Tú es uno más. Un susurro entre vozarrones, una voz irrelevante. Tú es otro anónimo cabreado/no reconocido que suelta sus paridas en la blogósfera. Sin pretensiones de jugar al buen periodista, sin código ético ni moderación de comentarios. Tú son varias criaturas viscerales con esa tendencia en boga la opinión indiscriminada. El blog es ese espacio en el que Tú reflexiona, miente, insulta. En un sentido creativo. Tú eres tú, soy yo, es él, ella. Todos somos Tú.

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Posteos por Tú

Las Putas, los puteros y las putas ONGs

Son tiempos difíciles, tiempos de confusión. Vivimos en una sociedad que estimula el deseo sexual más obsesivo y que por otra parte obliga a reprimirlo. Hace un par de semanas El País publicó en portada esas fotos de mamadas y metesacas. Vaya trabajo de investigación. No hay nada más cutre que las noticias en plena sequía veraniega de noticias. Y el tema una vez más en boca de todos. Como en 2006 con la ordenanza cívica. En aquel entonces eran las putas feministas las que promovían la caza de clientes. Ahora son las putas ONGs. Mesianismo colectivo subvencionado, vamos. Se parte de que la prostitución no es una práctica espontánea ni voluntaria (como si el trabajo que la mayoría debe realizar para sobrevivir lo fuera), y se propone centrar el castigo en la demanda y erradicarla. ¿Así acabarán con las mafias y con este oficio inmemorial? Ni Aznar se atrevería a fantasear tanto. Menudo plan tendrán en mente para no dejar a todas esas mujeres, a las adorables y a las indeseables, sin una fuente de ingresos. Ellas, las que de momento piensan seguir, lo tienen claro: legalización. ¿Pero a que da pereza regular la prostitución? ¿Protegerlas de chulos y traficantes de personas? Vaya faena. Es más fácil enfocarlo del otro modo. Puta: víctima. Cliente: cabrón.

Pues yo de vez en cuando hago de cabrón. No me imaginen arrastrándome por Las Ramblas, el prostimundo barcelonés es mucho más amplio y variado. A veces frecuento los mismos sitios que los periodistas de El País cuando no están delatando a las putas barriobajeras de Las Ramblas. Es un hábito bastante inconfesable. Provoca un rechazo, manifiesto o camuflado, en el 99% de las mujeres. Pero lo más interesante es el rechazo que provoca en los hombres. Esos hombres que se jactan de no haber pagado nunca para follar, pero no encuentran poco viril pagar el precio de un gramo de coca. En el fondo los comprendo, todos tenemos un pequeño orgullo de gilipollas que nos hace creernos mejores; el mío es no haber visitado nunca a un psicoanalista (por la misma tarifa tienes a una tía cañona o compras un gramo de coca: tú eliges). Cuando les dices a estos tíos: un billete y los hombres nos ahorramos el trámite del ligoteo, te responden con desdén: habla por ti. Pero no sólo expresan una superioridad barata, sino un profundo desconocimiento de ciertas cosas. Primero, que de un modo u otro siempre acabas pagando por un polvo (y que venga Galileo a desmentirlo). Y segundo, que las putas no fingen como se piensa. Bueno, no en todo. Una puta no finge que te hace una mamada, te la hace. Y estamos hablando de mujeres que hacen unas 2500 mamadas al año, lo cual se traduce en una pericia suprema en materia de felaciones que todo el que no haya ido de putas desconoce, por mucho talento que tengan las chicas con las que se acuesta.

La mayoría de mis experiencias han sido buenas. Cuando pagas lo haces para evitarte el antes y el después. A veces sólo apetece el durante, un durante bien guarro y a otra cosa, ¿verdad? Siempre he procurado ser amable y respetar las pautas de las putas. Se exagera cuando se habla de sometimiento, en la cama mandan ellas. Con decirles que en una ocasión una puta ni siquiera me dejó meterle mano. Only fuck and suck, if you want more you have to pay more, me dijo, y por si fuera poco me obligó a acoplarme en la postura del misionero, hombre arriba mujer abajo. De nada sirvió explicarle que para mí era una posición odiosa, que desde mi primera vez me había negado a repetirla. If you want more you have to pay more. Volví a visitarla una y otra vez y mi flexible actitud contribuyó a que ella también me fuera haciendo todo tipo de concesiones. Como soy bastante monógamo, ahora la visito sólo a ella. Pero no soy como esos sensibles que pretenden hacerse amigos o llegarles al corazón o conocerlas mejor o incluso hacer que se corran (estos últimos son de risa). Conozco a las putas.

Puede que en Suecia haya funcionado lo de erradicar la demanda. Pero basémonos en esa fuente de sabiduría que son los tópicos (aunque ahora más de un listo se empeñe en destruirlos): una sueca te la chupa en la primera cita y sin que se lo pidas, mientras que una española no lo hace ni aunque se lo pidas llorando. Seguro que en Suecia la demanda no es la misma. Y seguro que a Suecia la crisis no le afecta como a España. En tiempos difíciles no sería acertado restringir una válvula de escape como es el sexo pagado. Todos los gobiernos del mundo deberían tener en cuenta esto, si aspiran a mantener la estabilidad social. El sexo permite al hombre común reconciliarse con la servidumbre que es su destino, y muchos sólo acceden a él pagando.

Mientras haya demanda seguirá habiendo oferta. Y mientras haya hombres comunes y cachondos que no consiguen seducir y que están cansados de intentarlo, y otros que siempre han seducido y que ya no les apetece, y mientras haya parejas que siguen la evolución lógica y dejan de hacer todo lo que alguna vez hicieron en la cama, pues seguirá habiendo demanda. Los santurrones onegeistas piensan en la prostitución como un trabajo degradante. Pero casi todos los trabajos consisten, de un modo u otro, en tragarse la mierda de los demás. Las ONGs creen que entienden, pero ni siquiera entienden que no entienden. Y su planteamiento ridículo nunca tendrá el peso del testimonio de un putero agradecido.

Imágenes: ElPaís.com

Yonqui de la tele

Risto Mejide en su nuevo programa G20.

Risto Mejide en su nuevo programa G20.

Risto Mejide es un provocador de manual. En el estreno de su programa G20 (donde se mete con veinte personajes con los que resulta tan fácil meterse que no merece la pena) dijo que lo que más le importaba era no ser demagógico. El manual del provocador que hoy en día se consigue en cualquier quiosco viene con una balanza para que todo malote sopese sus palabras antes de emitir opinión. Si la balanza se inclina hacia el lado que pone DEMAGÓGICO, significa que no vas a decir nada interesante, más bien intrascendente. Da igual si realmente te crees lo que dices o no, tú debes renunciar a los matices y añadir mala baba a tus palabras para que la balanza se vuelque con todo el peso hacia el extremo opuesto que pone CONTROVERTIDO. He aquí la manera en que funciona un provocador de manual. Lo polémico como forma eficaz de autopromoción.

Risto Mejide es un yonqui de la tele. En una de las últimas galas del primer OT en el que estuvo, Risto dijo que nada más acabar el ciclo regresaría a su agencia de publicidad, de donde nunca debería haber salido. Regresó a su agencia, sí. Pero también quedó enganchado al medio. Empezó a pulular por diversos programas. Su retorno a OT fue esperadísimo. Pero ya no era el mismo. Ahora era solo un tipo ácido, pero sin gracia. Ya no divertía como al principio, daba pena verlo. Como si ya ni siquiera se pusiera cachondo como se pone todo criticón cuando tiene ocasión de manifestar que algo no le gusta. Era como si ya no lo disfrutara. Hace poco en una entrevista dijo que la fama era una mierda, lo mismo que diría cualquier yonqui de esa droga que le ha jodido la vida, que es una mierda.

Risto Mejide ha triunfado en el estreno de G20. Un 21,9% de audiencia coprófaga (o consumidores de fama) le da la bienvenida.

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La verdad es asocial

La televisión es una ventana con vistas a un mundo de mentes básicas. Es poco común asomarse y oír una voz lúcida. Pero el milagro es posible. No sé qué tiene Julia Otero, pero la encuentro una mujer hermosa y adorable. No la escucho por radio, ya que sólo los currantes escuchan la radio. En la tele solía tener un programa con niños, y para mí los niños es como si no existieran. Pero cada vez que un zapping azaroso la hace aparecer me pone que no veas. Ayer vi un extracto de una entrevista que le hicieron en Buenafuente. Julia afirmaba que en su trabajo de comunicadora todos los días había que morderse la lengua. Y Andreu: que no, que yo no me callo nada. Y ella: que sí, y tanto que te callas unas cuantas cosas. Frente a la autocomplacencia ética e ingenua de Buenafuente, la inteligencia de una mujer capaz de reconocer las cosas como son. De decir algo verdadero. Dijo Julia Otero: «La verdad es asocial. Imposible para la convivencia. Con la verdad por delante se hunde el mundo».

Julia Otero.

Julia Otero.

Me quedé boquiabierto, a punto de meterme en la pantalla para besarla. La verdad es asocial, ya me habría gustado a mí alcanzar esa síntesis aplastante y reveladora. Cuando me decidí a crear un blog lo hice pensando en que Internet es el único espacio en que todavía puedes decir lo que no puede ser dicho. Aquello que haría que el mundo se hundiera si fuese dicho en los medios por una voz relevante y responsable. Con la verdad por delante no quedaría una sola persona que nos sonriera o saludara. La libertad de expresión es un mito pueril.

El mundo necesita el disfraz del eufemismo. La sinceridad puede ser de una pornografía insoportable. Podríamos pasarnos noches enteras, Julia y yo, hablando de esto. La única verdad es que no puede decirse la verdad. Lo he oído por la tele, aunque parezca mentira. No lo dijo Beatriz Montañez, no lo dijo Estíbaliz Gabilondo. Lo dijo una señora que le da mil vueltas a esas niñatas de manual. Una voz lúcida, auténtica. Y por si fuera poco, una voz de locutora. No me digan que no es un milagro.

Matadnos a todos

Barrio del Raval en Barcelona.

Barrio del Raval en Barcelona.

El jueves pasado, en el Raval de Barcelona, vi a un adolescente pobre desangrarse hasta morir. El argelino apuñalado por otro argelino, ¿os acordáis? Aquello no estaba dentro de mi kilómetro sentimental: diferencia de clase, de cultura. Como no lo está Palestina. No finjo empatía. No soy esa clase de sufridor santurrón. Al cabo de un rato ya estaba con mis amigos culturetas en la plaza del CCCB bebiendo birras y hablando de pelis interesantes, a punto de ver una. Claro que comentamos el suceso, cómo no, pero brevemente. ¡Qué fuerte!, dijo uno de mis amigos. Y luego empezó la peli interesante que habíamos ido a ver.

En la plaza del CCCB en agosto se proyectan películas gratis al aire libre. Los asistentes más avispados ocupan las pocas hileras de tumbonas, y el resto se sienta en sillas o en el suelo. Siempre hay demasiada gente. Muchísima. El recinto se llena de personas como yo, a las que les da igual que el mundo estalle mientras no nos muevan de nuestra tumbona. Así somos los que pertenecemos a esta parte del mundo, y vaya si mataríamos por una tumbona (tic, tac, tic, tac… ¿habéis pillado ya la metáfora?). Este año los organizadores del ciclo de películas en el CCCB han prohibido reservar tumbonas. Pero nosotros pasamos de todo, tan patológico es nuestro egoísmo y nuestra afición al placer. Le echamos morro y reservamos tumbonas para esos amiguetes con los que comentamos entre birra y birra el asesinato de un extranjero marginal ocurrido a pocas calles, para luego volver a nuestra realidad monotemática: cine, conciertos, curro, dinero, fiesta, drogas, vacaciones. También nos complace quejarnos, como siempre, del asco que nos provoca esta ciudad y de nuestra precariedad, un eufemismo de la pobreza light que utilizamos los pobres cool del mileurismo, los adictos a la cooltura, pijos más o menos bohemios, la mayoría de nosotros con una vida desordenada aunque cómoda, instalados en un piso donado por nuestras familias, habituados al viaje frecuente y las vacaciones vía low cost. Barcelona está llena de toda clase de gente, pero sobre todo de gente más o menos como nosotros: artistas, ciclistas, activistas, onegeistas, documentalistas, periodistas, publicistas, fetichistas, buenrollistas, hedonistas. Somos todos la misma mierda.

Todo el planeta vive en Barcelona, y no caben dudas de que la sobrepoblación exige medidas drásticas, pero no es el joven argelino que apuñalaron en el Raval la clase de gente que debe morir para recuperarse el equilibrio. Sobra más de lo otro, de lo nuestro. Las víctimas de un genocidio, pienso cuando ya no le presto la mínima atención a la película interesante que está en la pantalla, deberíamos ser los que estamos en esta plaza de la cultura contemporánea. Todo aquello que se encuentra dentro de mi kilómetro sentimental. Incluido yo.

Asesinos del Instituto Columbine grabados por las cámaras de seguridad.

Asesinos del Instituto Columbine grabados por las cámaras de seguridad.

Este verano los de ETA están muy liados. Por eso me dirijo a esos asesinos natos cuya vocación se está despertando. No me creo que esta ciudad todavía no haya engendrado ningún asesino serial. Quizá de momento sólo sean misántropos solitarios, nihilistas que subliman sus impulsos destructores en fantasías de violencia. Pero si se deciden estoy seguro de que pueden convertirse en los genocidas superguays que Barcelona se merece. Aquí el problema no son los pobres, como insinuaba Malthus, sino los pobres cool. Tomad nota y matadnos a todos. Aprovechad la ira del verano. Entrad como los chicos de Columbine y hacednos saltar de nuestras tumbonas. Cualquier suplemento cultural o publicación de ocio y tendencias, cualquier agenda de festivales y eventos, ya sea con entrada (Sonar, Primavera Sound, Grec, ciclos de cine en la Filmoteca o el CCCB, etc.) o gratuitos (presentaciones de libros, exposiciones, instalaciones, inauguraciones y demás actos con copa de cava y papeo), os servirá como guía para planear vuestras masacres y llevar a cabo poco a poco esta limpieza necesaria. Es importante también que escojáis un corte de pelo actual, armas y bombas de diseño “estiloso” (a vuestras futuras víctimas les encanta esa palabreja), y que os adjudiquéis cada matanza en myspace. Si os sabéis vender, puede que en poco tiempo encontréis una plaza de funcionarios en la Administración, pues no olvidemos que el Estado tiene el monopolio de la violencia. Y no olvidemos que probablemente contribuiréis a una reducción en la tasa del paro, el precio de los alquileres, la solicitud de subvenciones, las aspiraciones artísticas. Siendo el pobre cool una especie mendiga y demandante, la demanda de todo en general bajará mucho una vez mermada su población. Y entonces sí, habrá más tumbonas libres donde sentarse. Al menos para aquellos que sobrevivan a vuestra cólera asesina. Pero cuidado con esos sobrevivientes, porque fijo que después querrán hacer un corto o un documental sobre vuestras hazañas criminales. Y ni ellos sabrán si lo hacen a modo de denuncia o como muestra de fetichismo.

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Cuando crees que el mundo te debe algo

Músico callejero.

Músico callejero.

Era la primera vez que le daba dinero a un músico de la calle, y en el momento de la donación me arrepentí. Extendió la mano sin ni siquiera mirarme, no me dio las gracias. Mientras cerraba el puño murmuró qué asco de gente, qué asco de terraza, y siguió balbuceando y gruñendo. No se refería a mí, quiero creer, pues yo no estaba sentado en la terraza. Estaba de pie detrás de él, escuchándolo. Tocaba la guitarra y una armónica que llevaba incrustada como un aparato de ortodoncia para dormir. No cantaba, lo cual encontré de agradecer. Tampoco era como esos arlequines afeados que sueltan la baba dentro de una flauta ululante. Este músico de la calle al menos sabía rasgar la guitarra y su armónica se dejaba oír, aunque desde luego eso no lo convertía en músico. Las melodías que encadenaba eran bastante lánguidas, sonaban a un folk hippie, entre bucólico y melancólico, y a mí me pareció que eran de un rollo tranqui bastante apropiado para esa hora del día, ya estaba atardeciendo. Los que ocupaban las mesas, como suele ocurrir, apenas le prestaba atención, seguían inmersos en sus conversaciones o dispersos en sus preocupaciones, hastiados del verano o indiferentes a todo. Sin embargo cuando el músico paró de tocar (al cabo de cinco minutos) y se adentró en la terraza, recibió donaciones de hasta cuatro mesas, de un total de diez. Pensé que no le había ido tan mal, y todavía faltaba el eurillo que le iba a dar yo. Suponiendo que le hubiesen dado un euro por mesa había hecho cinco euros en cinco minutos. No, no estaba mal. Pero él no parecía conforme ni contento. Se despidió de algunas mesas con una mirada desdeñosa y se volvió hacia mí, acercándose al ver que tenía algo para él. Cerró el puño sin darme las gracias.

Qué asco de gente, dijo, qué asco de terraza. Ni una sonrisa, dijo, qué basura de gente, no tienen ni idea de que no valen una mierda. Sus vidas de mierda no valen nada, ojalá se pudran, dijo. Y dijo más cosas que ahora no recuerdo bien. Pero no es que quisiera compartirlas conmigo. Murmuraba para sí mismo, ensimismado. Y fue entonces cuando me arrepentí y pensé que era otro de esos aspirantes a artistas que viven con la idea equivocada de que el mundo les debe algo. El músico de la calle no sólo creía que debían darle dinero, sino también escucharle y encima de todo sonreírle, cuando más de uno debió pensar, y con razón, que las melodías ajenas que acababa de interpretar eran para balearse en un rincón.

Cada vez abunda más este espécimen del vago con escaso talento que quiere vivir del cuento, que echa en falta un estatuto de artista propio de los países nórdicos que lo ampare. Son excepciones aquellos que dejan de ser bohemios incomprendidos para dar el salto al mercado de la música, y una vez que salen de tirados abandonan el resentimiento para convertirse en gente agradecida. Pero aun así siguen creyendo que el mundo les debe algo: una legislación contra las descargas en Internet, ¡que si no acabarán con la música! ¿No es de risa que hable de propiedad intelectual y derechos de autor quien tras la firma de un contrato ha cedido sus derechos a una discográfica o editorial para que los explote durante unos cuantos años a cambio de un porcentaje irrisorio? ¿No es de risa que la industria cultural hable en nombre de la cultura? Cultura, tanto hemos manoseado el término que ya no sabemos ni lo que significa.

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Educación y justicia

Dos jóvenes se abrazan en el funeral.

Dos jóvenes se abrazan en el funeral.

Los dos menores de Ripollet que asesinaron premeditadamente a su compañera del instituto ya están en libertad. Ah, los privilegios de la juventud. En el orden social establecido están contemplados los excesos de los jóvenes. El paripé adulto de llevarse las manos a la cabeza forma parte de ese acuerdo tácito. Se les permite toda clase de subnormalidad (pues ¿qué es un joven sino un retrasado, una mente básica?), se les permite incluso la violencia más vil. La sociedad responde por ellos, y a cambio en cuestión de años ellos tendrán que responder por la sociedad. Mientras tanto pueden destrozarlo todo para celebrar la victoria de su equipo (o sólo por diversión), pegarle fuego a un mendigo y grabarlo con el móvil, regodearse en el sadismo más cruel y la chulería más grotesca. Todos hemos hecho de las nuestras, no somos santos. Las generaciones, en ese sentido, no evolucionan. Los mismos idiotas de toda la vida. Está previsto que para esos jóvenes idiotas llegará el día en que lo único que cuente será la solvencia económica, y entonces de poco les servirán sus bravatas y gamberradas de juventud.

Sin embargo, me parece a mí, hay travesuras y travesuras. Me imagino al educador que les han asignado a esos imberbes asesinos de Ripollet. Me lo imagino diciéndoles: no, chicos, eso no se hace. Tal vez les explica que si siguen el ejemplo de los Latin Kings y forman una Asociación de ex Asesinos que condenan el Asesinato hasta podrían recibir subvenciones. Vaya chollo. Pero yo creo, y esto va para educadores y jueces, que ése no es el camino. Cada vez que me entero de que unos cabezas rapadas han dejado en una silla de ruedas a un inmigrante más me convenzo de ello. Hay excesos y excesos. Una cosa es la violencia de género, en un contexto de tensión conyugal, o la violencia de un enfrentamiento entre bandas. Aquí sí se justifica la libertad vigilada con educador a domicilio. Incluso se la concedería a aquel pobre (pobre en todo sentido, material y espiritual) macarra feo de cojones que años atrás agredió a una chica ecuatoriana en el metro de Barcelona. Si fuese juez y me apuras, también le daría una oportunidad a aquellos púberes infelices que le prendieron fuego a una anciana en un cajero electrónico, pues no lo habían planificado: fue un pronto, y una cosa llevó a la otra y ni siquiera vieron las cámaras. Pero cuando unos ultras, esa lacra de criaturas que quién sabe cómo consiguen andar sobre dos extremidades, salen en grupo con navajas y bates de béisbol en busca del más débil, un tipejo de piel oscura o un pacifista melenudo, para asegurarse de que tenga que comer con pajita el resto de su vida, me parece que las sentencias deberían ser un poquito más rigurosas. Aunque sólo fuera como modo de condena a esa cobardía rastrera que no le hace justicia a nuestra inmemorial gallardía ibérica.

Menores muestran el dolor.

Menores muestran el dolor.

El tema es que me da la impresión de que esta clase de mandriles violentos son muy útiles, y por eso la sociedad es permisiva con ellos. Los clubes de fútbol los miman (los ultras del Estrella Roja de Belgrado eran el brazo armado de los peces gordos del comunismo). La policía y las empresas de seguridad siempre necesitan gente así, simia y dispuesta a dar palizas. La televisión explota el morbo de su inquietante presencia (el medio mete miedo), y los periodistas los entrevistan con el rostro cubierto en lugar de denunciarlos y cumplir con su vocación de chivatos de la cámara oculta. Pero cada vez que veo un reportaje o leo algo sobre las hazañas de estos sujetos experimento absurdas fantasías de violencia, peliculeras y justicieras, en las que acabo con todos ellos. Me los cargo con armas de fuego, claro, y a tomar por saco con sus herramientas de caza prehistóricas. Pero luego me sereno y comprendo que ésa no es la manera. No, señor. No soy yo quien debería ensuciarse las manos. Para eso hay un código penal, pienso, convencido de que si realmente queremos (sólo si queremos) encontrar una solución a este fenómeno de violencia más o menos juvenil, premeditada y alevosa, es la pena de muerte.

Ya sé, ya sé que vivimos en el siglo XXI en el Occidente más moderno y civilizado. Ésa es la pega principal, pues a estas alturas veo poco viable la aplicación de ejecuciones ancestrales, de muertes lentas y dolorosas con torturas y castigos previos. Lapidación pública, azotes, muerte a garrote vil (ideal para gente vil, reemplazando los garrotes por sus propios bates de béisbol). Me temo que, por mucho que se reformara el código penal, tendríamos que conformarnos con prepararles una inyección letal o una horca de mala muerte. Pero ¿a qué sería divertido, por ejemplo, enviarlos con sus esvásticas a la Alemania de 1939?, se las meterían por el culo en cuanto se descubriera de qué latitudes nada arias provienen, y después harían jabón con ellos. En fin, animo a mis lectores a pensar más penas de muerte para ultras y cabezas rapadas, podéis añadirlas en comentarios. Y no me vengan con los Derechos Humanos y todo ese rollo. Créanme, sólo así se haría justicia. Y dando el ejemplo contribuiríamos a la educación. Os aseguro que el resto de los mandriles la próxima vez se lo pensaría dos veces.

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Bio-pardillos

Francisco García Olmedo

Francisco García Olmedo.

Interesante entrevista la del viernes pasado en La Contra de La Vanguardia. Firmada por Víctor Amela (gran periodista), nos presentaba a un catedrático de Biología Molecular llamado García Olmedo. El profesor se cargaba con más conocimiento de causa que esnobismo la leyenda urbana de que los alimentos transgénicos son malos y los ecológicos buenos por antonomasia.

Al parecer, mientras la agricultura trasngénica está sumamente controlada, la agricultura ecológica fertiliza los cultivos con estiércol animal fresco, lo que supone un alto peligro de contaminación para las frutas y verduras. Sin embargo, la propaganda engañosa ha servido para crear un mercado y convencer a los bio-pardillos de que los productos ecológicos son más sanos y nutritivos, cuando no existe prueba de ello. Tampoco son más sabrosos, pues se han hecho catas a ciega y nadie tiene el paladar como para diferenciar los sabores de unos y otros. Los productos ecológicos simplemente son más caros, y con el tiempo se han ido convirtiendo en la adicción de gente deprimida que se anima la vida pagando tres veces más por una eco-tortilla.

Es curioso como por otro lado gran parte de esta gente refuerza su identidad con una alimentación deprimente, a base de soja, tofu, pan de centeno y otras mierdas orgánicas e integrales. Algunos incluso hasta se hacen vegetarianos, y no porque no les guste la carne o prefieran cuidarse, sino porque así de paso compran un principio de no violencia que funciona como accesorio espiritual vegetariano. Pero los casos más serios, créanme, son los yonquis del mijo. Yo tengo una amiga que estaba tan enganchada al mijo que cuando se quedaba sin pelas para pillar más se disfrazaba de paloma y se iba a merodear por las plazas a la espera de un jubilado generoso. ¿Es ése el precio que queremos pagar por adherir a la moda dogmática de la alimentación sana?.

Alfonso Arús

Alfonso Arús

A mí me parece que lo mejor es escuchar al propio cuerpo. Y no es que esté majara, no oigo voces. Pero el cuerpo te envía señales claras cuando te zampas una hamburguesa de McDonald’s o una croqueta congelada del Dia, o cuando bebes un vino peleón. También cuando ves un programa del sonriente Alfonso Arús (la asociación viene por lo del vino peleón). Entonces el cuerpo te pregunta (sin voz alguna): ¿te parece bien meterte una dosis de eso? Y cuando consumes triglicéridos como un poseso el cuerpo te advierte: un día tus venas y arterias se convertirán en tiras de morcillas anudadas cada cinco centímetros. Sólo hay que oír al cuerpo.

Retomando lo de los sabores, algunos repetirán de memoria aquello de que los tomates de ahora no saben a nada. Con respecto a esto el profesor Olmedo nos dice que se debe a que se recolectan antes de su maduración y en el momento óptimo para su transporte, y que nada tiene que ver con que los tomates sean ecológicos o no. Pero en fin, parece que es más fácil arremeter contra los transgénicos cuando no se ha pasado hambre. Aunque también hay que ser simplón para pensar que una fruta por ser artificial no es buena para la salud. Hay que tener ganas de ser guay y de que te digan cómo serlo, porque a ti sólo no se te ocurre.

Compro eco, compro bio. Me lo puedo permitir.

Pues aun así todo este tiempo has vivido como un pardillo, que lo sepas. Y a mí no me expliques nada, habla con el profesor.

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