Esas cosas del demonio II y última
Ene 22
Así como se dice que alguien excesivamente preocupado vive con el ¡Jesús! en la boca, la mayoría de las personas, ya despreocupadas o en estado de angustia permanente, tienen el diablo en la punta de la lengua para hacer uso de él en la mejor oportunidad posible; como sucede al señalar un niño o niña especialmente hiperactivos y malintencionados (¡Son unos diablillos!), para sugerirlo como destino a sus circunstanciales o jurados enemigos (¡Váynase al diablo!), o para demostrar firmeza —¿o exceso?— de carácter (¡Soy el mismísimo demonio!).
El protagonismo del diablo es extremo en las tradiciones mexicanas, rivaliza con la presencia de la deidad exitosamente. Si no lo cree, piense en la quema de los judas, la mayoría de los cuales son seres rojos, barbados y con astas, y en la representación diabólica que originalmente tenían las piñatas y en su contenido de dulces tentaciones. La ruptura de la misma representaba la victoria sobre el maligno y su contenido, la recompensa para los creyentes fieles que, armados de la virtud —el palo con el que se golpea—, merecían por su empeño. Al sol de este día ha perdido todo carácter ritual y es sólo un juego tradicional que ya no tiene más que un significado: fiesta, pues se usa incluso en los cumpleaños.
Entre los muchos sustantivos con los que se denomina al ente infernal se encuentran los de diantre, chamuco, demonio, patas de cabra, diablo, maligno, demontre, malo, sierpe, íncubo, y súcubo entre otros. Por otro lado, la literatura, la historia, el cine y demás fuentes nos dan para él nombres propios como Sátán, Azazel, Leviatán, Astaroth, Baal, Belial, Mefistófeles, y un largo etcétera que incluye al vampiro de Bram Stoker y a la innominada criatura de Víctor Frankenstein[i], además de muchos otros que no necesariamente aluden a la misma entidad infernal, de lo que se desprende que estamos rodeados.
Hay mucho más sobre este personaje. En México, las clases de “doctrina” católica enseñan a los niños que no existe el mal sino el maligno; punto interesante para filósofos, filólogos, poetas, espiritistas, diáconos, sacerdotes, monaguillos, ministros, curas, rabinos y demás entidades asociadas de una u otra manera no sólo al estudio de Dios, sino también del Demonio su natural adversario, contraparte o complemento, como quieran.
Punto y aparte, me parece magnífica la visión de Phillip Pullman, quien puebla su novela La materia oscura[ii] de daimonions, entidades que comparten el hálito y la conciencia de un ser humano, aunque son externos a él. Algo así como el grillo que Carlo Collodi le dio como consejero a Pinocho[iii], obra clásica de la literatura infantil a la que tanto burdo manoseo cinematográfico ha convertido en una historia baladí.
Los daimonions de Pullman son siempre del sexo opuesto al del
humano con quien comparten el aliento y poseen una figura animal que refleja de uno u otro modo su talante y potencial; razón por la cual los asociados a los niños y niñas son capaces de cambiar de forma, pues ellos mismos son aún volubles e indecisos en la mayoría de los casos porque se encuentran en pleno desarrollo.
Debo confesar que los daimonions del universo literario de Pullman me fascinan y no por su parecido con el grillo parlante de Collodi (¡por enésima vez, no se llamaba Pepe ni andaba disfrazado de pequeñoburgués según la mitología de Disney!), y del cual por otro lado podrían ser medianamente herederos, sino por una raíz clásica más preciada: La apología de Sócrates contenida en los Diálogos de Platón, donde los demonios (según la expresión griega anterior a la acepción cristiana del término) constituyen una voz interna diferente de la emoción y la razón que otorga la capacidad de tomar decisiones equilibradas[iv].
Como sea, en este par de artículos he resumido apretadamente algunas de las muchas reflexiones a las que me ha llamado el diablo y su presencia en nuestros días. Les dejo por ahora. Me disculpo con los lectores por la periodicidad disparatada de este ornitorrinco, pero hay causas de fuerza mayor —como todo el mundo resume los muchos factores que causan un inesperado y nocivo efecto—que me han impedido cumplir como es mandado.
[i] Tanto Bram Stoker como Mary Shelley llaman a sus criaturas “el demonio” en varios pasajes de sus respectivas novelas, cuando cualquiera que les teme alude a ellas.
[ii] Pullman, Phillip La materia oscura (I. Luces del norte, II. La Daga, III. El catalejo Lacado) Ediciones B, colección Byblos, Barcelona, 2008
[iii] Collodi, Carlo. Las aventuras de Pinocho, Mestas ediciones, Colección El barco de papel, Madrid 2003 pp. 187
[iv] García Máynez, Eduardo Teorías sobre la justicia en los diálogos de Platón Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1984, México, Distrito Federal.
->Aquí puedes leer la Primera Parte.









































































































