LA CINTA BLANCA, de Michael Haneke: El pueblo de los malditos (incluyendo a Haneke)
Ene 21
Ante todo, podéis no hacerme el menor caso. Los criticastros la han tildado de obra maestra, y alabarla le hace parecer a uno muy entendido y culto. Incluso hay quien asegura que ensancha la pasta de las gafas.
En cuanto a mí, creía que me iba a reconciliar por fin con este autor, y resulta que su obra magna posee todos los defectos de su cine menos uno: es antipática, oscura a propósito, demagógica, maniquea, deux ex machina (es decir: todo sucede porque al director le parece bien que sea así) y está mal contada, sólo que no es repulsiva, ni tampoco revulsiva, por descontado, sino soporífera simplemente.
Al principio, antes de que se ciernan sobre el espectador dos horas y media como losas, parece que Haneke le ha sustraído a Bergman y Dreyer su estética para, no obstante, ser más él mismo que nunca, cuando al final resulta que todo el asunto pasa por una suerte de ‘remake’ de “El pueblo de los malditos”, aunque destinado a hacerle a uno la pascua, naturalmente (marca de la casa).
Lo único que se puede decir en defensa del director es que el largo recorrido se encuentra tachonado de imágenes muy bellas, aunque sólo una recordable –la del cadáver del pájaro en forma de crucifijo. Hay una ampulosa voz en ‘off’ que le habría encantado al mismísimo Ed Wood y pequeñas elipsis que nos parecerían inteligentes si no fuera porque forman parte de una gran perífrasis, innecesaria y destinada a enturbiar la comprensión (marca de la casa).
Haneke no conmueve, no emociona, y la única reflexión que suscita, por lo menos a mí, es por qué a Marc Lawrence (“¿Qué fue de los Morgan?”), mucho mejor narrador, sólo le llueven salivazos de la crítica. Pero, ya digo, si uno se las apaña con frasazas del tipo “el lúcido director arroja una mirada escalofriante sobre los mecanismos de la Historia logrando una obra imprescindible de la cinematografía” la gente pensará que se ha leído más que una solapa de Steig Larsson. Lo que hay que hacer para quedar bien…
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about 1 month ago
No he visto La cinta blanca (ni me apetece, francamente), pero conozco el modo de hacer de este individuo por otros trabajitos suyos. Recuerdo con especial horror la soporífera y desagradable ‘Funny games’, y es que dos conocidas gafapastas me la pusieron por las nubes, hasta convencerme para que la padecie… digo viera o viese).
El deus ex machina es casi el único recurso de los que no saben narrar historias (el típico salvavidas de los padres de niños pequeños al contarles cuentos inventados antes de dormir, cuando se quedan con la mente en blanco, normalmente ante una pregunta del crío). Da resultado si eres un crío o si sólo tienes una neurona y la has mandado de vacaciones.
Precisamente por no saber narrar historias (y las buenas se distinguen, entre otras cosas, por interesar por su contenido, que es el ingrediente principal al que se pueden añadir otros secundarios, como el cuidado por la estética, la ambientación…), es por lo que algunos se quedan en el intento de impactar con golpes de efecto injustificables, normalmente a base de violencia gratuita y morbosa que sólo produce desagrado y/o perplejidad y aburrimiento, sin aportar nada (se me vienen a la cabeza dos de las películas más inexplicablemente sobrevaloradas, desagradables, repugnantes, odiosas y aburridas que he visto en toda mi vida: Saló, de Passolini, y El cocinero, el ladrón, su mujer, su amante… y la madre que los parió a todos, de Peter Greenaway).
Esa violencia recalcitrante, omnipresente… ¡y hasta pedante!, lo único que parece significar es que el director ha decidido que su único objetivo será torturarnos (en el caso de Saló, he tenido que escuchar muchas veces cómo sus defensores justifican tanta porquería con el argumento de que Passolini pretendía reflejar las consecuencias de la impunidad absoluta… vamos, algo que podría haber contado en dos minutos y sin recrearse tanto en la escatología mezclada con tortura y sexo malsano y cruel). En fin, que me parece que la clave de que cierta violencia nos resulte tan chocante a algunos es precisamente que, cuando una historia es mala, si encima el que la ha perpetrado nos las hace pasar canutas, es como recibir un puñetazo en la inteligencia. ¡Qué digo! ¡Es más bien una paliza en toda regla, en los casos que he comentado! :-D
P.S.: Gran artículo, Jorge.
about 1 month ago
Mil gracias por el largo comentario, aunque me temo que esta vez no comparto todo lo que dices. “El cocinero…” es un ejercicio de estilo pasablemente entretenido y que no ha envejecido muy bien, y en cuento a “Saló”, la encuentro maravillosa y, por cierto, muy moral, y me refiero a la moral católica. Si tratas la infinitud del Mal asociado al poder digo yo que tendrás que mostrar parte de esa infinitud para que el espectador se haga a la idea. El final, ese elogio de la inocencia con los dos soldados bailando, me parece uno de los mejores de la Historia del Cine. He dicho que “La cinta blanca” no la encuentro revulsiva, pero “Saló” es el mejor ejemplo de cine que sí lo es.
Besos.
about 1 month ago
Te entiendo perfectamente, Jorge, y estoy de acuerdo con tus razonamientos, pero sigo opinando lo mismo.
“El cocinero…” ni siquiera pude verla en condiciones, porque me tenía que tapar los ojos -sin dejar rendijas entre los dedos- y/o los oídos -esos gritos espeluznantes- cada dos por tres. Para mí fue sólo una experiencia muy desagradable… y creo que la razón no es exactamente el exceso de violencia, sino la forma de introducirla, en la que detecto siempre un ingrediente pretencioso; porque entre mis películas favoritas hay muchas bastante fuertes, como Fargo, Sangre fácil o La matanza de Texas, por ejemplo (esta última no sé qué impresión me causaría ahora, porque hace lustros que no la veo).
En cuanto a Saló (una de las favoritas de mi mejor amigo, por cierto), con que me cuenten de qué va, me basta (de hecho, estoy plenamente de acuerdo con el “mensaje” que contiene; lo que sólo soportaría atada y sometida al ‘Método Ludovico’ es el continente :-D). La infinitud del Mal -”el horror…”- se trata también en películas como Apocalypse Now (la redux no, por favor), sin que te den ganas de vomitar o gritar de puro sufrimiento y angustia cada dos por tres. Yo la encuentro enfermiza, por resumir mis impresiones en una sola palabra. Y vale: es revulsiva, pero también repulsiva. En fin; que, desde luego, impacta. Pero, para mi gusto, lo hace a costa de convertirse en algo tan repugnante y horrible como lo que reprueba.
Disentir enriquece, porque la discusión siempre aporta algo. Y más con alguien que tiene tanto que aportar como tú. ;-)
Besos.
P.S.: Tengo una tendencia incurable a extenderme… :-D