Juan Pablo Picazo

Escritor y periodista mexicano (Cuernavaca, 1967) Ha publicado Palabras pendientes, (1995) y Crónicas de la ciudad Tlahuica y otros cuentos (2000). Su obra ha sido antologada por Margo Glantz en Flores de baria poesía; en Letras y andanzas (2005) y en Las virtudes (2007). Produjo y condujo de 2000 a 2008 la revista literaria Paréntesis, en la radio universitaria y colabora en Vuelo entre líneas, único programa de carácter cultural en la radio comercial morelense. Produce además, el podcast Yo, lector. Fue director de Prensa de la Universidad Autónoma del estado de Morelos y editor de la revista estosdías, semanario de Quintana Roo. Actualmente es colaborador de la revista Zócalo y catedrático de la Escuela de Comunicación de la Universidad Americana de Morelos.

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Posteos por Juan Pablo Picazo

Esas cosas del demonio II y última

Esas cosas del demonio II y últimaAsí como se dice que alguien excesivamente preocupado vive con el ¡Jesús! en la boca, la mayoría de las personas, ya despreocupadas o en estado de angustia permanente, tienen el diablo en la punta de la lengua para hacer uso de él en la mejor oportunidad posible; como sucede al señalar un niño o niña especialmente hiperactivos y malintencionados (¡Son unos diablillos!), para sugerirlo como destino a sus circunstanciales o jurados enemigos (¡Váynase al diablo!), o para demostrar firmeza —¿o exceso?—  de carácter (¡Soy el mismísimo demonio!).

El protagonismo del diablo es extremo en las tradiciones mexicanas, rivaliza con la presencia de la deidad exitosamente. Si no lo cree, piense en la quema de los judas, la mayoría de los cuales son seres rojos, barbados y con astas, y en la representación diabólica que originalmente tenían las piñatas y en su contenido de dulces tentaciones. La ruptura de la misma representaba la victoria sobre el maligno y su contenido, la recompensa para los creyentes fieles que, armados de la virtud —el palo con el que se golpea—, merecían por su empeño. Al sol de este día ha perdido todo carácter ritual y es sólo un juego tradicional que ya no tiene más que un significado: fiesta, pues se usa incluso en los cumpleaños.

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El atropellado en falso

crash_test_dummyLas dos veces que me han atropellado han sido extrañas, o ridículas si se quiere. En ambas he salido ileso aunque con un susto que me ha sumido en un largo estado que bien podríamos catalogar de conciencia trascendente, sin que a la larga lo haya sido, pues no hubo revelaciones que me hayan sido comunicadas por angélicas voluntades superiores, ni nuevas y preclaras misiones vitales que de golpe haya comprendido.

En cada ocasión los conductores que me han embestido han tenido el nunca bien ponderado oficio de taxistas, buenos hombres imagino, cuyo susto ha sido mucho mayor que el mío —o lo fue al menos en el segundo caso ya que debí auxiliarlo luego— y en ambas por hacer justicia a la verdad, mía y sólo mía ha sido la culpa; o en todo caso de mi ceguera monocular; o del médico que atendió con enjundiosos fórceps mi nacimiento y dañó mi nervio óptico; o de mis padres, quienes por dar cauce a la satisfacción de un sacrosanto antojo al octavo mes de embarazo, emprendieron una azarosa excursión en motocicleta por la montaña morelense en busca de cecina, cuando fuimos derribados por una gruesa rama en mitad de la carretera, en fin.

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Esas cosas del demonio I

En México al que padece sin levantar cabeza suele llamársele pobre diablo; los viejos aún dicen a los niños que si no tienden su cama antes de las doce del día, el diablo se revuelca en ella y  cuando los alimentos caen al suelo, en lugar de advertir que ya están contaminados o sucios, todavía hoy se dice: “Deja eso que ya lo chupó el diablo.” Además están el consabido “vete al diablo”, cuando se desea alejar la mala compañía y “está que se lo lleva el diablo”, para señalar que alguien atraviesa por una cólera fortísima, entre muchas otras expresiones que lo sitúan en un sitio muy privilegiado dentro de nuestros diarios haceres, andares y decires.

Según la tradición, durante la noche de San Miguel el demonio anda suelto haciendo de las suyas. En Acapantzingo, un pueblo de la ciudad de Cuernavaca y en la ciudad toda, se protegen las puertas, ventanas, balcones, portales y hasta las parrillas de los vehículos con cruces trenzadas en flor de pericón para que al final, de nada valgan todas esas precauciones porque, como dicen los viejos, al diablo lo llevamos dentro siempre, y nunca desperdicia una oportunidad para salir.

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Gabriel García Márquez y el cine como demonio socrático

Para Gabriel García Márquez, el llamado séptimo arte constituye una “tercera realidad” de la dimensión humana. Es además una de las más decantadas expresiones del arte, y su auge cada vez mayor podría facilitar la soñada unidad bolivariana y reconocido como ha, que tal objetivo parece desmesurado, no deja de poner todo su empeño en lograrlo, como lo muestra su activo papel como fundador y promotor de la Federación de Nuevo Cine Latinoamericano.

Introducción

En alguna ocasión Gabriel García Márquez ha dicho que la del cine “es una tercera realidad entre la vida real y la invención pura”[i]. Según mi parecer, esta afirmación vale lo mismo para el cine que para otro arte cualquiera, pues esa realidad advertida por el artista no siempre coincide con lo que sus contemporáneos experimentan, por eso raya en la ficción o se gesta en ella, por eso funda una primicia que a la larga, según la Teoría de la Difusión de Innovaciones de Everett Rogers, habrá de seguir su propio camino hasta convertirse en un agente de cambio social[ii].

Gabriel García Márquez.

Gabriel García Márquez.

La invención pura que fluye del artista —por usar la expresión de García Márquez—, tinta ya en la realidad como éste la percibe, gusta y padece, logra un discurso cuya misión es instilarse en la sociedad según los canales y los tiempos propios de su naturaleza, hasta transformarla de acuerdo con las tasas de adopción logradas; en este caso a través de la lectura, la exhibición y el uso pedagógico de que sea objeto.

Lo anterior explica desde un modelo teórico preciso, el fenómeno recurrente del artista incomprendido y a menudo rechazado por sus contemporáneos, que uno o más siglos después de su muerte conquista el corazón de cierta sociedad, misma que reprueba el desprecio de sus antecesores y lo proclama precursor de sus costumbres.

En este sentido la tercera realidad que el cine y la literatura ofrecen a la sociedad es una conciencia que advierte y convierte, arguye y redarguye, rebasa a sus destinatarios y espera que tengan un más refinado uso de razón para lograr que el mensaje arraigue, lo que ocurre varias generaciones después. Esto se observa con mayor asiduidad en la obra literaria que en la cinematográfica.

Así, esta tercera realidad es como el demonio socrático[iii] presente en los Diálogos[iv] de Platón: una tercera voz con la tarea de proporcionar consejo al individuo cuyo deber le impone tomar una decisión ante la cual la razón le resulta incompleta por su frialdad, y la emoción inadmisible por su completa parcialidad.

Al sol de hoy esa tercera realidad, demonio o conciencia, es muy necesaria para frenar los diversos signos de descomposición social que en el mundo se observan mediante síntomas como la pobreza extrema, la muerte de la pareja, el ecocidio, la piratería naval, el hambre, las enfermedades y el tráfico ilegal de lo que sea: desde discos de video, ropa, armas, drogas, influencias y hasta personas; hechos insoslayables estos que minan a diario lo que todavía llamamos civilización.

Testigos de este tiempo, asistimos a lo que Harold Bloom ha llamado con sobrada razón la Edad caótica[v], pues no existe como en otros tiempos históricos, un pensamiento guía que dentro de la diversidad habitual dé luz al desarrollo de la humanidad, como lo hubo en las edades preliminares a las que el historiador italiano Giambattista Vico llamó sucesivamente Edad teocrática, Edad aristocrática y Edad democrática.

Mientras tanto, nos complacemos llamando a nuestra realidad contemporánea con pomposos nombres como Era telemática, Edad digital, Globalización, Edad de las telecomunicaciones y Sociedad del conocimiento; nombres que no por parcialmente verdaderos refieren el pensamiento dominante, sino una ausencia de este en aras del progreso tecnológico compulsivo cuya característica más visible y aun risible, es la obsolescencia casi automática.

Tanta celeridad ha llevado al desprecio de la erudición, al abandono del ideal enciclopédico justo cuando parece haberse cumplido, y al encumbramiento de una adaptabilidad basada en las habilidades motoras para el manejo de la incesante aparición de nuevas plataformas tecnológicas antes que en el intelecto, como anticipaba Julio Verne al exponer un espantoso modelo de universidad cada vez más cercano, en su novela llamada París en el siglo XX[vi].

Para la mayoría de nosotros resulta claro sin embargo, que pese a los modelos pedagógicos impuestos por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y otras instancias similares como condición de acceso al crédito, la educación es aún la vía más importante para lograr el desarrollo de los individuos y las sociedades, y que en nuestro tiempo el proceso de enseñanza-aprendizaje está indisolublemente ligado a los medios de comunicación.

1. De la literatura al cine

Entre bibliófilos, críticos, aspirantes a escritores, profesores universitarios, cazadores de incunables, bibliómanos, estudiantes de literatura, reseñistas consuetudinarios, y lectores empedernidos, existe un dicho que circula como moneda corriente cuando se trata de presagiar la crónica de una adaptación anunciada: “Un buen libro antecede a una mala película”, y por supuesto su contraparte: “Las buenas películas salen de muy malos libros”.

Aunque muchas veces acertada, es claro que esta fórmula no es infalible y cada vez que se muere un burro podemos degustar una buena película salida de un buen libro, si bien al final ambas obras no guarden parentesco alguno más allá del nombre, o a veces ni siquiera eso.

A esto habrá que agregar que muchos novelistas contemporáneos ya escriben en clave de cine como es el caso de Stephen King, Jane Rowlings y el tristemente célebre Dan Brown por sólo citar a algunos y que, no obstante, el cine parece carecer de argumentos originales, por lo que la adaptación es el pan de cada día, de modo que las tiras cómicas, las series de televisión y las obras literarias son muy socorridas.

¡Alto! Eso es en el cine norteamericano y aquí hemos de hablar de producciones latinoamericanas, objetarán con justa razón, pero como lo que hace la mano hace la tras, cabe esperar que los primeros marquen tendencia y los nuestros les sigan obsecuentes.

Y es que los directores usan categorías muy ambiguas a la hora de explicar su trabajo de adaptación y van desde “Basado en la obra homónima de…” hasta “Adaptación libre de la obra de…” parámetros de un espectro que no garantiza el respeto a la obra original.

Peter Jackson durante el rodaje de "El Señor de los Anillos".

Peter Jackson durante el rodaje de "El Señor de los Anillos".

Así, las adaptaciones, traslaciones o como guste llamar a las versiones cinematográficas de novelas, cuentos y obras teatrales, dejan de ser “una tercera realidad” y mutan en una “cuarta” o “quinta”, que diluye su poder original, lejos de potenciarlo como en primera instancia suele parecernos merced a la popularidad de que el cine goza como medio de comunicación, más que como arte, huelga decir.

Incluso obras tan sencillas y deslumbrantes como La tregua, de Mario Benedetti, pierden mucho de su brillo al pasar por la trituradora de la adaptación; pues se cometen pecadillos como pretender que Montevideo y Veracruz son lo mismo, entre otros que el cinéfilo perdona a mansalva y que al espectador simple no le importan, porque jamás abre un libro, aunque le llame la atención, pues sabrá esperar piadoso y paciente a que salga la película.

No obstante el lector asiduo padece, más que disfrutar, la mayoría de esos trabajos, aún los reputadamente bien logrados como El señor de los anillos de Jackson, quien deja mucho en el tintero, como el encuentro de los hobbits con Tom Bombadile en su camino hacia Bree, y mucho más de la generosa pluma de J. R. R. Tolkien.

Y está bien, lo acepto: todo este discurso puede ser achacado a mi personal terquedad de lector, como acusa el realizador mexicano Arturo Ripstein, amigo del propio Gabo: “Más que el peso de García Márquez, al momento de escribir el guión sufrimos el peso de los millones de lectores, probablemente más intransigentes y más beligerantes que él.”[vii]

La experiencia colectiva de otros lectores que conozco con la obra cinematográfica basada en la novelística garcíamarquiana, ha sido más bien decepcionante, un ejemplo es Florentino Ariza quien fue reducido al estereotipo del hombre pávido; Fermina Daza, al de una mujer glacial y prejuiciosa, lo que deja de lado la feroz batalla emocional que ambos sostienen durante los años de fructífera y apasionada vida del Doctor Juvenal Urbino en el papel, que no en la pantalla. Y todo esto, deber es decirlo, al margen de la calidad de los actores, quienes siguen un guión que es la versión descremada de El amor en los tiempos del cólera.

¿Para qué abundar en otros crímenes semejantes, como las áureas naranjas presentes en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, que lucen como una simple serie navideña en la pantalla y no como el feliz prodigio descrito en ese cuento mayúsculo?

Como comunicador todos los medios me son gratos, por tanto déjese de lado la idea de que satanizo el cine o desprecio la televisión, pues ambos me gustan y mucho. Cierta es por otro lado mi preferencia por la radio como medio para la difusión de la literatura, pues por su naturaleza verbal, es una aliada maravillosa de la imaginación; y no importa si se propaga por el mundo mediante las ondas hertzianas, o lo hace por Internet.

Así, Ripstein sólo tiene razón a medias, pues el lector es de suyo un espectador más exigente que el promedio porque conoce la obra original y descubre las anodinas adiciones, los cortes infames, los insufribles cambios de escenario o personajes a fin de que el lenguaje literario se encorve a la menor altura del lenguaje cinematográfico, limitado como está por el tiempo, la fuerte competencia en cartelera y la necesidad de vender comida chatarra oportunamente.

Con todo y su entusiasmo por el cine, la obra narrativa de García Márquez no es fácil de adaptar a la pantalla. El perfil dimensional de sus personajes, la magia de sus escenarios, los hechos que consigna en esa su habitual urdimbre de portentos capaces sin embargo de pasar por cosa cotidiana, son algunos —me parece— de los elementos responsables.

2. El evangelista del cine latinoamericano

Hans Magnus Enzensberger.

Para Hans Magnus Enzensberger, la teoría de los medios de comunicación va siempre a la zaga de su desarrollo[viii]. Hoy por ejemplo, hablamos sobre la importancia del cine y la literatura latinoamericanas en la educación, cuando estamos dice él, “en el ocaso del arte de los impresos” y cuando el cine mismo ha dejado de ser un arte sólo para iniciados, gracias a la multiplicación de los juguetes tecnológicos que tienen cámaras de video, y los nuevos formatos digitales para el almacenamiento y distribución de la obra cinematográfica.

Y no sólo la teoría, sino las consecuencias legales que estos medios pueden tener; hoy en día existen muchas naciones en las que aún no se establecen normas que garanticen los derechos de terceros en la emisión y tráfico de mensajes por la red, por ejemplo, como se supone existen para la prensa, radio y TV; decimos se supone, porque el debate sigue abierto en México y en tanto, los grandes empresarios del ramo entran a saco por los intersticios de la ley.

Cada medio, según este poeta y ensayista alemán, tiene sus profetas y vienen formados de dos en dos: los apocalípticos y los evangelistas. Los primeros son admonitorios, nos previenen todo el tiempo contra las cualidades negativas de los medios y su efecto nocivo en las relaciones humanas; los segundos en tanto, son promotores gratuitos de sus noblezas, de sus aplicaciones vastas en casi todos los campos del quehacer humano y si cómo no, en la educación.

De acuerdo con la tipología propuesta por Enzensberger, Gabriel García Márquez es en toda la línea, un evangelista del cine latinoamericano; lo que se echa de ver con claridad en Vivir para contarla[ix], primera parte de su obra autobiográfica, cuando da testimonio de sus tempranas andanzas como crítico de cine en periódicos como El espectador de Bogotá hacia 1954.

Más tarde, ya en 1986, le vimos como uno de los precursores y principales promotores de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL) y de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba.

Desde su juventud consideraba el cine como el medio de expresión perfecto, opinión que matizó luego de su paso como estudiante de cine en Europa y guionista en México, experiencias que le enseñaron por contraste las ilimitadas posibilidades de la novela en el plano narrativo.

Pese a todo, el marido de Mercedes Barcha, como gusta de presentarse, es aún el evangelista más importante del cine latinoamericano, prueba de ello es el hecho de que la FNCL tenga como propósito manifiesto la integración bolivariana; al menos en este campo, lo que resulta desmesurado reconoce el escritor, mientras hace un esfuerzo semejante a través de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

3. Las aulas en la encrucijada telemática

Pa necesidad de incorporar los medios al trabajo educativo resulta evidente por las múltiples ventajas que ofrecen para la búsqueda y tratamiento de la información, lo que acelera el proceso de enseñanza—aprendizaje en una sociedad que llamándose del conocimiento, ha dejado de apreciar la sabiduría y el intelecto a favor de la habilidad y la adaptabilidad.

Como se sabe, los medios cumplen un innegable papel como modeladores de lo que ciertos autores denominan personalidad de status o persona socialmente necesaria[x]; es decir, se ocupan de la socialización autorreferenciada y procuran influir en la formación de las costumbres, hábitos y valores del individuo, tanto como las instituciones académicas, religiosas y civiles.

Al margen de autores, tratados y teorías, la tendencia cada vez mayor a la incorporación de los medios como auxiliares en la tarea educativa, en el plano de la práctica cotidiana ha dado a luz algunos monstruos, como el profesor que satura de películas a sus estudiantes sin establecer con claridad la relación de estas con los conceptos que deben comprender e incorporar al corpus de sus conocimientos; o los estudiantes que adheridos a la ley del menor esfuerzo recurren al plagio vergonzoso para pretender que han escrito ensayos, artículos, opúsculos y demás con sólo bajar los folios trabajados por otros de este u otro portal de la red.

Umberto Eco.

Umberto Eco.

Hoy los profesores, además de luchar contra el tedio, y la indolencia prematura para entregar a los jóvenes el mensaje educativo y contagiarles el entusiasmo que el pensamiento nos despierta, también hemos de librar batalla contra novísimas adicciones como navegar en la red a veces sin rumbo fijo y en plena clase y esa imperiosa necesidad del balbuceo virtual por mensajero electrónico, sobre todo cuando vemos lenta pero indefectiblemente cómo las computadoras portátiles y hasta teléfonos celulares,  reemplazan a los cuadernos de papel.

Insisto: no estoy en contra del uso de los medios como herramientas educativas, coincido con Umberto Eco cuando afirma que “Un buen programa educativo de la televisión (no se diga un CD ROM) puede explicar la genética mejor que un libro.”[xi] Sin embargo, el propio semiólogo italiano advierte que “La comunicación visual debe equilibrarse con la verbal, y principalmente con la escrita” para que el aprendizaje sea completamente razonado, ya que de lo contrario se corren graves riesgos de interpretación pues “las imágenes ejercen —dice Eco—  una suerte de poder platónico: transforman a los individuos en ideas generales.”

Los docentes aspiramos a que nuestros discípulos actúen como agentes de cambio social más que como fieles reproducciones de la personalidad de estatus, para lo que es menester la construcción de discursos educativos que conlleven una equilibrada presencia de esa tercera realidad que tanto el cine como la literatura ofrecen como recursos académicos.

Como se ve, es demasiado lo que esta línea de pensamiento exige aún y demuestra lo que Enzensberger afirma, que nuestros intentos por teorizar en torno a las relaciones subyacentes entre el cine, la literatura y la educación, están a la zaga de un fenómeno que lleva décadas de existir y en cuyo conocimiento y dominio nos hallamos apenas en meros esbozos.

Muchas gracias.


[i] Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez, presidente de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, en el acto de inauguración de la sede de la misma, el 4 de diciembre de 1986.

[ii] Rogers, Everett Diffusion of innovations Free press NY 1962.

[iii] Ponencia para el Simposio Cine, literatura latinoamericana y educación del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad Autónoma del estado de Morelos, el 22 de septiembre de 2009.

[iv] Concretamente en La apología de Sócrates, donde el filósofo se vale de esa tercera voz para decidirse por la muerte entre los castigos que los jueces de Atenas le ofrecen.

[v] Bloom, Harold. El canon occidental. Anagrama, Barcelona, 2001. Págs. 11, 12.

[vi] Verne, Julio París en el siglo XX Planeta, México, 1995, pp. 228

[vii] García, Lorena. Arturo Ripstein, el coronel enamorado .La nación 16 de noviembre de 1999.

[viii] Enzensberger, Hans Magnus. El evangelio digital. Nexos. Marzo de 2000, México.

[ix] García Márquez, Gabriel Vivir para contarla Diana, México, 2002 pp.579

[x] Ginsberg, Enrique Control de los medios, control del hombre Ed. Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1988.

[xi] Eco, Umberto  El porvenir de los libros Cuadernos de divulgación de la dirección editorial de la UNAM. pp. 6 y 7

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Las penas con pan

Entre otras, las penas que en el mundo nos aquejan son el terrorismo, las recurrentes crisis económicas, desempleo, inseguridad, violencia, ejecuciones, pobreza extrema, analfabetismo, piratería marítima, cierre de empresas, recortes presupuestales, advertencias de próximos rebrotes de influenza, y otras cosas semejantes que en sus implicaciones regionales y locales suelen quitarnos el sueño, cualquiera que sea el país desde el que entremos a la red de redes.

Jean Valjean personaje principal de la novela Los miserables obra de Víctor Hugo.

Jean Valjean personaje principal de la obra Los miserables de Víctor Hugo.

No sé si en toda la América romance, pero al menos en México, cuando las crisis de todo tipo arrecian, solemos sacar del arsenal que nos heredaron los abuelos el refrán consolador y compasivo que durante unos segundos nos aquieta el alma: “No hay mal que por bien no venga”; lo pronunciamos como un mantra protector, y ensoñando casi, extendemos las manos con las palmas abiertas en espera de que el merecido y anhelado bien nos venga del cielo con la total certeza de que lo merecemos porque grandes sufridores somos.

Pasados los dichos segundos sin embargo, los suspirados favores no caen de lo alto como esperábamos, y entonces pensamos en un segundo intento que, de tanto ver tantas oleadas de mal que nos azotan, los bienes que promete el proverbio aparecerán de un momento a otro, y lo harán más robustos que nuestros flagelos. Entonces ya no extendemos las manos, ni que fuéramos tan ingenuos, no. Lo que hacemos es hurgar el suelo con ojos vigilantes por mirar si nos topamos con la fortuna que alguien dejó caer y que habrá de redimirnos de nuestra condición de pránganas en peligro de caer en la Corte de los milagros que nos mostró ese Virgilio francés que fue el feroz padre de Jean Valjean.

No. Tampoco en el suelo aparecen las recompensas a nuestros afanes. Recurrimos entonces — cada vez más sabios— a ese otro adagio mucho más consolador que reza: “No hay mal que dure cien años, ni enfermo que lo resista.” A través del cual queremos convencernos de que nuestra vida es más longánima que nuestras tribulaciones, por lo que si al final no nos vemos premiados por nuestra resistencia, veremos al menos que nuestras penas se diluyen en una inevitable fecha de caducidad que siempre imaginamos cercana, aunque no llegue.

Recientemente los mexicanos escuchamos a nuestro sordo de la polis, a saber el detentor del Ejecutivo nacional, quejarse de la mala opinión que muchos expresan del país y claro, de su administración. Pero no nos queda otra cuando del modelo de Estado paternalista que teníamos pasamos al Estado perseguidor, que no sólo interpreta medianamente bien sus juegos de guerra al narcotráfico, sino que también hostiga a desempleados y subempleados que se ven forzados a declararse en moratoria de pagos a los diversos acreedores oficiales como ayuntamientos e Infonavit (entiéndase predial y crédito para vivienda, entre otros) merced a la necesidad de una economía doméstica de máxima reducción de gastos que apenas alcanza a mantener unidas a las familias.

Como sea, lo único que se puede hacer en estos casos es seguir adelante y pepenar lo que se pueda donde se pueda y como se pueda, para juntar los bilimbiques necesarios para mantener en paz las inquietas dagas de los esbirros de Felipe de Nottingham, en lo que el bien que por mal debe llegarnos aparezca según el dicho, o la enfermedad social que nos aqueja al fin se agote, mientras el subempleo y la economía subterránea sigan actuando como válvulas de escape e impidan que la maldición centenaria del México salvaje se desencadene ¿cuál? Esa de lanzarse a las armas ¿recuerda? 1810, 1910, cosas así.

A propósito de lo anterior, el maestro Froylán López Narváez no cree un carajo en la tal válvula de escape y su análisis prevé a poco un caos político, habrá que seguir dialogando, porque cuando se acaban las palabras, como dice Umberto eco, viene la violencia.

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De la certeza dubitante

F. Scott Fitzgerald novelista estadounidense.

F. Scott Fitzgerald novelista estadounidense.

Una de las frases más revolucionarias que se atribuyen a Groucho Marx es la que dice: “Estos son mis principios, y si no le parecen, tengo otros.” Lo que de inmediato llama a risa y luego a reflexión. Tal frase se ha incorporado al imaginario colectivo de muchas formas y en diversas culturas, pero a quien quisiere vivir conforme tal precepto se le tachará de voluble, hipócrita, veleta, camaleón o arrastrado, uno u otro, si su comportamiento obedece a patrones conscientes o involuntarios.

Para Francis Scott Fitzgerald sin embargo, el rasgo que definía el genio era la capacidad que tenía para creer algo con firmeza y aceptar con sinceridad plena la antítesis sin entrar por ello en conflicto; o sea, sin que su cerebro se desplome ante la paradoja, como ocurre cuando los héroes de la literatura de ciencia ficción hierven los cerebros —ya positrónicos o mecánicos— de los autómatas que amenazan sus vidas o a la humanidad, al plantearles un contrasentido que pone en conflicto las leyes sobre las que su comportamiento se basa, que son casi siempre las leyes Asimov.

Cuando se escribe con asidua periodicidad para un público más o menos definido, uno ha de estar en guardia. Ha de conocer los tópicos que afectan con mayor fuerza a la ciudadanía, detentora última de lo que Juan Jacobo Rousseau definió en su Contrato social como la voluntad general, y trabajar con ellos de alguna suerte que convenza, o consiga al menos que los convencidos se cuestionen, porque toda certeza es parálisis y toda parálisis, dicen, lleva a la muerte.

Es por eso, y no por otra causa, que suelo contradecirme. Procuro no estar tan de acuerdo conmigo mismo para no caer en la molicie intelectual, de manera que tenga a mano un detractor amable, casi como cuando Óscar Wilde decía llevar su diario personal a todas partes para tener siempre algo interesante qué leer, y lo hago también para variar respecto a los tiranos y patanes que suelen querer imponernos sus dogmas enfermizos como verdad a pie juntillas.

Ferran Adrià un referente en nueva cocina mundial.

Ferran Adrià un referente mundial en la nueva cocina.

Así que entonces no importa tanto decir quiénes somos como contar lo que creemos que somos, no vaya ser que el brujo gastronómico Ferrán Adriá, tenga razón y seamos lo que dicen que somos, como afirmó en una entrevista con Julio Villanueva Chang1.

A menudo hace falta exponer lo que no sabemos porque es más hermoso y abundante. De hecho, creo que ése ha sido el error de nuestra especie: presumir lo que sabemos como si fuera La Verdad a sabiendas de que en su andar, el tiempo y nuestras colectivas búsquedas, inevitablemente habrán de desmentirnos. Está bien, si. Lo acepto: al menos habrá sido verdad en ese sitio y ese instante.

Pienso que debiéramos enarbolar con un discreto orgullo lo que no sabemos y esgrimirlo como una divisa que dé aliciente para continuar todas nuestras búsquedas, pues quien cree haber hallado su grial se pierde en la autocomplacencia, se detiene y sin saberlo comienza a morir. En cambio quienes buscan hasta el último día crear su obra más grande sin saber que ya forma parte segura de su biografía, acabarán sus días en efervescencia plena.

Dejar el mundo con alguna búsqueda incumplida es una gran herencia para las generaciones nuevas, devastadas o desorientadas con respecto a sus vocaciones, a su fuerza. Nuestra verdadera riqueza son las dudas que guardamos, las excavaciones pendientes, las páginas que esperan ser escritas, son alicientes que trascienden la obra individual y le dan dimensión a la obra humana. Así, cada generación tendrá el honor de llevar en hombros la noble y feliz tarea de perpetuar la duda, acrecentar el misterio y eternizar la búsqueda. Porque, como escribió Jaime Sabines, Dios hizo la muerte para que la vida, —no tú y yo sino la vida— sea para siempre.

Pero no, en nuestro tiempo de compulsiva competitividad y bellos embalajes, aspiramos a la sociedad del conocimiento mediante la construcción de imperios a la razón, reinos a la ciencia, democracias al discernimiento y trabajamos al modo que nuestras inamovibles certidumbres dictan; a la manera de nuestras suposiciones, y sólo porque tenemos fe en que somos gobernantes de cuanto abarca nuestra vista.

Tampoco es esto una oda a la ignorancia, mal que ha devastado naciones enteras con todo y sus lenguas y costumbres, sus nombres y su historia. No, lo que digo es que no podemos dar nada por hecho, pues eso niega a la vida, que es movimiento y aprendizaje y digo más aún; que la poesía sostiene el universo y penetra como nada más lo hace en los misterios, respetándolos; como dicta ese asombroso código universal que es la Rima IV de Gustavo Adolfo Bécquer, “Mientras la ciencia a descubrir no alcance/ las fuentes de la vida, / y en el mar o en el cielo haya un abismo / que al cálculo resista; // Mientras la humanidad, siempre avanzando no sepa a do camina / mientras haya un misterio para el hombre, / ¡Habrá poesía!”.

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El imposible error humano

Si como se cree errar es de humanos ¿no será absurdo creer con ahínco en la frase misma? ¿No cabe la posibilidad de que dicha afirmación sea, como se dice, un craso error? Si esto es así ¿no es entonces el yerro la norma de los actos humanos? Este asunto, absurdo si se quiere, me ha tenido no pocas noches en vela y si al final he logrado dormir, he ensoñado visiones espeluznantes de un mundo cuya pauta es la pulcritud del acierto, la precisión de los actos humanos, la aséptica certeza previsible, el frío laurel, la desmedida mesura, el tino infinito repitiéndose hasta la náusea.

¿Usted diría que se ha equivocado alguna vez? Si errar es de humanos entonces ¿por qué avergonzarnos? ¿No debiéramos estar orgullosos de todo equívoco porque en su momento nos pareció lo correcto en función de lo poco o mucho que sabíamos? ¿No dicen que incluso uno ha de atesorar las consecuencias de sus errores como certeros caminos del aprendizaje? ¿A qué viene tanto jaleo con el señalamiento de los errores propios y ajenos, las ganas de no perdonar, el circo y la publicidad que se otorgan a los chascos de los políticos, las pifias de los deportistas, los gazapos de las estrellitas del espectáculo?

Si errar es humano, reír también.

Si errar es humano, reír y amar también.

Errar es humano, pues. Haga pronto su autobiografía y procure hallar por amor de Dios o más bien de la humanidad, un buen catálogo de errores cometidos, cuantos más encuentre, más humano habrá usted de parecernos, más real, acaso más nuestro. No oculte sus equívocos, no se deje intimidar por los maniqueísmos implícitos de la mala literatura, el cine lacrimógeno o esa televisión rampante cuyos buenos protagonistas en su mayoría casi nunca se equivocan, en tanto que los burdos antagonistas, los famosos malos, los atroces villanos, siempre o casi desaciertan en uno o dos detalles que al final les llevan a la tumba o a la cárcel.

No señor, deje ya las culpas porque sus errores sólo son prueba de su imperfecta humanidad. Acaso debiera preguntarse en serio por la naturaleza de quienes se jactan de su éxito constante, de quienes ostentan infalibilidades que, o bien son traspiés de otros, o bien son errores hábilmente vestidos de seda que al final, errores se quedan.

De cualquier modo no se confíe, vigile estrechamente a la bruja de su vecina, quien afirma jamás equivocarse; tenga a mano su gas de ajo para usar la próxima vez que el noctívago compañero de trabajo alardee de no equivocarse nunca, rocíelo bien, no sea que se trate de un vampiro y como inhumana criatura, pues bueno, errores niguas.

No vaya a creer sin embargo que en este espacio promovemos la errata, no. Lejos de nosotros la tal presunción. No obstante si errar es humano como humano es reír amar y crear la cultura, pues qué se hace. Si la equivocación es la norma natural de los mamíferos parlantes, entonces las certezas, la precisión y la exactitud de su arte y sus ciencias son hijas de dicha norma. ¿O me equivoco? Bueno, quizá sí, pero como se deriva de lo hasta aquí expuesto, eso es lo que menos importa. Al menos por ahora, porque hay quienes asocian el error a la mentira y la certeza a la verdad, pero ya veremos.

Vaya usted pues a equivocarse alegremente, que mucho aprenderá de ello, sólo guárdese de hacerlo bien, pues los gazapos equivocados, las erradas pifias y los desacertados chascos, entre otros semejantes, le resultan harto intolerables hasta los más curtidos descaminados y podrían llevarle al lado oscuro sin salvación posible.

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Web del autor: Yo Lector

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