Accesorios espirituales
sep 11

Estudiando el Budismo.
Alguien dijo, y no se llamaba Federico, que la religión es para aquellos que temen al infierno, y la espiritualidad para quienes ya estuvieron allí. La segunda está asociada a Oriente y cuenta con más acogida en nuestro mercado que la primera. La religión convencional, como diría Cioran, es vista como un prejuicio de familia. La superchería espiritual, en cambio, representa la buena conciencia para muchas criaturas de Occidente, porción del mundo en la que un filósofo llamado Federico dijo hace ya tiempo “Dios ha muerto”.
La tradición judeocristiana en la que nos guste o no hemos sido amasados no ha destacado por ser un exponente de espiritualidad. El monoteísmo tiende a sobresalir por su faceta dogmática. Para colmo, una vez declinada la Iglesia y ya inmersos en el paradigma de la Ilustración las contundentes palabras del anticristiano Federico (para ser más preciso, las de su personaje, el loco) nos enfrentaron a nuestra incertidumbre. Dios ha muerto, y nosotros, seres secularizados, tenemos que vivir con ese vacío. El infierno es ese vacío. La tradición laica en la que nos guste o no hemos sido amasados nos libra de la vida eterna y el eterno retorno, nos deja abandonados en esta limitada existencia productiva.
De ahí surge una necesidad: la carencia provocada por la ausencia, la urgencia de ritos expiatorios y juegos sagrados. Ante eso, mirar lejos suele ser lo primero. Desorientados, buscamos en el Lejano Oriente. Importamos todo de aquellas tierras. En India, decimos, la gente es pobre, ¡pero de una gran riqueza espiritual! Sin embargo, como todo el mundo sabe, bajo aquel paradigma religioso y al amparo de innumerables deidades también impera el dogma, que promueve la espiritualidad y sienta las bases para un sistema de castas con supremacía masculina.
El budismo, el taoísmo y otras tradiciones orientales cuentan con portavoces de ojos redondos. Ellos creen en el conocimiento interior adquirido por medio de libros, viajes, visitas a gurúes de exportación, seminarios que prometen una sabiduría garantizada. El vegetarianismo, basado en el Tao y el principio de no violencia, es el accesorio a menudo más consumido para presumir de una cualidad espiritual y moral. Todo esto, entre otras cosas, nos ayuda a sentirnos buenas personas. A tener buena conciencia. Pero más allá de las poses la mayoría sólo dedicamos nuestras vidas a tres cosas: bienestar, confort, hedonismo. Y si una de las tres se viera amenazada nos olvidaríamos de cualquier principio de no violencia para con animales y humanos.
En cualquier caso, para decirlo todo (y pese a que no todo quedará dicho), a estas alturas muchos saben que el autoconocimiento no se alcanza siguiendo el camino fácil que pasa por el mercado de imitaciones. Todo eso tiene más que ver con la identidad colectiva, mientras que el aprendizaje es un asunto individual. El camino del aprendizaje espiritual es siempre solitario, un viaje íntimo del que no se hablará a menos que se quiera ser plasta, sabiondo y obsceno.
Como bicho de Occidente, europeo y latino que me siento, rechazo instintivamente todo lo que huela a budismo, taoísmo y etceterismos. Pero no me parece mal que la gente desarrolle una espiritualidad propia. Apuesto por emprender el pequeño cambio individual antes que el gran cambio social. Llámenme cándido, romántico, cursi, gilipollas, pero confío en que esto contribuiría a despertar valores un poco menos mezquinos. Ya sabemos que el dinero, verdadero opio del pueblo, es el único valor. Y nos hace despilfarrar el escaso tiempo disponible en puras chorradas. Y como no somos monjes, ni sabios, ni santos, ni locos, ni tontos, ni ricos, y como nuestras prioridades son las de este viejo mundo en el que toca sobrevivir, seguiremos siempre pendiente de las mismas obsesiones vinculadas al deseo y el ego: status, bonanza, grandeza, aceptación, admiración… Pero incluso en esas condiciones cada cual puede sacar lo mejor de sí mismo. El desarrollo espiritual es algo muy práctico, un conocimiento que nos ayuda a ser mejores personas. He dicho mejores, y no buenas personas, ni personas con buena conciencia. A las personas con buena conciencia, como decía Cioran, debemos impedirles a toda costa que vivan y mueran en paz.
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Web del autor: El Holograma
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