Lo que no vemos.Nuestra vida es rutinaria. Cada día pasamos por los mismos sitios, vemos a las mismas personas y hacemos las mismas cosas. En parte todo esto es inevitable. Tenemos un trabajo, una vida, y la rutina se apodera de ambos.

Yo no voy a deciros que cambiéis vuestra vida, que le deis un giro. Eso, siendo realista, sería imposible. Yo os voy a enseñar que esa rutina que conocéis no es la que creéis, que aún hay cosas que no sabéis.

Ayer en el metro, en el metro que cojo cada día y que no cambia nunca, me di cuenta de algo nuevo. Algo que había estado ahí desde el principio.

El suelo por el que corro por las mañanas, el suelo por el que arrastro los pies sin tropezarme volviendo por la tarde; ese suelo con esas baldosas que parecen hechas para mí porque sobre ellas corro más que sobre ninguna otra superficie, resulta que no está hecho para mí. Y probablemente, tampoco esté hecho para ti. Si lo miras detenidamente, el suelo está formado por baldosas negras, lisas y brillantes y por baldosas blancas y rayadas. Si me había fijado en los dos tipos de baldosas no lo recuerdo, pero en el caso de que lo hubiera hecho, habría pensado que formaban dibujos geométricos a gusto del diseñador. Pero no.

El ruido del bastón de un ciego raspando las baldosas blancas y rayadas me abrió los ojos. Esas baldosas forman un camino que guía a los ciegos hacia las máquinas de venta automática, el ascensor o las puertas giratorias para acceder a las vías. Es más, según como estén colocadas las baldosas blancas indican giros, escaleras o sitios en los que deben pararse.

Cada día ocurren a nuestro alrededor miles de cosas de las que no somos conscientes por el simple hecho de no abrir los ojos. Yo os reto a que seáis curiosos, a que estéis atentos, no sabéis lo que podéis llegar a descubrir.