Un febrero cualquiera algún oscuro sicario del destino se aproximó a mí en silencio y lanzando un impredecible golpe con su puño envenenado atravesó mi pecho hasta apresarme el corazón. Apenas percibí un pinchazo frío y un ruido estruendoso que permaneció un segundo en mi cabeza hasta que todo se paró.

La vida había decidido robarme la infancia sin previo aviso. Palidecía y me apagaba en la mayor de las angustias mientras los redondeados pulsos de color que antes corrían por mis venas de niño se volvían grises y llenos de aristas. Aún hoy dudo si realmente dejé de vivir en aquél momento.

Allí, cautivo, mientras toda la luz de mi inocencia se vertía por las grietas fruto del ataque, no acertaba a entender lo que estaba sucediendo y mucho menos aún lo que iba a suceder.

Tras de mí, silenciosa, se materializó una figura envuelta en rabiosos y encendidos tonos púrpura y oro, como una llama. Iluminando la escena con su impactante brillo desplegó unas enormes alas de forma acompasada. Parecía un gran pájaro o algún tipo de ángel dorado. Como un depredador reclamando su presa se abalanzó sobre la negra figura que me estaba drenando la vida y la expulsó con fiereza. Mientras mi agresor se alejaba, con gran parte de mi alma en la mano, satisfecho con su trofeo, volvió el ruido. No se fue de mi lado en años.

Así conocí al Fénix. Solo era un niño pero sabía que no había sido salvado sin coste. El Fénix no estaba salvando mi alma, se estaba apropiando de ella. Nunca sabré si la condena que me preparó la vida era ser liquidado o ser salvado de la liquidación. En cualquier caso pagué el precio y desde entonces mi protector  y a la vez carcelero no me ha abandonado ni un solo instante.

Estar marcado por el Fénix te hace ser un poco distinto. En el mundo de las aves, el Fénix, es único en su especie. La expectativa de encontrar un semejante con quién compartir la virtud del renacimiento acaba una y otra vez en la frustración de ser consciente de que no sucederá jamás.

Sin un antecesor que pueda transmitirte el conocimiento para manejar tus dones, el fuego que en otro caso podría ser una increíble arma, se convierte en una amenaza constante para uno mismo. El ciclo interminable de la depuración que produce el fuego se convierte en una incesante vocación de cambio y evolución que choca con el mundo lineal que te rodea. Cuando todo empieza una y otra vez, cuando eres capaz de ver más allá de la vida que vives hoy… todo es un poco más difícil aunque realmente debería ser más sencillo.

Y así mi vida se quema aleatoriamente sin previo aviso para volver a nacer de los rescoldos de mi nido humeante, con más fuerza aunque más cansado, más sabio aunque más resignado. El eterno flujo de la vida y la muerte encerrado en el simbolismo de un pájaro inmortal, la vida eterna, mientras hay vida…