Lejos del mundanal ruido
mar 10
Lejos, muy lejos del artificio y la fatuidad que envuelve nuestra existencia cotidiana, existe otra realidad bien distinta y paralela en el que la luz que alumbra el mundo en el que habitualmente vivimos, apenas alcanza. Hay grupos de personas, comúnmente conocidas como minorías, que suelen transitar entre ambas realidades, pues tienen la imperiosa necesidad de nutrirse de algo más que de las vacuas emociones epidérmicas que les ofrece un entorno alimentado por el omnipresente hilo musical de radiofórmula, el cine palomitero creado para adolescentes sobrehormonados o el último ramplón best-seller de turno.
Las minorías, aunque acostumbran a ser todas incluidas en el mismo saco, como si se tratase de una rara masa uniforme de mentes subversivas, cuentan en realidad con una variopinta colección de caracteres que tienen como único elemento en común el afán de descubrir nuevas sensaciones con las que emocionarse. Claro está, y de ahí su nombre, estas personas son las menos, dado que la búsqueda de la emoción pura conlleva un continuo y pertinaz esfuerzo que no todos los que vagan por el mundo real están dispuestos a realizar.
Al igual que tener un cuerpo danone no se logra en quince días, encontrar el genuino sentimiento detrás de una manifestación artística, sea del tipo que sea, exige de un mayor empeño inicial para llegar a apreciarla, algo que por otro lado, y como casi todo en esta vida, se adquiere con la práctica. Se llega a un punto en el que dicho empeño deja de ser necesario y os puedo asegurar que a partir de entonces, la satisfacción y el sentimiento de recompensa que se siente al disfrutar una auténtica obra de arte, se asemeja bastante (pues la supera) al de admirarse en un espejo, tras un tiempo pasando por el gimnasio, ante la visión de la perdida de los superfluos michelines reemplazados por una bien
fibrada nueva musculatura.
Es mi intención iros proponiendo desde La Isla Tuerta una tabla de ejercicios para que aquellos que quieran y estén dispuestos a realizar el esfuerzo necesario, puedan, valga la redundancia, ejercitar esos flácidos sentidos, seriamente mermados como consecuencia de la nefasta exposición a triunfitos y 40 principales varios, y visitar ese mundo alternativo en el que la música, el cine o la literatura tanto tienen por ofrecer.
Si os parece empezaré por recomendar una delicatessen musical que es una pura delicia para los sentidos y que espero sea un grato descubrimiento para muchos. Su autor, que aúna juventud y talento, conjuga en sus composiciones la música clásica y el pop de vanguardia, logrando como resultado un audaz y sublime conjunto en el que el pasado y el presente se dan la mano. Me refiero a Owen Pallett, un artista canadiense de formación clásica y sensibilidad extrema, que empezó publicando bajo el nombre de Final Fantasy un par de estupendos álbumes hace unos años para ahora traer bajo el brazo una obra mayor de aquellas llamadas a perdurar. Tiene por nombre Heartland, un disco repleto de esplendorosas canciones que, subrayadas por la preciosa voz de Pallett, os transportarán directamente a ese mundo del que os hablo sin paradas intermedias. Aquí os dejo una muestra para que podáis comprobarlo.











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