Cada cierto tiempo, a veces, no, no siempre, todo te lleva al mismo sitio, al mismo pensamiento que se creyó aprendido, lección aprobada, pero que sin embargo vuelve a estar ahí, y se alimenta de señales, en los libros, en las canciones, en las obras de teatro, como una palabra sin sonido que quiere llamar tu atención, que se quiere hacer visible y sin embargo, los prejuicios, las modas, nosotros, la sepultamos en el curioso abismo de la indiferencia.

Patricia Highsmith

Patricia Highsmith

Sí, yo también creí, y sin embargo creí mal, que nunca nadie cambia, que nunca cambiaría. Se nos enseña a tener personalidad, a que la cultivemos, a que los principios estén bien cimentados, y los defendamos, y que nunca cambiemos de opinión, porque cambiar es de débiles, de gente con poca personalidad, con poca inteligencia, a los que es mejor no acercarse, no mirar, no confiar. No hay nada peor que cambiar. El que cambia tiene que vender de nuevo sus ideas, tiene que volver a ganar la confianza del que la perdió, tiene que inventar una forma de volver a ser él mismo sin que parezca que nada ha cambiado, tiene que ser lo que no es cuando ya ha dejado de ser.

En los últimos meses me encuentro con el cambio, con el personal, con el de las ideas. Nada hay más cambiante que una idea, nunca lo creí, y sin embargo, también las señales me lo demuestran.

Leo con auténtica pasión en los últimos meses a Patricia Highsmith, escritora infravalorada, y encasillada en el género de misterio, y que sin embargo, es una de las que mejores a la hora de retratar el universo oscuro del ser humano. Leo “El Temblor de la Falsificación”, una novela curiosa en su universo, en la que los asesinatos son circunstanciales, sólo definen al personaje principal, un escritor que decide viajar a Túnez para escribir una novela, y cambia su forma de ver la vida al conocer a un pintor homosexual, y al vivir en un ambiente que no se parece en nada al que estaba acostumbrado. De ahí quizá el título del libro, El temblor de la Falsificación, el miedo a ser algo que no se creía ser, porque, cambiar dar miedo, aterra a todo aquel que intenta el cambio.

Si intento recabar un poco en las novelas que he leído de Patricia Highsmith el miedo a ser uno mismo está presente en muchas de ellas: su Ripley es un gran ejemplo de ésto. Quizá ella también tenía miedo a ser quién era: además de una gran escritora, publicó uno de sus obras con seudónimo, Carol, que trataba una relación entre dos mujeres. A veces es difícil enfrentarse a otras realidades, dar el paso, perder el miedo.

Yo en los últimos años he perdido un poco el miedo a ser lo que creía no ser, e intento enfrentarme a mi mismo, a mis principios, y darles la vuelta, volverlos del revés, y escoger sólo lo que me interesa, lo que me haga bien, al igual que sólo leo a autores que su universo me enriquezca, y donde, sus personajes sean ejemplos para usar en la mía. Al fin y al cabo, aprender de lo ajeno es una de las mejores enseñanzas.

Seguiré leyendo a la Highsmith, nadie mejor que ella para tambalear los cimientos de lo que se creyó aprendido. No creo que muchos autores sean capaces de hacerlo. Al menos, yo no conozco muchos.

Ahí queda la recomendación. Vosotros elegís el cambio.

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