En estos tiempos en los que todo se valora en euros y todas las cosas tienen precio me siento afortunado de ser corredor.

Esta tarde le he cambiado a la vida un ratito de infancia por un puñado de esfuerzo.  Durante el entrenamiento he podido sentir ese escalofrío que de niño me hacía cosquillas en el estómago en tantas ocasiones. He recordado muchas de esas pequeñas cosas que tenían la enorme importancia de no importar nada: una lagartija oculta en la mano, esas zapatillas nuevas con las que creía volar, aquellas huidas con el corazón en la boca tras pulsar un timbre a traición o después de un beso robado…

Hoy, corría, sin mirar atrás, libre y descuidado. En medio de ninguna parte he atravesado un camino regado por los aspersores de un campo de cultivo y no he podido dejar de sonreír recordando cuando la misma travesura me hacía llegar a casa calado y lleno de barro. Me he acordado de mi madre llevándose las manos a la cabeza y he pensado en que un día mi hijo llegará a casa en iguales circunstancias y yo, haciendo el papel que me tocará, fingiré un terrible enfado. Sus ojos se llenarán de picardía y los míos de añoranza.

Corría y sentía ese instinto atávico del cazador en busca de la presa. Como un niño que siempre piensa en correr más rápido, en llegar más lejos. Reviviendo momentos en los que  no existían corsés que limitaran la capacidad de soñar con hacer lo imposible. Como un niño.

Hoy me he esforzado, he entregado mi sudor y mi entusiasmo. La vida, a cambio, me ha regalado unos valiosos minutos de infancia. Sabedor de su valor, con mimo, los he guardado en la cajita de sentimientos infantiles que escondo detrás de mi disfraz de adulto.

Hoy me he sentido niño otra vez.