciones que poco tienen que ver con cuestiones cinematográficas, por mucho que la película se llame “Ágora” (aunque para mí no merecería ni el nombre de “Areópago”)… Le sigue faltando un paso.

Lo siento, Amenábar, tu película ha sido casi decepcionante. Pero no te preocupes, habrá miles de personas que quedarán encadiladas con “Ágora” y estoy seguro de que Ángeles González-Sinde será una de ellas… por lo que le conviene.

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Web del autor: MSantaella

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Imágenes: agoralapelicula.com
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