Mañana en la batalla piensa en mí
jul 7
Uno nunca sabe muy bien como se llega a los clásicos, quizá por casualidad, quizá por el intuitivo azar, quizá por la recomendación de un amigo, de un conocido, de un periodista que defiende a ultranza una película, o un libro, quizá el mejor disco de la historia de la música.
Uno nunca sabe como se enamora de los clásicos, pero ocurre, ocurre siempre cuando se empieza a mirar, cuando la distancia, los años, las modas, han dejado de influir a lo que se mira, y el disfrute toma un cariz más profundo, y lo que se siente se acomoda en el subconsciente, y allí se queda, a la espera de una necesidad, de un problema, o puede que de la infinita nada que nunca se usa.
Yo nunca sabré del todo quién fue el primero que me habló de Carl Theodor Dreyer, con quién tuve la primera conversación sobre él, quizá la olvidé, quizá quise olvidarla, sin embargo hubo una primera, una segunda, una tercera…en la que la imagen del autor primaba, en la que sus planos continuos, sus blancos y negros cegadores, su miradas al vacío, el alma que se intenta retratar en cada imagen, con cada plano, con cada secuencia que encadenaba secuencias hasta contar maravillosas historias, profundas, atemporales, universales, me hacía enamorarme sin saberlo de su cine, amarlo, protegerlo, quererlo como un amor sin sentido.
Ahora que vuelvo a ver gran parte de su filmografía, me doy cuenta de lo poco que se habla de Dreyer en estos tiempos, y quizá, de lo poco que se hablará en los años venideros. Ya nadie habla de la Pasión de Juana de Arco, y sin embargo muchos, Lars Von Triers, paisano de Dreyer, y sin duda heredero, lo copia, o homenajea en películas como Rompiendo las Olas, o Bailar en la Oscuridad.
Ya apenas se habla de Ordet, cuando es una obra de arte viva, que se mantiene intacta y fresca, y que es contiene,entre muchas virtudes, una de las más complejas puestas en escena que yo he visto en el cine.
Tampoco se habla de Dies Irae, al menos, yo no lo oigo, no lo escucho, pese a que es una historia de mujeres, que habla de li
beraciones, en un tiempo donde ser libre ni era derecho, ni privilegio.
Ya no se habla de la dureza de Gertrud en el tema de las relaciones, ni de la magnífica Vampyr, ni del Amor de la casa…
Quizá los clásicos también estén predestinados a morir por mucha pena que nos dé. Quizá, como bien dice Rosa Montero, cuando el autor muere, quién va a ser capaz de defender su trabajo, de venderlo. Quizá los Estados deban dedicar una labor más amplia a valorar el patrimonio audiovisual. ¿Quién habla en España de Buñuel…Quién habla en España de un autor que no se haya santificado antes?.
Yo nunca sabré quién hablará mañana de los clásicos, quién estará aquí para defenderlos, quién mirará con los ojos adecuadas que necesitan las películas para sentirlas como inmortales, como necesarias, como suyas cuando ya nadie quiere mirarlas.
Estaremos aquí, quizá la vida nos sorprenda y otra vez se vuelva a hablar de los clásicos.
Cruzo los dedos.










