Le esperaba siempre puntual, a la misma hora, en el mismo sitio acordado. Y siempre sostenía una margarita en su mano. Nervioso y pensativo. Ella se acercaba a él, con una sonrisa perenne en los labios. Se abrazaba a su cuerpo. Él la miraba a los ojos y le daba la flor: una margarita eterna para su amor.
Paseaban durante horas cerca de un río, donde a veces se quedaban sentados y apoyados contra un árbol y se dedicaban a abrazarse simplemente. El amor era, en aquellos tiempos lo más valioso que existía. Estallaba una terrible guerra. Él tenía que marchar. Ella le pidió que renunciase a ir. Pero el sabía que solamente los cobardes renunciaban a luchar por su País. Tenía la certeza de que regresaría con vida. Por eso cogió las manos de ella con todo el amor que sentía y le pidió con ternura que le esperase.

Evidentemente, como en todas las historias de amor más tremendas y bellas, él no volvió. Sin embargo ella cada tarde, recogía margaritas. Y las iba guardando dentro de libros, para retenerlas secas, por siempre. Para mantener viva la tradición que envolvía su amor. Pero nunca sería lo mismo si no les las entregaba él. No se supo nada de su muerte. Lo dieron por desaparecido cuando estaban en pleno combate. Si murió debió quedar muy poco de su cuerpo, porque nunca nadie lo encontró, o quizá es que nadie se dignó a buscarlo.

Ella repasaba lugares. Se acercaba al río, y en ocasiones hablaba sola, del amor que aún sentía por él apoyada sobre el mismo árbol donde tantos días se dedicaron a los abrazos. Donde tantos días se quisieron. Ella le sentía vivo dentro de su cuerpo, entre su corazón y su cabeza. Justo ahí se había quedado por siempre el amor de su vida.
Pasaba el tiempo. Nuevas guerras, nuevos bombardeos. La certeza de que a cada día que pasaba, la posibilidad de que su amado se mantuviera con vida, eran menores. Así que tristemente, al fin, cayó en la tristeza. Ella siempre tuvo la esperanza de que el amor de su vida regresaría con vida, sin embargo una voz interior le decía que debía de abandonar la espera. Dejó de buscar margaritas. Y un día quemó todos los libros, con las margaritas secas que había dentro, supo que quizá esa era la mejor forma de matar el recuerdo: quemarlo para siempre.

Y un día de Diciembre. Dos años más tarde. Una tarde de frío y nieve llegó el cartero con un paquete envuelto en papel marrón muy sucio, para ella. Se quedó mirando el paquete con atención y un ciclón de preguntas le acecharon, y el recuerdo de su amado, por supuesto. Y pensó que tal vez ese paquete contenía alguna noticia suya. Lo abrió con la desesperación que le invadía en ese momento, pensando que quizá se llevaría otra desilusión. Y quizá tuviera que revivir otra vez la misma tristeza. La misma profunda tristeza que ya sufrió una vez.

Abrió el paquete con cuidado. Había un montón de cartas atadas con un cordón. Y una carta que iba suelta y destacaba porque tenía el nombre de alguien en letras grandes: el nombre de un compañero de batalla del amor de su vida. Y también había una margarita seca por el paso del tiempo. Las lagrimas comenzaron a salir de sus ojos. Todas las lagrimas que nunca había sido capaz de sacar, estaban saliendo ahora, inundando su rostro, su vida, las cartas y la margarita.

Abrió con cuidado y pena el sobre del compañero de batalla, temiéndose lo peor y pudo leer lo siguiente:

” Sta. Margarita,

le escribo para comunicarle que Cristobal ha fallecido en la guerra. Imagino que este paquete tardará en llegar a sus manos. Él le escribía cartas, a veces, con la única claridad que nos regalaban las explosiones lejanas. Sin embargo, Cristobal siempre encontraba momentos para escribirle. No pudo hacerle llegar estas cartas y me imaginé que a usted le gustaría tenerlas y a él que las tuviese. Junto con la margarita que le adjunto en el paquete. Aunque haya pasado tanto tiempo y no esperase ya alguna noticia. Ella, la margarita, fue la causante de la muerte, por querer coger esa margarita para usted. Nunca nos explicó lo que esa margarita significaba para ustedes, pero supongo que usted lo sabrá.

Mi mas sincero pésame. La guerra está terminando.

Firmado,

Jhonatan Brug”

La carta tembló entre sus manos. Tenía dos opciones: quemar todas las cartas y la margarita e intentar seguir con su vida. O leer las cartas y guardar la margarita. Optó por lo segundo. Guardó la margarita dentro de un libro que atesoró en su mesita de noche. Y en la cama, aún con las lagrimas vivas, leyó los retazos de amor que su amado le escribía desde la guerra. Y justo en aquella cama, Margarita se volvía a enamorar de él con sus cartas entre las manos y volvía a revivir todas las sensaciones que ya casi había logrado olvidar.