F. Scott Fitzgerald novelista estadounidense.

F. Scott Fitzgerald novelista estadounidense.

Una de las frases más revolucionarias que se atribuyen a Groucho Marx es la que dice: “Estos son mis principios, y si no le parecen, tengo otros.” Lo que de inmediato llama a risa y luego a reflexión. Tal frase se ha incorporado al imaginario colectivo de muchas formas y en diversas culturas, pero a quien quisiere vivir conforme tal precepto se le tachará de voluble, hipócrita, veleta, camaleón o arrastrado, uno u otro, si su comportamiento obedece a patrones conscientes o involuntarios.

Para Francis Scott Fitzgerald sin embargo, el rasgo que definía el genio era la capacidad que tenía para creer algo con firmeza y aceptar con sinceridad plena la antítesis sin entrar por ello en conflicto; o sea, sin que su cerebro se desplome ante la paradoja, como ocurre cuando los héroes de la literatura de ciencia ficción hierven los cerebros —ya positrónicos o mecánicos— de los autómatas que amenazan sus vidas o a la humanidad, al plantearles un contrasentido que pone en conflicto las leyes sobre las que su comportamiento se basa, que son casi siempre las leyes Asimov.

Cuando se escribe con asidua periodicidad para un público más o menos definido, uno ha de estar en guardia. Ha de conocer los tópicos que afectan con mayor fuerza a la ciudadanía, detentora última de lo que Juan Jacobo Rousseau definió en su Contrato social como la voluntad general, y trabajar con ellos de alguna suerte que convenza, o consiga al menos que los convencidos se cuestionen, porque toda certeza es parálisis y toda parálisis, dicen, lleva a la muerte.

Es por eso, y no por otra causa, que suelo contradecirme. Procuro no estar tan de acuerdo conmigo mismo para no caer en la molicie intelectual, de manera que tenga a mano un detractor amable, casi como cuando Óscar Wilde decía llevar su diario personal a todas partes para tener siempre algo interesante qué leer, y lo hago también para variar respecto a los tiranos y patanes que suelen querer imponernos sus dogmas enfermizos como verdad a pie juntillas.

Ferran Adrià un referente en nueva cocina mundial.

Ferran Adrià un referente mundial en la nueva cocina.

Así que entonces no importa tanto decir quiénes somos como contar lo que creemos que somos, no vaya ser que el brujo gastronómico Ferrán Adriá, tenga razón y seamos lo que dicen que somos, como afirmó en una entrevista con Julio Villanueva Chang1.

A menudo hace falta exponer lo que no sabemos porque es más hermoso y abundante. De hecho, creo que ése ha sido el error de nuestra especie: presumir lo que sabemos como si fuera La Verdad a sabiendas de que en su andar, el tiempo y nuestras colectivas búsquedas, inevitablemente habrán de desmentirnos. Está bien, si. Lo acepto: al menos habrá sido verdad en ese sitio y ese instante.

Pienso que debiéramos enarbolar con un discreto orgullo lo que no sabemos y esgrimirlo como una divisa que dé aliciente para continuar todas nuestras búsquedas, pues quien cree haber hallado su grial se pierde en la autocomplacencia, se detiene y sin saberlo comienza a morir. En cambio quienes buscan hasta el último día crear su obra más grande sin saber que ya forma parte segura de su biografía, acabarán sus días en efervescencia plena.

Dejar el mundo con alguna búsqueda incumplida es una gran herencia para las generaciones nuevas, devastadas o desorientadas con respecto a sus vocaciones, a su fuerza. Nuestra verdadera riqueza son las dudas que guardamos, las excavaciones pendientes, las páginas que esperan ser escritas, son alicientes que trascienden la obra individual y le dan dimensión a la obra humana. Así, cada generación tendrá el honor de llevar en hombros la noble y feliz tarea de perpetuar la duda, acrecentar el misterio y eternizar la búsqueda. Porque, como escribió Jaime Sabines, Dios hizo la muerte para que la vida, —no tú y yo sino la vida— sea para siempre.

Pero no, en nuestro tiempo de compulsiva competitividad y bellos embalajes, aspiramos a la sociedad del conocimiento mediante la construcción de imperios a la razón, reinos a la ciencia, democracias al discernimiento y trabajamos al modo que nuestras inamovibles certidumbres dictan; a la manera de nuestras suposiciones, y sólo porque tenemos fe en que somos gobernantes de cuanto abarca nuestra vista.

Tampoco es esto una oda a la ignorancia, mal que ha devastado naciones enteras con todo y sus lenguas y costumbres, sus nombres y su historia. No, lo que digo es que no podemos dar nada por hecho, pues eso niega a la vida, que es movimiento y aprendizaje y digo más aún; que la poesía sostiene el universo y penetra como nada más lo hace en los misterios, respetándolos; como dicta ese asombroso código universal que es la Rima IV de Gustavo Adolfo Bécquer, “Mientras la ciencia a descubrir no alcance/ las fuentes de la vida, / y en el mar o en el cielo haya un abismo / que al cálculo resista; // Mientras la humanidad, siempre avanzando no sepa a do camina / mientras haya un misterio para el hombre, / ¡Habrá poesía!”.

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Web del autor: Yo Lector

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