Y que san Perogrullo me asista, ¿verdad?.

Detrás de esta obviedad esta sociedad tiene un problema a mi entender bastante grave. Últimamente han habido algunas noticias en las que menores se han visto involucrados, como siempre, las mentes biempensantes han lanzado sus gritos al cielo pidiendo endurecimiento de penas para los criminales, se han rasgado las vestiduras cuando el gobierno, por una vez consecuente con algo, ha rebajado la edad de aborto sin consentimiento paterno a los dieciséis (lo cual es coherente con la mayoría de edad clínica la cual dice que una persona mayor de dieciseis años no necesita consentimiento paterno para aceptar o rechazar un tratamiento médico) y no se que harán cuando recuerden que la edad de consentimiento para tener relaciones sexuales en este país es de trece años.

Juicio de los dos jóvenes que quemaron viva a una indigente.

Juicio de los dos jóvenes que quemaron viva a una indigente.

¿Pero que es lo que hay detrás de tanto escándalo? Pues varias cosas, entre ellas la gran confusión que hay con la palabra menor.

Menor de edad es un término de ámbito legal basado en el artículo 19 del código penal que dice “Los menores de dieciocho años no serán responsables criminalmente con arreglo a este Código. Cuando un menor de dicha edad cometa un hecho delictivo podrá ser responsable con arreglo a lo dispuesto en la ley que regule la responsabilidad penal del menor”.

No dice nada sobre irresponsabilidad, o que no puedan tomar decisiones, o que sean estúpidos… o que no sean personas. Dice que no serán responsables criminalmente. Claro, ¿no? Pues parece que no a raíz de todo el revuelo que se ha mostrado últimamente.

Pero vayamos por partes, como bien dice el título de esta entrada, ocho no son catorce y a lo que me estoy refiriendo exactamente es que una persona de ocho años no es igual que una persona de catorce, la primera es un niño mientras que la segunda es un adolescente.

Es en esta confusión, la de meter en el mismo saco niños y adolescentes bajo el termino menor, la raíz de todos los problemas, reales y ficticios, que surgen cuando se tratan con ellos.

Y es que el termino legal abarca simplemente la responsabilidad legal, nada más, ni nada menos, no es una definición acerca de lo que es un niño, ni la de adolescente, ni pretende cubrir las relaciones de ellos entre sí ni con los adultos. Considero suficientemente inteligentes a los lectores de este blog para buscar las definiciones de niño y adolescente pero sí que quiero recalcar aquí una serie de diferencias que, tenidas en cuenta, puede ayudar bastante a tratar con ellos y a no crispar el ambiente cada vez que se trata un tema en el que la palabra menor aparece en ella.

Las diferencias son fundamentalmente dos:

1.- El intento de independencia de los adultos responsables, no es que haya “diferencias generacionales” entre el adolescente y los adultos responsables (padres, profesores, tutores…) si no que la lucha es entre un adolescente que quiere empezar a tomar ciertas decisiones en la vida y unos adultos que piensan que todavía no es lo suficientemente maduro para tomarlas. ¡Cuando el proceso de toma de decisiones y responsabilización de las acciones que provienen de esas decisiones es parte FUNDAMENTAL del aprendizaje!.

2.- Sexo, pero no tomado como el hecho de echar un polvo, y perdonen la cacofonía, sino el hecho de la consciencia de la propia identidad sexual y sus intentos de relacionarse como pareja con otros seres. Claro que un niño puede tomar consciencia de cierta identidad sexual, generalmente dada como la diferencia entre chico y chica, pero es en el punto sobre soy… y me gustaría compartir una relación con… en la que estriba esa diferencia.

Cuando se confunde niñez con adolescencia tenemos el cóctel perfecto para convertir a nuestros hijos en criminales en el amplio sentido de la palabra (no sólo en el legal). Pero como se puede llegar a ese punto y como evitarlo será parte de la segunda entrega de este artículo… Si es que la horda de padres con síndrome de Peter Pan no me lleva al cadalso primero.