Una de las joyas de la vida.

Amapola entre carriles.

Y digo carriles porque aunque son palabras sinónimas en el lenguaje popular, al menos en España, el nombre correcto que debe darse en un lenguaje técnico es el de carril y no el de riel o rail. No se dice ferrorail ni ferroriel, ya que lo correcto es decir ferrocarril, o al menos ésto es lo que me cuenta la adorada wikipedia.

Lo cierto es, que se diga como se diga, en mi último viaje a Madrid pude ver en mi recorrido en tren (y así desconcierto a wikipedia) campos llenos de flores, árboles y cuando el paisaje se volvió estepario descubrí una amapola, bellísima amapola, solitaria entre los carriles.

Podrás pensar que es una estupidez pero captó mi atención como pocas cosas llegan ya a hacerlo. ¿Cómo es posible que en medio de tanto hierro, carbono, silicio, azufre, fósforo, arsénico y otros minerales e impurezas, surja algo tan bello? y ¿cómo es posible que yo cuando riego, abono y podo a mis plantas se mueren?

Aquí no me pega el dicho de “mala hierba nunca muere” así que considero que entre los peores ambientes la belleza puede estar presente.

Diariamente nos encontramos con pequeñas joyas a lo largo del camino. En familias cargadas de dramatismo encontramos al hijo que nace inteligente y maravilloso y a su hermano y padres que son fruta podrida.

En aulas cargadas de alumnos macarras y vacíos encontramos a uno interesado en aprender aunque le suponga la burla de sus compañeros.

En las calles, al igual que en los carriles, encontramos algo bello que destaca frente a la fealdad del entorno. Son piezas raras con las que te gusta codearte porque son especiales de principio a fin, rarezas que hacen que la vida sea sorprendente como la amapola que vi: hermosa, digna y estirada luchando frente a su entorno y creciendo entre carriles.

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Web del autor: Lorena Gil

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Imágenes: Google.com
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