Sus ojos se espesaron mientras sostenía la mano tibia de su madre con fuerza. Intentaba, tal vez, aferrarla a la vida. Detener su muerte a base de apretar sus finos dedos. Retener en ese instante toda la ternura que anidaban en unas manos que han sido lo suficientemente buenas como para morir tranquilas.
Sentía la muerte en cada palabra que le decía. Sabía que cada frase podría ser la última. Cuando llega la despedida lo sientes. Experimentas una dejadez absoluta, donde lo único que importa es apretar su mano y que no sienta ningún tipo de dolor cuando su luz se apague.
Su madre era enjuta y de cabellos blancos muy sedosos. La cama parecía que la engullía. Aún no había perdido la cordura. Intentaba no cerrar los ojos, porque la incertidumbre de si volvería a poder abrirlos le aterraba. Sí, tenía miedo a la muerte. Había sido católica toda su vida, pero al borde de la muerte perdió toda la fe, porque sabía que era su hora. La hora de morir. Y lo único que tenía era la mano de su hijo. Era el latido de sus dedos entre los suyos.
Ella, que tantas veces había dicho que no había que tener miedo a la muerte, que a quien teníamos que tenerle miedo era a la vida. Sin embargo sentía un profundo miedo a lo desconocido. A morirse. Todo lo vivido se convertía en esos instantes, previos al profundo sueño eterno, en un aprendizaje de vida. Suspiraba y en cada suspiro regresaba a la vida, por poco tiempo, pero al menos regresaba unos instantes más para mirar los ojos de su hijo.
Su hijo. Su eterno legado a la vida. La razón de existir, al fin y al cabo. Ahí estaba él, eterno y sencillo. Honrado y bueno ante todas las cosas y con todas las personas. Sostenía la poca vida que le quedaba a su madre como agua entre sus manos. Nervioso. Confuso. Miedoso. Aterrado. Sabe que la muerte de su madre no terminará con su vida, que tendrá que continuar luchando por la vida. Sabe que la recordará cada día y que la echará en falta y que no podrá volver a decirle te quiero mirando sus ojos grises. Por eso intenta retener las caricias. Las últimas caricias de la mano de su madre. Quiere grabar su voz agonizante en el recuerdo. Quiere quedarse, en realidad, con el recuerdo de su madre joven y fuerte. No con sus últimos días, a las puertas de la muerte, en una cama de hospital.
Él aún no conoce el duelo. Nunca ha perdido a ningún ser querido. No sabe que no solo recordará a su madre muriendo en la cama, indefensa y sin salvación alguna, sino que mantendrá olores y caricias en la memoria y mil preguntas y se sentirá dentro de ese duelo como la única persona que pierde a un ser querido.
Él no sabe que lo peor aún está por llegar. El vacío que deja una persona que muere no se llena con recuerdos. Es un duelo que él tendrá que sufrir y vivir. Es ley de vida: nacer, vivir y morir.

Su madre suspira. Es un suspiro tierno y cansado. La respiración se acelera. La muerte es triste, pero es una realidad latente. Siempre estará ahí esperándote de brazos abiertos para llevarte. Y ahora su madre estaba siendo abrazada por ella. Él le aprieta la mano con fuerza, le consuela pensar que no le dolerá. Que se irá despacio y sin sentir dolor. Y así será. Ella cerrará los ojos para siempre y muy despacio su mano irá perdiendo fuerza y dejará de apretar la mano de su hijo. Ella se irá lentamente, pero nunca cabe una despedida, aunque alguien se muera lentamente, porque la muerte es muy imprevisible y no da tiempo a reaccionar.
Es como la vida, que te llega en un instante y apenas te das cuenta y no te da tiempo de prepararte para vivir. Pues cuando mueres tampoco te da tiempo de prepararte para morir.
Dejó de respirar. Su pecho dejó de moverse y su boca quedó entre abierta. Su hijo lloró lentamente, el duelo siempre comienza con el llanto.
Más tarde será enterrada. Y solo el paso de los días le recordará que ella ya no está. Sin embargo la vida continua, se mueve frenética e imparable. Sin embargo la muerte dejará un boquete, un agujero en el pecho incapaz de llenarse. Su madre, siempre será su madre y la sentirá como tal. Y eso es quizá lo que la mantendrá siempre viva, en realidad.
La vida continuará y habrá que vivir con todas nuestras ganas y fuerzas, porque al fin y al cabo todos, tarde o temprano, recibiremos su frío abrazo.