La verdadLa vida humana está llena de paradojas. Desde hace un par de semanas me he visto –no de buen grado, por cierto- envuelto en un episodio que me enfrentó a uno de los colaboradores de este blog: El Sr. Carlos Alonso.

Este oscuro personaje, estimulado en forma solapada por el administrador de esta página, publicó en su columna un escrito provocador, inconsistente y poco sólido en cuanto a rigor investigativo.

Para la misma fecha, el administrador, en conocimiento de una de mis investigaciones más importante, me solicitaba que la adaptase a fin de publicarla en una serie de entradas.

Al leer el post de Alonso, caí en un estado de profunda indignación, porque me di cuenta de que estaba siendo provocado de la forma más vil y –como si esto fuese poco- con la connivencia del editor.

Por un instante pensé en renunciar. Pero, ante la solidaridad expresada por miles de los seguidores de mis investigaciones, a los que expuse el caso, he decidido seguir adelante y comenzar con la publicación del primero de los posts que he preparado y dejar las conclusiones en manos de mis respetados lectores.

Pantocles, un sabio que la historia nos negó

“…si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oír que oiga…”

Litto Nebbia

Año 179 de nuestra era. Atenas, GRECIA. Época de grandes sabios, de iluminación y ansiedad de conocimiento, como pocas.

Sin embargo, como en la actualidad, ningún investigador estaba ajeno a la política y las envidias de toda laya. Prueba de esto es la gran injusticia que la historia comete con Pantocles, el genial creador del goníaco pantocleano, que fue sometido a una sistemática persecución por parte del poder griego de la época. Pantocles sólo había cometido un pecado: Llevar sangre zíngara en sus venas.

Poco tiempo antes que al presunto astrólogo griego Hiparco se le ocurriese oficializar sus pretendidos signos zodiacales, en un campamento gitano ubicado en las cercanías de Atenas, vivía un grupo de disidentes de los permanentes coqueteos que los jefes de la tribu practicaban con el poder griego de entonces.

Este grupo cismático intuía la fusión de los griegos y aquellos gitanos de pobre honra, hasta el punto de autodenominarse los anti-gríngaros.

La verdadDentro de esta caterva (así la denominaban en secreto quienes detentaban el poder de la tribu), convivía un grupúsculo más radicalizado que oponía a la consigna de los jerarcas, “si no puedes contra ellos, úneteles.”, la no menos efectiva: “si no puedes contra ellos, imagina”.

Al frente de estos desaforados, que pronto pasarían a la clandestinidad, estaba Pantocles, un científico estudioso de los fenómenos estelares y hedonista incurable.

Cansado, pues, Pantocles de la falta de promiscuidad de los disidentes, eligió a tres de las más bellas doncellas y a dos esbeltos mancebos y huyó con ellos, instalándose en una caverna, alejada de tantos dimes y diretes.

Sus diversos estudios le permitieron el descubrimiento de estrellas y cuerpos celestes que, según cuenta en su diario, luego eran “vueltos a descubrir” por Hiparco.

Pantocles advirtió la filtración –no cuenta como- y comenzó a difundir datos falsos, los que eran prolijamente birlados por el infame Hiparco, conspicuo pseudo científico de buen ver por parte del poder griego.

Cabe inferir, pues, que los trabajos del inescrupuloso impostor, fueron apócrifos, lo que indigna sobremanera, ante el mero hecho de pensar en veinte siglos de seres humanos burdamente estafados.

Durante el transcurso de uno de mis innumerables viajes por tierras lejanas, descubrí los manuscritos de Pantocles –entre ellos, su diario íntimo- y fue entonces que pude apreciar la angustia del verdadero creador del horóscopo, en virtud de haber debido mantener en secreto sus descubrimientos. Me hice cargo de su frustración y procedí a recopilar gran parte de sus textos.

Alli, amigos, comenzó mi derrotero por diversas editoriales del mundo occidental, en las que me encontré cara a cara con la de la más infame censura.

Las culturas establecidas habían hecho muy bien su trabajo: -Ya nadie creería esta historia…- me dijeron.

En verdad, amigo lector, el peligro era que sí creyesen en ella y así pudiesen inferir que si el zodíaco de Hiparco es una mentira, todo –o gran parte- de lo que nos han contado nuestros antepasados, también podría serlo.

Y aquí llegamos a La isla tuerta en Internet, el más democrático de los medios, que permite que salga a la luz ni más ni menos que la VERDAD, la que ponemos a su consideración.

Próxima entrega: Universo y goníaco.