Eigual

Nació el 2 de agosto de 1981 en Granada. Descubrió hace ya algunos años, en la escritura, una forma de compartir pequeñas historias cotidianas. Aprendió a meter historias dentro de poemas, por la necesidad que sentía de compartir momentos únicos a su manera. Actualmente reside en Barcelona. Tiene tres gatos. Un blog. Y escribe un artículo semanal para un periódico digital.

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Posteos por Eigual

De trapo

Me suicidé a la edad de 28 años. No me preguntes por qué. No sé muy bien por qué se suicida alguien a la edad de 28 años. Pero yo lo hice. Y tenía mis motivos. Con 28 años tenía todo lo que quería y más. Y podía tener aún más todavía. Tan solo me faltaba probar la muerte. Porque, para qué esperar a morir de viejo, pudiendo morir de joven. Como digo, lo tenía todo. La vida carecía de sentido para mi, ya que cuando lo tienes todo, dejas de sentir atracción por las cosas, dejas de ilusionarte y todo esto da paso a la desidia de los días. Vivir me pesaba. Caminar era un gran esfuerzo que ya, al menos para mi, no tenía sentido.

Así que me suicidé. Pero antes de hacerlo había tenido varias citas con una vidente que me aseguro que existía la reencarnación. Le expliqué mi situación. Le dije que lo tenía absolutamente todo y que ya no aspiraba a nada más dentro de mi cuerpo, ni con mi vida actual. Así que la vidente me abrió puertas a la esperanza. Me habló del alma: que es eterna, que nunca muere. Y que morir suponía reencarnarte en otra persona, animal o cosa.

Sentí miedo, al principio, ya que no se trataba de elegir en lo que te querías reencarnar. Era una lotería. Y la vidente así me lo dijo. A pesar de eso, me suicidé puntualmente. Preparé unas pastillas letales, que terminarían con mi vida en un cerrar y nunca abrir de ojos. Y así me suicidé. No quería sentir dolor. Solo quería sentir cómo escapaba de mi cuerpo. Quería sentir que me moría. Y al tomar aquellas pastillas noté como se detenía mi corazón y fui consciente de ese instante en que dejé de respirar. De ese dulce momento en que mueres. Me vi morir. Gran privilegio -pensé, antes de abandonar del todo mi cuerpo-.

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Solamente celos

No salgas. Quédate conmigo. No llames. No quedes. ¿Te vas?. ¿Te vas ya?. ¿Con quién has quedado?. ¿Hasta que hora has quedado?. Y me quedo solo. Y me aburriré solo. No tardes. Llámame cuando puedas. ¿Y va aquel chico que la última vez te sonreía?. No te pongas esa falda. ¿Y ese escote?. Tendrás frío. Te llamaré si me preocupo. ¿Me llamarás?. ¿A qué hora dices que regresarás?. ¿Llevas dinero?. ¿Llevas el móvil?.
Celos. Hay celos sanos. Celos enfermizos. Celos que duelen. Celos que marcan. Celos que te enmarcan para siempre. Hay celos que te ahogan, que te atan, que te obligan, que te hacen llorar. Que te marcan la piel para siempre, y a veces, condenan tu vida.

Él se acerca a ella y suavemente busca su cuello con un beso. Ella mira nerviosa su reloj: llega tarde. Ha quedado con unas amigas de la infancia. Se reencontrará con nuevas compañeras y compañeros del instituto. De aquellos días de besos, alcohol y música de discoteca. De los amores callados. Aquellos días de interminables de dudas, de amores creciendo por dentro, de despedidas obligatorias. Aquellos días del me querrá o no me querrá.

Y él la mira con la certeza y el miedo que se siente cuando los celos mueven ficha por ti. Él la esperará. Le dirá que lo pase lo mejor posible. Qué él la esperará en casa. Ella saldrá y se divertirá. Y no escuchará la llamada de él a las tres de la mañana. Ni la primera, ni las que vendrán. Y no leerá los cinco mensajes de texto que tiene en el móvil. Mensajes desesperados, celosos e irritantes. Ella bailará ajena a todo. Él da vueltas por la casa, su cabeza retumba y la imagina a ella en los labios de otro, en las manos de otro. Y se enciende esa llama por dentro. Celos. Celos ardiendo. Quemando su piel. Celos macerándose poco a poco en su cabeza. Celos de quien se siente engañado dentro de su mentira.
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Flores amarillas

Me pregunto, a veces, si recordarás el campo de flores amarillas. Cuando los días de primavera y sol, nos acercábamos hasta el “campo amarillo”, como le llamábamos, y mirábamos tumbadas boca arriba, el cielo. Me pregunto si recuerdas cuando encontrábamos en las nubes la forma de nuestro pelo y reíamos y yo hundía mi cara en tu cuello. Me pregunto si te seguirán gustando los helados de vainilla. Si seguirás acudiendo a misa los domingos. Y si sigues soñando despierta, como hacíamos aquellos días.

No sé dónde quedaron todas aquellas promesas que nos hicimos. Aquel primer beso y las iniciales de nuestros nombres escritos con una afilada piedra, en la corteza del viejo árbol. Hay días en que te recuerdo demasiado. Y puedo sentir aún tu olor dulzón, y el aliento de tu boca frente a la mía, antes de darme un beso. Y es que no solo te recuerdo en primavera. También te recuerdo cuando hace frío y te imagino encerrada en casa, con la manta azul echada por el cuerpo, mientras relees la Biblia, ésa que decías que no te perdonaría nunca todas las primaveras que vivimos.

Y es ahora, tras tantos años, que te vuelvo a echar de menos. Sobre todo cuando los amigos me hablan de sus parejas. Y me dicen que los años pasan y que la vida se escapa. Es entonces que pienso en ti. En lo suave de tus manos, en que nadie nunca se volvió a esconder conmigo entre aquellas flores amarillas. Nadie nunca miró conmigo el cielo desde que dejamos de vernos.

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Una cita para siempre

Era un hombre silencioso y respetuoso. Rozaba ya los 60 años de edad. Se había jubilado hacía algunos años. Frecuentaba el bar más escondido de la ciudad. Bebía vino y leía libros allí, anclado en la barra. Parecía derrotado, asustado por los días que se le escapaban de las manos, como la espuma de mar que escapa y desaparece en el ir y venir de las olas.

Nunca hablaba el hombre con nadie. Se escondía tras su silencio y su boca se mantenía  sellada bajo un enorme bigote perfecto y cuidado. El camarero ya estaba acostumbrado a verle allí, eternamente allí, donde llevaba el hombre acudiendo, cada día, durante 10 años de su vida. Era un extraño cliente más, que intentaba reanimar sus horas llenas de soledades, en el Bar, donde siempre se escuchaba una voz, el ruido al descorchar botellas de vino o el suspiro de alguien a su lado.

Sin embargo, un día ocurrió algo inesperado. Una mujer se acercó a aquel hombre. Una mujer joven y elegante. ¿Qué hacía una mujer como ella, en un bar como aquel?. No se supo nunca. Pero lo cierto es, que todo cambió. Aquella mujer le interrumpió un día, preguntándole qué leía. Él, un hombre caballeroso y atento, le mostró el libro que tenía entre las manos. Hablaron ese día durante horas. Él le contó que a lo largo de su vida había leído cientos de libros, y que recordaba el final de todos y cada uno de ellos. La mujer quedó impresionada. Ella también leía, no tanto como él, pero sí lo suficiente como para poder compartir con él aquella pasión.

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Siempre recordarás

Recuerdo el primer día en que te vi, como si se tratara de una caricia de plumas. Yo escuchaba la B.S.O de Moulin Rouge cuando a lo lejos te reconocí entre la multitud. Era extraño verte sin que tú aún me hubieses encontrado con la mirada. Te vi buscarme con el nerviosismo que tanto te caracterizaba. Qué grande se hacía la ciudad cuando nos buscábamos ¿verdad?. Bajé de aquel extraño tele transportador que me devolvía a tu lado en apenas unas horas. Sonaba One day i’ll fly away en mis oídos, cuando toqué el suelo con mis pies quedando a escasos metros de los tuyos. Recuerdo la forma que tenías de morderte el labio inferior, tu mirada impaciente, tus manos en los bolsillos, la gomina de tu pelo, tu tierna sonrisa de labios cerrados.

Me acerqué a ti. Siempre me acercaba a ti. Con los ojos cerrados, con aquella canción de los reencuentros sonando en mis oídos y cubriendo todas las voces de la gente. Volaré, como en la canción, hasta tus brazos. Hasta tu abrazo tierno. Tus manos suaves y necesitadas de caricias. Siempre recordaré los círculos que dibujaba en tu mano con la yema de mis dedos, camino de tu casa. Y las prisas por darte un beso. La forma y el sabor de tu lengua. El peso de los párpados por las mañanas, tras una noche de caricias bajo las sábanas.

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Si Internet se va

En los tiempos que corren, es imposible que los jóvenes, sobre todo los nacidos en los años 80, no estemos inmersos en el mundo tecnológico. Qué lance la primera piedra, aquel que no posea un ordenador en casa y lo utilice para conectarse a Internet, o el que no posea un teléfono móvil con 3G y conexión a Internet, el que no disponga de un lector de libros electrónicos, el que no tenga un arsenal de películas en un disco duro multimedia (películas gratis-cine en casa).
Hoy en día, a un solo movimiento de ratón podemos ponernos en contacto con algún amigo por alguna red social, de las muchas que existen. Jugamos on-line. Escribimos en blogs, o e-mails de amor. Miramos las fotos del ultimo viaje y las compartimos con todos nuestros amigos en las redes sociales.

Creo que hemos cambiado muchos momentos que antes nos unían y nos hacían más especiales. Momentos que se daban aquellos días, allá por el año 1999-2000, cuando disponer de internet, era apenas un lujo, y que muchos disponíamos de él en 56Kb. Navegábamos lentos, pero daba igual, porque aquello era una “revolución” y teníamos más paciencia. Con la llegada de Internet, muchos de nosotros dejamos de reunirnos para ver las fotos del último viaje. Fotos de papel, esas fotos que cuando enseñabas siempre decías: “por favor, no le pongas los dedos encima”.

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La inocencia de un niño

Era pequeño y miraba por la ventana. El mundo se hacía grande frente a sus ojos. Muchas preguntas comenzaban a acecharle. Era un niño distinto al resto, pero a al mismo tiempo, igual. Porque él tenía dos madres. Dos madres que le adoraban, que lo cuidaban,  que le leían cuentos, que le hacían reir. Dos madres que veían películas de dibujos animados con él, en el sofá, bajo las mantas. Dos madres que le vestían para ir al colegio, que le bañaban. Dos madres que le querían y le cuidaban.

En el colegio, los niños se interesaban por la familia de Pablo, como así se llamaba.

- Pablo, entonces, si tienes dos madres, debes de tener dos padres -le dijo María, una compañera de clase-.

El niño se quedó callado y perdido. Lo cierto es, que Pablo no conocía a ningún padre. Sus madres jamás le habían hablado de que él tenía un Padre. Por eso Pablo se quedaba callado, mientras María le insistía con la mirada.

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