Era un barrio cualquiera, en una ciudad cualquiera de un país cualquiera. Yo no era nadie, nadie que importe. Y ella lo era todo. Representaba todo aquello que yo odiaba en lo más profundo de mi alma. Los últimos rayos de sol se escondían como huyendo de mí mismo, de lo que sabían que había hecho; y el aire, que antes soplaba desordenado, había escapado dejando la calle en la más extraña de las calmas.

Me observé las manos detenidamente, aquello había sido una chapuza. No encontré un milímetro que no estuviera lleno de sangre. Me llevé las manos a la cara arrepentido, tiñéndome ésta del rojo más brillante que había visto en la vida y sintiendo aún el calor que emanaba de aquel líquido de vida. Sus palabras volvieron a sonar en mi cabeza y el arrepentimiento se desvaneció dando lugar a la satisfacción más absoluta. ¿A caso su asesinato no era algo que deseábamos todos? Aquella vieja se regocijaba cada día en su malograda casa sintiéndose orgullosa de su perspicacia. Una sonrisa empezó en la comisura de mis labios dando paso a una tímida carcajada a la que le siguió un jolgorio que habría avergonzado a cualquiera. Yo me sentía libre, aquella bruja no volvería a colarse en el súper simulando que iba a preguntar cualquier chorrada.