Hace 6 ó 7 años que asistí a conocer al hijo recién nacido de un sobrino mío. Juan Carlos, mi sobrino, es un militar destinado en una base de carros de combate en los alrededores de Madrid.
A su pisito de Carabanchel asistí aquel día para conocer a su pequeño —a mi sobrino-nieto, para entendernos—, recién nacido. Era su primer hijo.

Felipe Sexto
Estábamos en la sobremesa del almuerzo, hablando de esto, de eso y de aquello…, dando vueltas a la cucharilla dentro de la taza de café cuando sonó el teléfono. Lo descolgó la esposa de mi sobrino y tras un momento breve, se lo pasa al marido diciéndole:

—Toma; es Felipe.

Tras una corta conversación en la que a mi sobrino me pareció oírle decir:

—No. Estamos solos. Bueno…, sólo mi tío que ha venido de Toledo a conocer al niño.
Mi sobrino Juan Carlos es un militar muy atípico. Es un poquito ateo y además simpatiza mucho con los socialistas. Para un militar español, creo que eso es raro, raro, raro.
Con las ideas que tiene, no le dio la gana bautizar a su hijo y su esposa se lo consintió.
Colgó el teléfono y acto seguido, mi sobrino se dirige a mí, con un gesto entre azul y buenos días y me dice:

—Tío: ahora va a venir Felipe.

Como yo le miré con ojos entre gris y buenas noches (¿…!), la esposa de mi sobrino se apresuró a decirme:

—…Es Felipe; el hijo del rey. Es que en esta casa, como somos los dos como somos… siempre le llamamos Felipe a secas; no nos sale llamarle por el nombre del oficio que desempeña.

Bueno…; yo ya sabía de antemano que mi sobrino hizo la carrera militar con el Príncipe Felipe. Sí, eso sí lo sabía yo. Incluso sabía que se veía de vez en cuando con los compañeros de promoción y que mantenían una cierta amistad.
Lo que nunca me imaginé es que el Príncipe de Asturias; el heredero de la corona del reino de España, se dignara a ir a visitar a mi sobrino en su propio domicilio de Carabanchel.
Mi sobrino trató de explicarme, con la máxima naturalidad de que fue capaz, que no me preocupara; que era un tío muy sencillo; uno más entre nosotros.
Que no gastara con él ningún remilgo ni ningún protocolo que eso a él le j…, le fastidia mucho. Que bueno, que aunque yo sólo le haya visto en televisión en actos propios de su oficio, que me olvide de todo eso, y que cuando esté aquí con nosotros me mentalice de que es un buen amigo; uno de tantos, y que le trate como lo que es: un buen amigo de tu sobrino.

Yo le prometí que sí…, que nada…, que bueno…, que estuviera tranquilo que por mi parte no iba a hacer el patoso. Que yo, aunque no estoy acostumbrado a estas cosas, que perdiera cuidado, que yo sabría estar a la altura que de mí requería mi sobrino y esposa.
Pasados unos minutos que a mí se me hicieron siglos, sonó el portero automático y contestó Delfy, la esposa de mi sobrino Juan Carlos. Ella preguntó “¿Quién…?” y a través del interfono todos pudimos oír “Felipe”.
Al poco llega el Príncipe Felipe al cuarto de estar y, ¡claro!, todos nos pusimos de pie, como corresponde a las costumbres de la buena educación.
(Yo ya llevaba cinco o seis segundos de pie, antes de que irrumpiera en el cuarto de estar).
Fue saludando a la pareja; dio dos besitos al recién nacido y se dirige a mí directa y diligentemente. Y va y me dice, de sopetón:
—Tú eres Jesús, ¡a que sí!
A lo que yo, mientras le estrechaba la mano, muy cortadísimo, acerté a decir:—Hola; Sí…, si. (Me pareció tan parco mi saludo, que unas milésimas de segundo después, dije casi a destiempo):—…alt… eza. Me salió entrecortado.
En esto que Felipe me soltó una sonrisa entre añil y madrugada, a la vez que arqueaba mucho la ceja izquierda. Inmediatamente después le miró a mi sobrino con cara interrogante y él le respondió:
—Lo siento, Felipe. No será que no se lo he advertido; pero perdónale, mi tío es un tío de esos chapados a la antigua. ¡Es del siglo pasado! Es casi como esos pelotilleros carcas que tanto te adulan.

Delfy sacó otra taza de café y se la puso a Felipe con la manoseada pregunta: «¿Solo o con leche?».
Charla que te charla, de esto, de eso y de aquello, en un momento de la conversación, y va Felipe y me dice:
—Es que… ¿sabes?, a mí, cuando no estoy en acto de servicio, me jo.., me fastidia mucho que me llamen por el oficio.
A esto que yo le respondo, poco convincente: “claro…; claro”.
Y Felipe sigue hablando conmigo y va y me dice:
—Juan Carlos, aunque lo intenta disimular conmigo, demasiado sé yo que en el fondo es republicano.
A punto estuve de volver a meter la pata con una pregunta tonta y preñada de extrañeza: ¿Quién, su pad…?”. Pero una milésima de segundo antes de soltar la torpeza, me di cuenta de que hablaba de mi sobrino Juan Carlos; el militar progresista. Sí, yo ya sabía que mi sobrino es un militar atípico; un militar republicano de esos de antes de la guerra.
Yo le respondí a Felipe:
—¡Ah, sí claro, claro…! Ya, ya…, alt…
(Por poco, vuelvo de nuevo a meter la pata, pero me mordí la lengua, miré al techo y disimulé).

Luego, mi sobrino sacó el parchís, y estuvimos jugando los cuatro una manita.
Cada vez que me acuerdo del pasaje aquel me echo las manos a la cabeza y me digo: «¡Madre mía! ¡Se acaba de inventar la monarquía republicana!».

En estos días me está atemorizando un repetido y extraño sueño con una utópica escena en la que ‘veo’ a Eduardo Haro Tecglen cortando una larguísima cinta con la bandera de la España monárquica, por una cara, y por la otra, la bandera de la España republicana, ante la puerta de la catedral de “La Almudena” proclamando: «Doy por inaugurada la Monarquía Española Republicana Democrática». (MERD)
Y Rouco Varela le toma una pequeña muestrecita de la cinta recién cortada, hace un lazo con ella y se la prende en la solapa de su sotana.

¡¡Ay, Manolo; que estamos perdidos!!