AvatarLa apabullante y sobrecogedora belleza de las imágenes de “Avatar” desarma cualquier prejuicio y tentativa de ensañamiento. Cameron nos demuestra que una imagen en 3D vale más que mil palabras; por ello, no resulta demasiado fácil escribir sobre este filme, y cualquier elogio se queda corto: que es la película del año y una de las de la década, que es lo mejor que jamás ha hecho su autor e incluso que hace que a la media hora le perdonemos a este “Titanic”.

Lo que contemplamos a través de las gafas de marras acumula, desde luego, influencias y precedentes, pero no parangón. Por una parte, Cameron ha picoteado de aquí y de allá (“La selva esmeralda”, “Matrix”, “El retorno del Jedi”, etc.), pero por otra, recrea un universo tan personal, intransferible y gobernado por normas propias que quizá no veíamos nada igual desde el “Satiricón”, de Fellini.

Avatar.E insisto: podría añadir que Cameron no estaba tan espectacular desde “Abyss” ni con tan buen pulso desde “Aliens” (de hecho, las casi tres horas se pasan volando, en más de un sentido), pero eso tampoco transmitiría la intensidad de su nueva obra (maestra). Y da igual que el libreto resulte tópico, que Sam Worthington y Stephen Lang posean mucha menos expresividad que las criaturas ‘motion-capture’ o que el mensaje ecologista supere en simpleza al de la saga de “El vengador tóxico”: Cameron epata, divierte y emociona. De hecho, muy pocas gafas 3D quedan secas en la sala durante el tercio final.

James Cameron no sólo se erige con “Avatar” en el artesano de artesanos ni en el mayor ‘entertainer’ de la industria, dejando en pañales, y lo siento, a Lucas y Spielberg, sino también en un Creador con mayúscula. Y sigo insistiendo: mis palabras sobran; lo mejor es ponerse las gafas de plástico y a ello cuanto antes.