Iñaki Fournier

Inquieto por naturaleza, informático por casualidad y corredor por necesidad. Este aprendiz de empresario toledano, de personalidad tipo A galopante, practica el funambulismo entre los negocios, la tecnología y el deporte amateur. Con el Ave Fénix como totem pasa por la vida con una máxima siempre presente "justifica tus limitaciones y ciertamente las tendrás"


Posteos por Iñaki Fournier

Nuevas tendencias educativas

Últimamente mi hijo de tres años ha tomado una decisión de cara a modernizar mis gustos culturales respecto a música, cine, tv… Ha pensando que ya vale de películas serias, documentales aburridos y tanto Canal Cocina para aprender recetas con las que deleitar a la familia. Su plan estratégico pasa básicamente por una alta dosis de dibujos animados de forma ininterrumpida. Básicamente se trata de cambiar Discovery Channel por Play House Disney y Clan

Uno de los programas que con más insistencia me recomienda ver es “La Casa de Mickey Mouse”. La verdad es que es algo que le agradezco enormemente porque desde que he empezado “el programa” me sé los colores mucho mejor que antes y tengo una enorme fluidez cuando se trata de diferenciar un circulo de un cuadrado. Además ahora lo hago todo canturreando canciones super divertidas y cuando nadie me ve bailo la “Mickeydanza”!!

El problema que tengo es que hay algunas cuestiones que no termino de explicarme y que me generan dudas. Vengo observando que el prota, un tal Miki o algo, tiene un pedazo de chalet exagerado de grande en una super finca, un avión, un megaordenador, un coche… y claro, teniendo en cuenta que es un ratón y el resto de sus amigos no tienen donde caerse muertos me asaltan las dudas. Realmente ¿en qué trabajará para tener tanta pasta? ¿por qué está siempre todo el mundo entrando y saliendo de su casa? Y sobre todo, ¿por qué está siempre tan tan emocionado?.

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Acusica

Recuerdo cuando era pequeño y cada salida al recreo, en el cole, era una aventura. Jugar era un arte, el arte de convertir cualquier tipo de objeto en un juguete. Uno de los recursos más socorridos eran las piedras. Abundantes y contundentes… cazar a un colega con una buena pedrada era como la Master Card, no tenía precio. Era ese tipo de juegos sutiles que nos ponían en contacto con la inmortalidad y que tanto unían al agresor y al agredido en esos mágicos momentos de brechas, sangre y agua oxigenada.

El caso es que ya por entonces, imagino que es una figura que nació en el principio de los tiempos, algunos niños inadaptados socialmente no apreciaban el gesto de amistad que suponía recibir una pedrada y se dedicaban a practicar el innoble acto del chivateo.

El chivato era aquél niño, normalmente bastante repelente, que lejos de convivir siguiendo las sencillas reglas de la comunidad recurría al feo recurso de apelar a la protección de un adulto rompiendo de esta forma el equilibrio natural de las cosas.

Lo que entonces no alcanzaba a entender el chivato es que ese tipo de actos era equivalente a apagar un fuego con gasolina. Los compañeros, observando el problema de adaptación del chivato, ponían todo su empeño en reinsertar a la pobre criatura dedicándole más atención en las siguientes “actividades”.

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Filosofía de barrio: las expectativas

Hay lecciones que uno aprende en la vida por las que paga un alto precio y aun así, en ocasiones, se borran de la mente y uno tiene que volver a aprenderlas. Es como andar por un camino que periódicamente pasa por el mismo lugar, uno no sabe si es que no ha avanzado nada y ha vuelto a empezar o por el contrario es que a lo largo de lo andado hay lugares que se parecen mucho. Una de las lecciones que tantas veces he aprendido y he vuelto a olvidar, una y otra vez, se resume en una sola frase “cada uno es responsable de su sufrimiento”. Dicho de otra forma, cada uno decide si quiere sufrir o no.

Un disparador frecuente de ese sufrimiento es la frustración. La frustración es la consecuencia de una expectativa que no se cumple, una expectativa que nosotros mismos creamos. La mayor parte de las veces esas expectativas, que creamos muy dentro de nosotros, dependen de la acción de una tercera persona. Si la expectativa no se cumple, y este hecho no es interpretado correctamente, nuestro deseo se convierte en una agresión por parte del tercero. Su acción (o inacción) nos causa un daño y sufrimos por ello. La representación visual de esta sensación podría ser la imagen de un niño que, altísimamente ilusionado por la llegada de los Reyes Magos, acude al árbol de navidad y no encuentra nada. El dolor… la frustración… es causada por los Reyes Magos!!! Ellos son los culpables!!

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Mundo Terrícola (I) – Las bodas

Amigos extraterrestres, si estáis leyendo este manual es que mis temores se han hecho realidad y nuestra civilización occidental ha sido destruida finalmente (me puedo imaginar quién ha sido el causante… y decía que no había crisis…)

Para que entendáis mejor cómo éramos y por qué desaparecimos voy a intentar recopilar algunas de nuestras tradiciones, comportamientos sociales y curiosidades.

En este primer capítulo os quiero hablar de las bodas.

Las bodas son un acto tribal en el que dos personas de nuestro género humano se mienten sobre lo que van a hacer juntos los próximos años de su vida. Se celebra rodeado de los amigos y familiares. Para darle cierto tono carnavalesco (ya os hablaré de los carnavales) la gente acude a este tipo de actos disfrazado, la solemnidad la suele poner normalmente algún señor que conduce a la tribu durante el ritual. Para nosotros es muy importante que esa persona sea muy muy aburrida y que ser posible sufra de verborrea o de exceso de protagonismo.

En cuanto a los disfraces, las más llamativas suelen ser las mujeres que, realizando un guiño a nuestra madre naturaleza suelen ir disfrazadas de ciertos tipos de aves, es decir, con colorines variados e intensos y alguna que otra pluma (especialmente en la cabeza) Es muy importante, como en toda ceremonia tribal, que las mujeres vayan adornadas con pinturas tribales que apenas dejen ver su rostro, por dar colorido más que nada.

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Almas oscuras (II)

El gorila abrió la puerta y susurró algo al puño de su chaqueta. Demonio y ángel desaparecieron en la oscuridad y yo, torpemente, clavé mis ojos en los de aquel corpulento guardián. Su mirada estaba totalmente vacía. Apenas hizo gesto alguno, sin necesidad de ello, me sentí amenazado. Si se hubiera desplazado en mi dirección el terror me habría parado el corazón, en cualquier caso, ese habría sido el menor de mis problemas.

Decidí que permanecer allí era un riesgo que no debía asumir y conteniendo la respiración me dirigí hacia la salida con la mirada bloqueada en el suelo y la boca totalmente seca. Ni siquiera intenté tragar por si el mínimo ruido de mi saliva pudiera desatar cualquier tipo de catástrofe.

A dos pasos de la salida, la puerta se entreabrió para dejarme ver un instante el mundo exterior al que tanto deseaba llegar. Marrones, oscuros, con brillo. Zapatos de punta afilada se adentraban en el local dando un puntapié a mis esperanzas. Cualquier persona podría haber entrado por esa puerta, pero lo hizo “Bronco”.

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Así conocí al Fénix

Un febrero cualquiera algún oscuro sicario del destino se aproximó a mí en silencio y lanzando un impredecible golpe con su puño envenenado atravesó mi pecho hasta apresarme el corazón. Apenas percibí un pinchazo frío y un ruido estruendoso que permaneció un segundo en mi cabeza hasta que todo se paró.

La vida había decidido robarme la infancia sin previo aviso. Palidecía y me apagaba en la mayor de las angustias mientras los redondeados pulsos de color que antes corrían por mis venas de niño se volvían grises y llenos de aristas. Aún hoy dudo si realmente dejé de vivir en aquél momento.

Allí, cautivo, mientras toda la luz de mi inocencia se vertía por las grietas fruto del ataque, no acertaba a entender lo que estaba sucediendo y mucho menos aún lo que iba a suceder.

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Almas oscuras (I)

El club estaba tranquilo. Un sedante mar de alcohol besaba el cristal de mi copa y apenas tres almas huecas, esposadas a la barra, dejaban morir la noche al compás de la música. Era una noche cualquiera.

Poco de lo que sucedía en este negocio de bajos instintos podía llamar ya mi atención. Tanta depravación y negocios oscuros habían curtido mi olvidada inocencia. Cada noche allí sentado no era diferente a cualquier trabajo de oficina solo que en este caso la remuneración era tener un sitio en el que estar. Cuando el peso de tu pasado no permite vivir a la luz del día un antro como este puede ser, incluso, algo parecido a un hogar.

Alternados con algunos compases de piezas de jazz, estilo que nunca llegué a apreciar, las horas se iban diluyendo como el hielo que naufragaba en mi burbon. Todo era monótono hasta que un hecho inesperado me zarandeo hasta sacarme del trance.

La puerta trasera del local, testigo habitual de situaciones poco agradables, se abrió para dejar pasar a un viejo conocido envuelto en gabardina gris. Junto a él, una figura femenina gritaba con lenguaje corporal que su presencia era claramente forzada. Algo siniestro sucedía. Que esa puerta se abriera para dejar salir a alguien ya era mal augurio. Tratándose de una entrada nada bueno podía esperarse.

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