La ausencia
Mar 20
I
Tumbado en el lado derecho de la cama, con la cabeza hundida en la almohada, su cuerpo se mueve bruscamente en busca de una postura más cómoda. La luz se filtra tenuemente por un resquicio de la persiana. Calculo que deben ser sobre las siete, siete y media. Quizás más tarde. Un pequeño reloj con aspecto de ser también despertador, marca con su finísima manecilla cada segundo con un casi imperceptible chasquido. Así lleva haciéndolo desde ya no sé cuanto tiempo. Sin previo aviso, produce uno algo más leve, diferente a todos los anteriores. Una centésima de segundo después, poco más o menos, acontece lo inevitable. Como si pretendiera desahogarse, lanza un agudo y perturbador pitido que no parece querer dar tregua. Tal como me temía, también es despertador.
Casi de manera instantánea, el hombre de pelo rizado (o más bien enmarañado) lanza su brazo contra el reloj-despertador de manera tan calamitosa que, más que atinar a tocarlo, lo que consigue es que salga despedido de un manotazo al otro lado de la habitación. Sin darse por vencido, y con el pitido ahora tornado zumbido, el aparato prosigue desde el oscuro rincón con el demoníaco propósito con el que fue ensamblado. De un salto, el hombre se abalanza sobre él e introduciendo su dedo índice en las partes del incordiante artefacto, consigue sofocar por completo su colérico grito.
Mientras resopla aliviado, se lleva la mano al pecho. El corazón le palpita violentamente por el súbito desvelo. De soslayo, se fija en su cuerpo reflejado en el espejo. Ahora gira el tronco unos grados y aproxima su rostro. Quedándose a medio palmo, repara en sus ojos enrojecidos. Me consta que esta es la cuarta noche seguida en la que le cuesta horrores conciliar el sueño y cuando finalmente lo logra, éste no es en absoluto conciliador. Suelta el despertador a un lado de la cama, dejándolo recostado contra un pliegue de los muchos que tiene la manta. Marca las ocho y media. Es más tarde de lo que pensaba. El sol debe de andar rezagado esta mañana.
Se da media vuelta y alza la vista implorante hasta anidarla en el techo de la habitación. Mantiene su mirada fija, perdida. Nota como el vacío que llena cada vez más su vida no se conforma con ir resquemando sus pensamientos sino que ya ha tomado una fisicidad insoportable. En este momento entreabre la boca y cierra los ojos mientras comienza a mascullar sonidos articulados que me resultan ininteligibles…
II
Ha estado unos minutos así. A veces ha bajado la cabeza hasta topar con el suelo. También se ha levantado y se ha puesto a caminar por toda la casa. En una ocasión, se ha parado a respirar hondo, para después exhalar el aire muy, muy lentamente, mientras que con sus dedos índice y pulgar atenazaba fuertemente una diminuta porción de carne de uno de sus antebrazos. Luego ha llorado.
Ahora está tumbado de nuevo sobre la cama deshecha. No tiene prisa. La alarma ha saltado como lo hace todos los días, pero hoy es sábado y no tiene que ir a trabajar. Olvidó quitarla antes de acostarse. Permanece inmóvil por un tiempo hasta que, apoyándose en un costado, comienza a retorcerse llevándose las manos a las rodillas y acaba dibujando con su cuerpo la posición fetal.
Percibo su dolor. Puedo sentirlo yo también. No me explico el por qué. Su angustia aumenta. Algunas tímidas lágrimas acuden a sus ojos. Sin embargo, una rabia interna nacida del desasosiego traba esta vez la entrada al llanto.
Difuminada por un aura que la envuelve y a su vez confiere esa cualidad etérea propia del mundo de lo intangible, emerge una vez más en su mente la imagen de ella, más bella de lo que nunca estuvo, con sus ojos de color almendra, su pálida y tersa tez y sus largos cabellos desafiando al viento. Puede ver el dulce rostro que acunaba sus miradas, y se esfuerza por imitar en su cabeza las palabras con que ella arrullaba sus despertares, en tanto que recorre con la punta de sus dedos el trayecto que va desde la frente al cuello, imaginando que sus yemas son los labios que hasta hace poco solían comprar billete a diario…
Sé que hoy seguramente tampoco apenas comerá. Su sustento será el recuerdo de unos momentos felices que se resisten a ser borrados, todos ellos confluyendo en la sola visión de su expresión serena, aquella que se mudaba en llana y reconfortante sonrisa tan pronto como sus ojos se encontraban.
Le es tan duro sobreponerse al presente que, ni intentando rememorar las tensiones que agriaron los días compartidos, logra obtener un instante de consuelo. La memoria sabe cumplir con su trabajo y suele mostrarse displicente cuando el que ha perdido un amor, busca refugiarse en alguna cruda verdad en la que poder hallar reposo. Así, pone todos los medios para embaucar a aquel que ose hurgar en sus entrañas, proyectando las luces y extendiendo un inmisericorde velo sobre las sombras que hostigaron el camino andado junto a la persona amada.
Le veo otra vez llorar. No creo que deba seguir aquí mucho tiempo más. Sin embargo, me cuesta tanto marcharme. Le siento tan cercano. Me siento tan próximo a su dolor… ¡Esperad!, oigo algo a lo lejos. No logro reconocer el sonido, pero noto como se va acercando. Es constante. Comienzo a distinguir algo. Es parecido a un…
III
… grifo del que no deja de surtir agua. Proviene del lavabo. Sin abrir los ojos, echo la mano a mi lado izquierdo y rozo con los dedos la sábana aún no del todo fría. Paro atención en la enérgica refriega entre unos vigorosos dientes y un cepillo indefenso. Abro los ojos buscando el reloj-despertador. Todavía no es la hora a la que ha de sonar.
Entonces la veo aparecer semidesnuda, haciendo lo que suele hacer nada más levantarse: cuidar su higiene bucal. Y me pregunta entre dientes (y cepillo) si me ha despertado. Yo no le respondo, únicamente puedo contemplarla a contra luz en tanto que siento que mi cuerpo, henchido de gozo, parece querer clamar al cielo mil aleluyas en señal de gratitud. Ella está aquí, junto a mí. Extiendo mis brazos y ella acude a mi llamada sin dilación. Nuestras mejillas se unen y aprovecho para susurrarle que la quiero. Al oírme, se le escapa una breve risa al tiempo que entorna sus ojos para mirarme.
A través del pequeño resquicio de la persiana, la luz se va tornando más y más intensa. El sol esta saliendo de su letargo para alumbrar un nuevo día. En mi habitación ya hace unos minutos que lo ha hecho.









































































































about 4 months ago
Juan tenías razón cuando ayer entre sidriñas comentabas que el artículo más literario sería el que más me gustaría. Plantéate seriamente, muy seriamente una pronta novela.