LA CINTA BLANCAAnte todo, podéis no hacerme el menor caso. Los criticastros la han tildado de obra maestra, y alabarla le hace parecer a uno muy entendido y culto. Incluso hay quien asegura que ensancha la pasta de las gafas.

En cuanto a mí, creía que me iba a reconciliar por fin con este autor, y resulta que su obra magna posee todos los defectos de su cine menos uno: es antipática, oscura a propósito, demagógica, maniquea, deux ex machina (es decir: todo sucede porque al director le parece bien que sea así) y está mal contada, sólo que no es repulsiva, ni tampoco revulsiva, por descontado, sino soporífera simplemente.

Al principio, antes de que se ciernan sobre el espectador dos horas y media como losas, parece que Haneke le ha sustraído a Bergman y Dreyer su estética para, no obstante, ser más él mismo que nunca, cuando al final resulta que todo el asunto pasa por una suerte de ‘remake’ de “El pueblo de los malditos”, aunque destinado a hacerle a uno la pascua, naturalmente (marca de la casa).

Lo único que se puede decir en defensa del director es que el largo recorrido se encuentra tachonado de imágenes muy bellas, aunque sólo una recordable –la del cadáver del pájaro en forma de crucifijo. Hay una ampulosa voz en ‘off’ que le habría encantado al mismísimo Ed Wood y pequeñas elipsis que nos parecerían inteligentes si no fuera porque forman parte de una gran perífrasis, innecesaria y destinada a enturbiar la comprensión (marca de la casa).

Haneke no conmueve, no emociona, y la única reflexión que suscita, por lo menos a mí, es por qué a Marc Lawrence (“¿Qué fue de los Morgan?”), mucho mejor narrador, sólo le llueven salivazos de la crítica. Pero, ya digo, si uno se las apaña con frasazas del tipo “el lúcido director arroja una mirada escalofriante sobre los mecanismos de la Historia logrando una obra imprescindible de la cinematografía” la gente pensará que se ha leído más que una solapa de Steig Larsson. Lo que hay que hacer para quedar bien…