Iñaki Fournier

Inquieto por naturaleza, informático por casualidad y corredor por necesidad. Este aprendiz de empresario toledano, de personalidad tipo A galopante, practica el funambulismo entre los negocios, la tecnología y el deporte amateur. Con el Ave Fénix como totem pasa por la vida con una máxima siempre presente "justifica tus limitaciones y ciertamente las tendrás"


Posteos por Iñaki Fournier

Almas oscuras (II)

El gorila abrió la puerta y susurró algo al puño de su chaqueta. Demonio y ángel desaparecieron en la oscuridad y yo, torpemente, clavé mis ojos en los de aquel corpulento guardián. Su mirada estaba totalmente vacía. Apenas hizo gesto alguno, sin necesidad de ello, me sentí amenazado. Si se hubiera desplazado en mi dirección el terror me habría parado el corazón, en cualquier caso, ese habría sido el menor de mis problemas.

Decidí que permanecer allí era un riesgo que no debía asumir y conteniendo la respiración me dirigí hacia la salida con la mirada bloqueada en el suelo y la boca totalmente seca. Ni siquiera intenté tragar por si el mínimo ruido de mi saliva pudiera desatar cualquier tipo de catástrofe.

A dos pasos de la salida, la puerta se entreabrió para dejarme ver un instante el mundo exterior al que tanto deseaba llegar. Marrones, oscuros, con brillo. Zapatos de punta afilada se adentraban en el local dando un puntapié a mis esperanzas. Cualquier persona podría haber entrado por esa puerta, pero lo hizo “Bronco”.

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Así conocí al Fénix

Un febrero cualquiera algún oscuro sicario del destino se aproximó a mí en silencio y lanzando un impredecible golpe con su puño envenenado atravesó mi pecho hasta apresarme el corazón. Apenas percibí un pinchazo frío y un ruido estruendoso que permaneció un segundo en mi cabeza hasta que todo se paró.

La vida había decidido robarme la infancia sin previo aviso. Palidecía y me apagaba en la mayor de las angustias mientras los redondeados pulsos de color que antes corrían por mis venas de niño se volvían grises y llenos de aristas. Aún hoy dudo si realmente dejé de vivir en aquél momento.

Allí, cautivo, mientras toda la luz de mi inocencia se vertía por las grietas fruto del ataque, no acertaba a entender lo que estaba sucediendo y mucho menos aún lo que iba a suceder.

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Almas oscuras (I)

El club estaba tranquilo. Un sedante mar de alcohol besaba el cristal de mi copa y apenas tres almas huecas, esposadas a la barra, dejaban morir la noche al compás de la música. Era una noche cualquiera.

Poco de lo que sucedía en este negocio de bajos instintos podía llamar ya mi atención. Tanta depravación y negocios oscuros habían curtido mi olvidada inocencia. Cada noche allí sentado no era diferente a cualquier trabajo de oficina solo que en este caso la remuneración era tener un sitio en el que estar. Cuando el peso de tu pasado no permite vivir a la luz del día un antro como este puede ser, incluso, algo parecido a un hogar.

Alternados con algunos compases de piezas de jazz, estilo que nunca llegué a apreciar, las horas se iban diluyendo como el hielo que naufragaba en mi burbon. Todo era monótono hasta que un hecho inesperado me zarandeo hasta sacarme del trance.

La puerta trasera del local, testigo habitual de situaciones poco agradables, se abrió para dejar pasar a un viejo conocido envuelto en gabardina gris. Junto a él, una figura femenina gritaba con lenguaje corporal que su presencia era claramente forzada. Algo siniestro sucedía. Que esa puerta se abriera para dejar salir a alguien ya era mal augurio. Tratándose de una entrada nada bueno podía esperarse.

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Minutos de infancia

En estos tiempos en los que todo se valora en euros y todas las cosas tienen precio me siento afortunado de ser corredor.

Esta tarde le he cambiado a la vida un ratito de infancia por un puñado de esfuerzo.  Durante el entrenamiento he podido sentir ese escalofrío que de niño me hacía cosquillas en el estómago en tantas ocasiones. He recordado muchas de esas pequeñas cosas que tenían la enorme importancia de no importar nada: una lagartija oculta en la mano, esas zapatillas nuevas con las que creía volar, aquellas huidas con el corazón en la boca tras pulsar un timbre a traición o después de un beso robado…

Hoy, corría, sin mirar atrás, libre y descuidado. En medio de ninguna parte he atravesado un camino regado por los aspersores de un campo de cultivo y no he podido dejar de sonreír recordando cuando la misma travesura me hacía llegar a casa calado y lleno de barro. Me he acordado de mi madre llevándose las manos a la cabeza y he pensado en que un día mi hijo llegará a casa en iguales circunstancias y yo, haciendo el papel que me tocará, fingiré un terrible enfado. Sus ojos se llenarán de picardía y los míos de añoranza.

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Legión: como uno puede desear que llegue el apocalipsis mientras ve una película

Yo no soy crítico de cine. No entiendo mucho del tema técnicamente y es por eso que no voy a meterme en ningún huerto demasiado enfangado opinando sobre lo que no sé. De lo que si entiendo es de expectativas y de humo.

Hace algunas semanas, mientras intentaba buscar algún tipo de simbiosis entre mi esqueleto y la butaca de un cine, pertrechado con todo tipo de guarrerías comestibles, vi en pantalla un anuncio de peli: “Legión” se llamaba. Tengo que reconocer que según está la situación económica del país, la idea de un batallón de ángeles de la muerte arrasándolo todo me pareció incluso esperanzador de alguna manera muy muy tétrica (yo tengo estas cosas)

Recuerdo cuando era chaval y me daba por leer al bueno de San Juan narrando el apocalipsis. La imaginación se me desbordaba mientras bromeaba por mis adentros pensando: “anda que como fuera hoy el día….nos íbamos a echar una risas…”

En fin, que me enrollo… Veo en la pantalla a un ser alado en misteriosa pose y toda una serie de escenas muy bien seleccionadas que me hicieron pensar que la cinta sería una opción a valorar, entonces no lo relacioné pero ya me tragué una buena bocanada de humo. Primer error.

El segundo fue dejar vivir al primer error y no darle muerte inmediatamente, con o sin atronador coro de trompetas desde los negros cielos amenazantes. Estuve torpe, la verdad.

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Hemos roto…

Te dejo esta nota aunque ni siquiera lo mereces. Eres un falso. ¡Me has destrozado la vida maldito embustero!

Hoy, ordenando tus cosas he encontrado la verdad sobre ti y se me ha clavado en el alma destruyendo el falso mundo en el que me has tenido embaucada.

Sabes que no soporto la mentira. Sabes cuánto he sufrido en mi vida con tantos engaños y ahora eres tú, en quién había puesto toda mi fe, quién vuelve a hundirme en la miseria.

Tú que me ayudaste a superar el desengaño de los palitos de cangrejo, del zumo a base de extractos y del maíz transgénico… tú que hacías gala de tu 0% materia grasa, diciéndome que no eras como los demás… tú que bien te las dabas de “fresquísima pechuga de pavo braseado” ¡no eres más que un 60% pavo!

¿Qué me has estado dando este tiempo en el que me he entregado a ti? ¿Fécula de patata, proteína de leche y soja?  ¡Tan poco me merezco! señor  “¡Aroma de humo añadido!”

Todo este tiempo confiando en ti sin complejos, regalándote mis intimidades, sin ataduras… y tú… necesitas “potenciador de sabor”… Ya sabía que eras un engreído con tanto conservante y antioxidante pero no me esperaba esto de ti.

No vuelvas a casa, sigue tu camino de mentira lejos de mí, no quiero volver a verte… no eres digno de estar en mi dieta…

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