Del cerdo hasta los andares
jun 29
La familia de M es de un pueblito del sur de España de menos de 500 habitantes. Con el fin de integrarme a la sociedad española, durante mi primer año en España, decidí participar en mi primera matanza. Cabe mencionar que yo soy totalmente pro-animales y no como cerdo. Pero fue con tal de participar con mi familia política.
Una cosa puse de condición… me negué rotundamente a ver como moría el cerdo. Yo ya me integré al grupo una vez que estaba la carne trozeada como si acabara de llegar del supermercado. Con mi inmaculado jersey blanco impoluto (a quién se le ocurre ponerse blanco… ahora lo sé), me alcé las mangas y estuve lista a ser parte de las actividades.
El primer día hicimos morcilla. Eso de mezclar todos los ingredientes tiene su arte. Mi función consistía en cocinar un poco de la morcilla a ver si estaba en su punto (eso si, sin comérmela, ya que meses antes me habían explicado en qué consistía y me mataron las ganas de comerla), y en poner la tripa en su lugar. Con ilusión veía como se llenaba cada tripa y entregaba el fruto de mi trabajo. De vez en cuando me explotaba alguna tripa de tanto relleno, y aquí repito lo de qué ocurrencia ponerme de blanco, pero creo que lo llevé bastante bien. Los demás días hicimos también chorizo y blanquillo. Qué bien utilizado está el dicho de “del cerdo hasta los andares“. Es que todo se aprovecha al máximo.
Teniendo en cuenta que no hace muchos años me causó un shock fortísimo ver una pata de cerdo en plena cocina, ya que para los de América el jamón serrano se ve en lonchas y empaquetada, me sorprendí a mi misma con mi disposición. La mejor parte del día era parar para comer y saborear esas deliciosas migas. Convivir en familia y ser parte de algo que hicimos todos juntos. Bueno, supongo que me hubiera gustado seguir con un poco de ignorancia, por ejemplo, seguir creyendo que la tirita alrededor del chorizo era plástico y no tripa!!!










