Pero, ¿es que no os habéis dado cuenta? ¿Soy yo el único que lo ve? ¡Vaya despedidas a la española que hacemos los españoles! Un poné: Van unos amigos de visita a tu casa. Pongamos que son una y uno (o uno y una, que tanto monta…). Los recibes en la puerta; los pasas al salón o al cuarto de estar… habláis de esto, de eso y de aquello y cuando se supone que el tiempo de la visita se ha agotado porque se ha hablado de todo, de todo, siempre surge alguno de los visitantes diciendo de pronto: —Ay, bueno, que nos tenemos que ir.

Esta es una de las típicas verdades que se estudiaban en la escuela de Perogrullo: Todo el que viene a tu casa, llega un momento en que se tiene que ir. Vale. Hasta ahí todo correcto. Nada anormal o paranormal. ¡¡¡Pero es que no se van!!! ¡No, no; no se van!

De pronto, a uno de ellos (normalmente al que no dijo aquello de que “hay que irse”) se le ocurre sacar a relucir aquella cosa tan importante que se le había olvidado sacar durante la hora y media de visita. Y tú le correspondes. Y charlas de aquello que te acaban de sacar a relucir.

En esto que —agotado el tema por ambas partes—, a otro (o al mismo de los visitantes que se suponen que son amigos) se le escapa la feliz ocurrencia de decirle al otro: “Bueno, hale, que nos vamos”. Pero no se van. ¡Quiá! No, noooo; no se van.

Pues claro que no se van. Es una frase hecha; es una frase hueca. No hacen ni siquiera el mínimo movimiento que delate que lo que acaban de decir (eso de “que hay que irse”) es sincero. Y se quedan, se siguen quedando. Y no falta la ocurrencia de hablar de esto, de eso y de aquello; no, de lo de antes, no, de un “esto, eso y aquello” diferente a lo que hemos tratado durante hora y tres cuartos.

Bien. Se inicia un nuevo tema. Un tema tan interesante que nos lleva a consumir otros tres cuartos de hora, pero llega un momento álgido en el que uno de los dos visitantes, (el que no lo dijo la última vez) diga ahora una frase muy ocurrente y para nada manida: “Bueno, hala, que nos tenemos que ir”. Y la otra persona, en un gesto de suprema generosidad remacha: “Sí, sí, hale, que llevamos aquí mucho rato”.

Y tú…., ¿qué les respondes? ¡Sí, sí, tú, tú…!

Pues que no, que no se preocupen. Que no es para tanto. Que no llevan tanto rato. Que llevan un ratito muy cortito de visita. ¿A que sí?

Total: 2 horas y cuarto.

Parece ser que uno de los de la visita, acaba de hacer un leve gesto como de levantarse de la silla del salón. Pero no, ha sido un espejismo. Sólo es producto de las ganas que el anfitrión tiene de que se vaya la visita para ponerse a cenar y a ver ese programa de la tele que no suele perderse ningún jueves.

El visitante que no ha hecho el gesto de levantarse del asiento, te pregunta qué tal va lo de tu empresa, que ha oído por la tele que van a hacer una escabechina con la plantilla. Tú le respondes educadamente y le das la explicación requerida, pero ya sin detalles, escuetita, sin meterte mucho en honduras. Mira que eso de tu puesto de trabajo en el aire es algo muy serio que te tiene muy preocupado, pero tú, para no prolongar esa visita, le das dos capotazos ligeros y escuetos y rematas la faena como si eso del empleo a ti no te quitara el sueño.

Total: 2 horas y tres cuartos.

Por fin, en un gesto de valentía suprema y de exceso de tacto y saber estar, uno de los visitantes se levanta del sillón mientras que dice —dirigiéndose al otro—: “Hala, vámonos, que se nos va a hacer tarde”. Pero la otra persona tarda en abandonar su asiento. Por fin lo abandona. ¡¡Albricias!! No está todo perdido. ¡Creo en el ser humano!

Nos levantamos del asiento (¡por fin!) y hacemos todo el ceremonial de la despedida: besos, apretones de manos, frases típicas…, lo típico, ya sabes. Pero al instante nos enganchamos con una mosca que pasa volando. Y sacamos a relucir el tema de las moscas, y de ahí nos vamos a la ecología y de la ecología a la energía nuclear. Después de agotados los temas, viene una segunda despedida con todos sus aderezos y avíos. Otra vez besos, apretones de manos, frases típicas…, lo típico, ya sabes. Y no falta alguien que no bien acabado el ceremonial de la segunda despedida, se le ocurre mirar al techo y ve un desconchón y se te lía a hablar de los desconchones y de cómo ellos dieron un repaso de pintura a la casa.
Ya os podéis imaginar que detrás de todo ello, al final, viene la 3ª despedida…, pero me duele ser tan pesado, máxime cuando vosotros también seréis actores en unos casos, y sufridores en otros, de este tipismo tan hispano de las despedidas a la española.

Después de varios minutos hablando de “esto, de eso y de aquello” pero en versión revisada y renovada, se dirigen a la puerta de entrada. Antes, en la puerta del salón; por el pasillo, en la entradita o hall… a los visitantes se les van ocurriendo aquellas ocurrencias que no se les habían ocurrido en la tertulia seria, la del salón. Y tú les das carrete y les respondes, ¡qué vas a hacer, sino!; pero poquísimo, de manera telegráfica.

Después de alcanzar la puerta de la casa queda franquear la puerta de la calle o puerta del patio, jardín o llámalo como quieras. (Es que yo vivo en una casa natural, de pueblo). Y en el jardín se entretiene la visita porque te alaban esas flores tan bonitas que tienes en las macetas, o en el parterre, o…, ¡llámalo como quieras! ¿Valeeeeeeee? Y tú, sin que se te noten las malas ganas, les respondes de muy mala gana a base de usar palabras propias de un interrogatorio policial.

Pero tu esposa, que es una gran aficionada a la jardinería, aprovecha la ocasión para mostrarles las últimas adquisiciones en plantas ornamentales.

Por fin se van. (Es que no quiero cansar más con los pormenores del relato).

Total, ¡¡casi 4 horas; casi nada  noooo!!

No sé qué pasa. Yo estoy convencido de que es un virus X que de forma endémica, epidémica o…., (llámalo como quieras), hace tiempo que ha caído sobre la población española. Y eso se cunde, se propaga y lo infecta todo, ¡todo! De la misma manera que se propagó en España (hace 20 ó 30 años) esa normativa de saludar a la gente a base de estrecharse la mano si sois dos hombres y tocarse levemente, primero, la mejilla derecha, y luego, la mejilla izquierda, si sois dos mujeres o entre mujer y hombre y viceversa, que tanto montan, montan tanto… ¿Quién impone estas costumbres que seguimos todos? ¡Es un virus! Estoy convencido de que es un virus. ¡El virus de las despedidas a la española! ¡¡Sí, sí, un virus…!! ¡Ja, ja já…! ¡¡Virus; ja, ja jáa…!!  ¡¡¡Jaaaaaaá, ja já!!!  ¡Un virus! (Ay…, hg, hgg, hgggg). ¡¡¡Es un viiiiiiirusssssssss…!!!