Lo peor de nosotros mismos
ago 7

Hay gente que disfruta de la tele.
Todo el mundo que conozco habla mal de la televisión. Es uno de esos clichés de conversación tipo; como hablar del mal tiempo o de la inutilidad de los políticos. Si no eres un ermitaño de la montaña o un autista social, seguramente ves televisión y sueles decir en los bares y en los ascensores que en la tele no dan nada o bien que lo que dan es una mierda. Yo también lo hago. Siguiendo este patrón conversacional y entendiendo que no es lo mismo la mierda que la nada, podríamos dividir a la sociedad televidente en dos grandes grupos de opinión.
Se dice que la televisión se inventó para entretener. Algunas veces, leyendo audiencias y escuchando comentarios al respecto de los programas más vistos, me da por sospechar que lo que se denomina “mierda” es lo más entretenido. ¿Sino por qué la gente lo elige? ¡Valiente paradoja! “Lo veo para criticarlo”. “Es una mierda, pero no dan otra cosa”. O peor: “es una mierda pero me gusta”. La mayoría de la gente vemos la tele incluso considerándola una mierda. Eso es un hecho. Pero, ¿por qué lo hacemos?
Los que consideran que en la tele no dan nada no es que sean ni mejores ni peores, simplemente no suponen una paradoja psicológica. Apagan la televisión porque nada de ella les gusta y se van a leer un libro de mierda o a contemplar un cuadro en un museo que en el fondo no les dice nada. La sociedad y la cultura está llena de mierdas y de nada, eso no es un misterio. Hay personas que tratan de buscar algo más y por el camino viven de esa esperanza. Pero teniendo en cuenta que detrás de todo eso está por igual la mano del hombre, es lógico que tras cada una de esas obras existan las mismas carencias. ¿Se trata entonces de la cantidad de horas que dedicamos a cada una lo que nos permite quejarnos más de unas que de otras?
Volvamos a la televisión, el medio más seguido por todos nosotros (junto a internet, del que podríamos hablar otro día) y a lo que a mí me fascina: el telespectador que elige libremente ver lo que él mismo considera mierda. Tomémoslo como el aspecto representativo de una conducta habitual en cualquiera de nosotros. ¿Qué tiene esa mierda que nos atrae al tiempo que nos indigna? Se suele decir que tenemos la tele que nosotros escogemos, o en un tono más moralista: la televisión que nos merecemos. Eso suena a castigo divino. A pecado original y a condena eterna. El castigo de elegir mierda es tener que consumirla. O dicho de otra manera: el que duerme con caballos se levanta cagado.

Otra gente odia la caja tonta.
Yo prefiero decirlo así: somos la televisión que tenemos. En general, ya que hablando de medios y audiencias todo son generalizaciones, la televisión sería una especie de espejo de nuestras frustraciones. Un reflejo de nuestro lado más oscuro, de los odios y los miedos que duermen en nuestro inconsciente. De esta manera, elegimos aquello que no soportamos de nosotros mismos para, una vez objetivado fuera en una pantalla, enfrentarlo, despreciarlo y condenarlo. Lo que quiero decir es que, parece sensato, una sociedad loca, tendrá una televisión loca; una sociedad enferma, una tele enferma; así como una sociedad sana, tendrá una televisión sana. En definitiva, considerar que la tele es una mierda, es proclamar que vivimos en una sociedad de mierda.
El caso es que, más allá de nuestros enfados, si reflexionamos, sabemos que ni la televisión ni la sociedad son tan malas como parecen. Sólo hay que buscar bien. Es cierto que hay momentos de horror cotidiano y de vacío existencial en los que gritaríamos y sin embargo callamos y ponemos el primer canal de gritos que encontremos. Yo creo que si hay gritos en televisión es porque hay necesidad de gritar en los telespectadores. Un sentimiento que no nos gusta y que probablemente calificaríamos como un sentimiento de mierda si fuéramos conscientes de él.
Últimamente, yo que veo tanta televisión que tan poco me gusta, me pregunto qué falla en mi vida, qué me falta, qué me indigna, qué me frustra, qué me hace infeliz. Estoy seguro de que buscando un poco en lo peor de nosotros mismos seríamos capaces de cambiar, de realizarnos, de sentirnos llenos y ya no nos quejaríamos en los bares y en los ascensores porque tendríamos una sociedad y una televisión como dios manda.
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Barbara
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