Almas oscuras (II)
ago 24
El gorila abrió la puerta y susurró algo al puño de su chaqueta. Demonio y ángel desaparecieron en la oscuridad y yo, torpemente, clavé mis ojos en los de aquel corpulento guardián. Su mirada estaba totalmente vacía. Apenas hizo gesto alguno, sin necesidad de ello, me sentí amenazado. Si se hubiera desplazado en mi dirección el terror me habría parado el corazón, en cualquier caso, ese habría sido el menor de mis problemas.
Decidí que permanecer allí era un riesgo que no debía asumir y conteniendo la respiración me dirigí hacia la salida con la mirada bloqueada en el suelo y la boca totalmente seca. Ni siquiera intenté tragar por si el mínimo ruido de mi saliva pudiera desatar cualquier tipo de catástrofe.
A dos pasos de la salida, la puerta se entreabrió para dejarme ver un instante el mundo exterior al que tanto deseaba llegar. Marrones, oscuros, con brillo. Zapatos de punta afilada se adentraban en el local dando un puntapié a mis esperanzas. Cualquier persona podría haber entrado por esa puerta, pero lo hizo “Bronco”.
Bronco era el capo del distrito. Enjuto, de piel grisácea y rostro arrugado. Labios finos, casi invisibles. Mirada mortecina y olor áspero. Sólo le había visto una vez antes en el velatorio de algún otro indeseable despojo humano. Ni siquiera recuerdo qué hacía yo allí pero me imagino que nada bueno.
Como si toda la fuerza del universo se hubiera concentrado en su mano, aquél, hombre de frágil aspecto impactó tal puñetazo en mi pecho que me derribó estrepitosamente. En la caída, mientras la música se desvanecía en mis oídos, mi cabeza fue a impactar contra una mesa, todo se apagó dentro y fuera de mí de forma que no puede sentir la patada que me partió una costilla.
Primero volvió el oído. Constante y acompasado podía distinguir las aspas de un ventilador de techo, de fondo, amortiguada, la pista número diez del disco que sonaba antes del golpe. Más cercana, pero indescifrable, la voz de Bronco. Todo olía intensamente, tanto que resultaba agobiante. Se trataba de algún tipo de incienso o aroma similar, tan empalagoso que hasta lo podía saborear. Me repugnaba.
Para cuando empecé a ver de nuevo ya podía descifrar las voces, pero seguía sin entender lo que pasaba. Bronco se refería a la chica de forma despectiva. Comencé a distinguir velas y un rostro detrás de una máscara. Me dolía el costado izquierdo y el pecho. Estaba aterrorizado.
“Nuestro amigo se está despertando” Oí a mi espalda.
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sara










