Médicos y amantesSe había enamorado y así me lo dijo. A simple vista. De repente. Se había enamorado en su viaje a pie desde la salida del metro hasta su casa, de un chico guapo que fumaba despacio en la puerta de un hospital. Me contaba que era un médico con bata blanca de mirada limpia. Que fumaba despacio para aprovechar su descanso de cigarrillos y frío de calle. Me lo contaba y dudé, porque no me imaginaba a un médico fumando despacio en la puerta de un hospital. Se lo dije. Pero ella decía que eran ya dos meses pasando por la puerta de ése hospital. Dos meses fijándose en él y sintiendo unas cosquillas extrañas. Me decía que cuando pasaba frente a él notaba como éste le devolvía la mirada y la sonrisa entre el humo de su cigarrillo y que tenía que buscar alguna excusa para conocerle.

Un día mi amiga simuló un mareo y se sentó en una de las sillas de ruedas que había colocadas en la acera. Se sentó en la silla de ruedas llevándose las manos a la cara, suspirando de malestar. El chico que fumaba despacio la vio, tiró el cigarro y se acercó a ella como si su vida dependiera de ello. Le preguntó qué le pasaba.

Ella contestó que estaba mareada y que no sabía por qué. El chico, lleno de amabilidad le dijo que la llevaba si ella quería dentro del hospital con un médico, que por suerte estaba en al zona de urgencias. Ella le miró como tantas tardes, con aquel amor que decía sentir dentro del pecho y le preguntó que para qué iba llevarla con un médico si él ya lo era. El chico sonrió, con aquella preciosa sonrisa que parecía no terminarse y le dijo despacio: – Yo no soy médico, soy enfermero.

Ella quedó quieta y sin respuesta alguna. Se puso de pié y sin tan siquiera darle las gracias bajó la calle deprisa, haciendo un estrepitoso ruido con sus tacones. El chico enfermero quedó allí, sin cigarrillo y sin entender apenas nada.

Mi amiga cambió de parada de metro y jamás volvió a pasar por la calle del hospital. Me lo contaba con lágrimas en los ojos, unas lagrimas de decepción que yo jamás llegué a entender. Él chico enfermero dejó de ser guapo para ella.

Aquel día aproveché para contarle que perdía mi trabajo. La crisis, ya sabes -le dije-. Desde aquel día me quedé sin amiga.

Y ayer la recordé, cuando al pasar frente al hospital vi al chico guapo que fumaba despacio, del que tanto me habló, dedicarme una sonrisa.