Nueve mesesLa primera vez que la vieron fue en blanco y negro. Y no pudieron creer que en aquella pantalla, entre aquellas sombras grises con formas, en movimiento, había un corazón que latía. Y que aquel corazón pequeño eran dos corazones en uno: los de ellos.

Miraban aquellas fotografías como si fueran pequeños trozos de papel dibujados a base de amor. Se inventaban nombres hasta la madrugada y se imaginaban cómo sería la vida cuando tuvieran a aquella niña, carne de sus carnes, entre los brazos.

Nueve meses de espera. Ya tenían elegido el nombre. Preparada la habitación con tonos rosas y lilas. Ya tenían voz de padres. Manos de padres. Ganas de ser, al fin, padres. Aunque en realidad ya lo eran. Él acercaba su cabeza a la enorme barriga de ella y le hablaba. Le contaba historias que dentro de unos meses le volvería a contar mirándola a los ojos. Como solo los padres saben mirar. Y ella desde ahí dentro, lo sabía, porque a base de patadas demostraba que tenía vida y que quería salir.

El día llegó. Ella se puso de parto. Y ya sabía respirar al ritmo de las contracciones. Él estuvo allí –en lo bueno y en lo malo-. Pero esto era bueno. Esto era muy bueno.

Se llamaría Claudia y tendría todo el amor de unos padres. Claudia. Claudia. Esas eran las palabras de él y de ella camino del hospital. Él con el pañuelo blanco asomando por la ventana. Y gritando su nombre. El nombre de su niña Claudia. Ya viene. Ya casi está aquí.

Fue un parto rápido. Claudia salió de cabeza como una campeona. La comadrona sonrió nada más verla, la cogió con delicadeza y la puso sobre el pecho de la madre. Una madre que aun suspiraba de dolor y alegría.

Y cuando la vieron tan pequeña y tan arrugada sintieron aquellas cosquillas en el estomago, ella, y él que estaba a su lado sin dejar de soltarle la mano.
¿Claudia, se iba a llamar? –pregunta la comadrona-. Y Claudia se llamará –confirma el padre-. Pero la comadrona apunta con el dedo los genitales del bebé. De repente una cara de asombro aparece en el rostro de ambos. Más tardes varias sonrisas.

Claudio es feliz. Duerme en su habitación rosa y lila. Ríe. Llora. Come. Duerme. Y sus padres aún se preguntan dónde se quedó Claudia. Fueron nueve meses esperando una niña que jamás llegó.

Quieren a Claudio infinito. Y casi se les había olvidado lo pactado. Pero el día llega y Claudio aún sin saber hablar siquiera, se despide de sus padres de alquiler. El contrato se ha extinguido. Claudio dejará de llamarse Claudio y viajará a Estados Unidos con sus nuevos padres a cambio de miles de euros, mientras ella y él se quedan con los brazos vacíos. Pensando en Claudio y en Claudia. En que quizá si se lo proponen, puedan encontrar a Claudia fuera de contratos y alquileres.