Almas oscuras (I)
ago 5
El club estaba tranquilo. Un sedante mar de alcohol besaba el cristal de mi copa y apenas tres almas huecas, esposadas a la barra, dejaban morir la noche al compás de la música. Era una noche cualquiera.
Poco de lo que sucedía en este negocio de bajos instintos podía llamar ya mi atención. Tanta depravación y negocios oscuros habían curtido mi olvidada inocencia. Cada noche allí sentado no era diferente a cualquier trabajo de oficina solo que en este caso la remuneración era tener un sitio en el que estar. Cuando el peso de tu pasado no permite vivir a la luz del día un antro como este puede ser, incluso, algo parecido a un hogar.
Alternados con algunos compases de piezas de jazz, estilo que nunca llegué a apreciar, las horas se iban diluyendo como el hielo que naufragaba en mi burbon. Todo era monótono hasta que un hecho inesperado me zarandeo hasta sacarme del trance.
La puerta trasera del local, testigo habitual de situaciones poco agradables, se abrió para dejar pasar a un viejo conocido envuelto en gabardina gris. Junto a él, una figura femenina gritaba con lenguaje corporal que su presencia era claramente forzada. Algo siniestro sucedía. Que esa puerta se abriera para dejar salir a alguien ya era mal augurio. Tratándose de una entrada nada bueno podía esperarse.
Como un ángel atado al humeante suelo del infierno, aquella delicada muchacha no encajaba en la escena. Su acompañante era un pillo del tres al cuarto conocido por sus múltiples trapicheos en la zona: drogas, alcohol e incluso algún juego prohibido sobre algún tapete, pero nada del calibre que se podía intuir en este caso.
Observé con cautela. Ya había sido testigo de algunas oscuras situaciones relacionadas con chicas del este pero aquí sucedía algo más. Ya no era una sombra de lo que fui pero el instinto para detectar problemas seguía siendo uno de mis activos.
Despacio, sin intención de llamar la atención, la pareja atravesó el local y se dirigió a una puerta custodiada por cien kilos de músculo embutidos en ropa negra. Ojalá hubiera escapado de allí como si el club ardiera en llamas. En un momento de mi vida en el que pensaba que no tenía nada más que perder, lo que sucedió tras esa puerta me demostró que todo lo que va mal es susceptible de empeorar. Aquello iba a terminar de destruirme.











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