Algo más que un amorEra un pueblo pequeño. Allí vivía Mariana. Una mujer de 30 años que cuidaba, con cariño de su madre, una anciana de 90 años en cuyo cuerpo ya no cabía más vida. La anciana se llamaba Emilia, se sentaba en su sillón y de allí no había quien la moviese. Decía conocer todos los placeres de la vida, pero siempre permanecía en silencio y con la mirada perdida. La muerte de su marido la dejó callada para siempre.
Mariana la cuidaba con cariño. Peinaba el cabello de su madre, con ternura infinita, pasaba el cepillo por cada mechón de pelo con mucho cuidado, como si allí estuviesen adheridos los recuerdos de su madre: toda su vida.
Cocinaba para las dos. Todo lo que Mariana sabia, lo había aprendido de su madre. Con esmero, cuando aún era una niña y su cabeza no alcanzaba a los fogones, ella colocaba un taburete de madera bajo sus pies y observaba. Y todo lo que observó le sirvió luego para aplicarlo a su vida.

Un día, Emilia, su madre, tras tantos años de silencio habló. Mariana sintió un pinchazo en el pecho. Ya no recordaba la voz gastada de su madre. Una voz que le traía recuerdos del pasado, recuerdos finos y delicados y que le hacían mucha falta.
Mariana se acercó a su madre y la cogió de la mano. Solo había interrogantes en su mirada, y ansía por escuchar más aquella tierna voz.

- Madre, has hablado. Sigue. No dejes de hablarme -dijo Mariana sin soltar la mano de su madre.

- Hija, he de hablarte. Ha llegado el momento de romper el silencio.

Las palabras de Emilia, caían al suelo como plumas. Eran palabras necesarias. Un extraordinario suceso para Mariana, quien soñaba con este día desde que su madre enmudeció.

- Madre, has permanecido en silencio desde que Padre nos dejó…….- dijo Mariana, con intención de buscar explicaciones-.

El silencio se marcó en sus rostros durante unos minutos que se hicieron eternos.

- Sí, hija, todo tiene su momento. La vida se me empieza a escapar. Hay cosas que tú debes de saber. Cosas que debo contarte antes de irme.

Mariana se sentó a su lado, dispuesta a escuchar a su madre todo el tiempo necesario. Sin apenas caer en la cuenta de que su madre se estaba despidiendo de ella.

- ¿Te acuerdas de Rodrigo, el hombre joven que conduce el autobús que sube al pueblo?

Mariana asintió con la cabeza.

- Pues bien, Rodrigo es hijo de Fernando, el que fue conductor del autobús que ahora conduce Rodrigo, durante muchos años. Yo cogía ese autobús que Fernando conducía, hasta que un día se jubiló hasta su muerte.

Emilia se detuvo, pensativa, en la última frase un largo rato. Mariana le pidió que continuase. Las palabras parecían no querer salir de la boca de Emilia, era como si fuesen demasiado valiosas como para ser compartidas.

- Hija, esto que te voy a contar te puede doler. El amor de mi vida no ha sido tu padre. El amor de mi vida ha sido Fernando. Y Rodrigo es tu hermano. Ninguno de los dos sabéis nada. Rodrigo piensa que su madre murió nada más nacer él. Rodrigo nació seis meses antes que tú.

Mariana sintió un enorme vértigo. Apretó con más fuerza la mano arrugada de su madre, sin darse cuenta de que estaba quebrando sus finos y delicados huesos.

Ahora, a quien no le salía la voz era a Mariana, pero como pudo logró hacerle una importante pregunta:

- Madre, si Fernando era el amor de tu vida ¿por qué no te quedaste con él? ¿por qué te casaste con mi padre y me tuviste a mi?

Emilia suspiró. Tomó aire.

- Hay cosas en la vida, hija, que no pueden ocurrir. A veces, se puede amar a una persona y no pasar el resto de la vida con ella. Fernando murió, pero yo sigo sintiéndole cerca, como aquellos días, hace ya muchos, muchos años. Antes de que naciera Rodrigo, y mucho antes de que nacieses tú. Aquellos días, hija, yo los sigo sintiendo en la piel, aún recuerdo aquellas caricias elaboradas con amor, aquel saberme a salvo de todo. Querida. Amada. Deseada. Y todo aquello lo encontré en un hombre con el que no compartiría mi vida, pero si mis pensamientos. Y ahora.. cuando la vida se me termina, solamente puedo recordar a Fernando, porque en su nombre se resume toda la felicidad posible.

Mariana la interrumpió:

Algo más que un amor- ¿Y Rodrigo, Madre, cómo pudiste abandonar un hijo? ¿cómo un pueblo de apenas 100 habitantes no ha murmurado estas cosas?

- No, hija, te equivocas, Rodrigo no estaba abandonado. Rodrigo estaba con su padre. Rodrigo era y es una parte importante, algo que nos unía  y nos uniría para siempre, a pesar de la muerte. Nuestro amor quedaría viviendo en los ojos de Rodrigo.
Y el pueblo, a veces, solamente ve y escucha lo que quiere. Éramos jóvenes y personas inteligentes que sabíamos resguardarnos de todo.

Mariana se quedó muda. Y sin saber muy bien qué decir besó a su madre en la frente, a la que nunca más volvería a ver con vida y salió a la calle.

Caminó hasta la casa de Rodrigo, con la certeza de saberse enamorada de su hermano. Tenía mucho por hacer. Y empezaría buscando las palabras que menos dolor provocasen, para explicarle a Rodrigo, el amor de su vida, que eran hermanos. Y que su amor no puede ser. Aún así estaba segura e hizo suyas de las palabras de su madre: “A veces, se puede amar a una persona y no pasar el resto de la vida con ella”.