De ése día, tengo pocos recuerdos. Quizá guardé los más importantes. Solamente sé que me dejaste con tres palabras que fueron como tres flechas directas al pecho: “Tienes que marcharte”. Me quedé en silencio. Es cierto eso de que hay silencios que matan.

En ese momento, te lo juro, quise restaurarme. Quise restaurar mi sistema interior que estaba enamorado de ti hasta la última membrana que une por dentro las fibras más sensibles. Quería borrar mi cache. Los restos que quedaron de ti, dentro y fuera de mi cuerpo, tus huellas que aún permanecían inalterables en el tiempo sobre mis mejillas o mi espalda. Tenía que suplir tu voz, siendo tu voz mi canción de cuna por las noches, lo único que valía la pena escuchar durante todo el día: lo más hermoso.
Sin embargo, con tus tres palabras me asesinabas allí mismo, sin ser asesina. Me habías querido todo este tiempo, para luego dejar de quererme. Recuerdo muy nítidamente la expresión de tus ojos vacíos, tus manos inquietas, nerviosas. Recuerdo tus labios, que tiritaban. Esos mismos labios a los que jamás volvería a acercarme, más que en mis recuerdos y mis sueños.
Te presentí victoriosa, mientras mirabas las palabras que convertiste en flechas clavadas en mi pecho. Mirabas como sangraba de dolor, de pena, de rabia, de angustia, de miedo, de coraje, de inquietud. Me mirabas sin darte cuenta de que yo, ya te echaba de menos. Pero daba igual. Cuando echas de menos a alguien y ese alguien no te echa de menos a ti, todo da igual. Todo es en vano.
Te miré, y lo recuerdo como si fuese ayer. Te miré con los ojos desencajados, pensando mil cosas a la vez: ¿tengo su foto en la cartera?. Sí, tengo su foto en la cartera. ¿Aún recuerdo todas y cada una de sus caricias?. Sí, aun recuerdo todas y cada una de sus caricias. Tenía tu nombre completo. Tu edad reciente. El número de tu DNI en mi memoria. El color de tus ojos grabado en la pupilas de los míos. Tenía tu tacto guardado en cada poro de mi piel. Y en la punta de mis dedos la última caricia. Lo tenía todo, hasta tus palabras clavadas en forma de flecha dentro de mi pecho, rozando mi corazón que tiritaba.
Así que te miré. Como se puede mirar a alguien a quien sabes que no vas a volver a ver nunca más. Y disparaste dos palabras más directas a mi frente: “Nos veremos”. Las palabras cuando son de mentira duelen más. Y a mi, tus palabras me atravesaron el cráneo. Sin embargo no hablé. No dije nada. Me moría de pena y sangraba por el pecho y la frente. Sangraba tus recuerdos, que se quedaron esparcidos sobre el frío anden donde me despedías para siempre, cerca de tus pies. Creo que alguno pisaste.
Dijiste adiós, con la mano. Al tren, supongo, porque a mi ya no me veías. Me hice una bola en mi asiento. Y de camino a mi ciudad natal, me fui arrancando una a una tus flechas. Cinco flechas para ser exactos. Las arranqué de cuajo de mi pecho y frente y las dejé sobre el regazo de una muchacha que estaba a mi lado y que me sonreía. Las flechas, evidentemente eran invisibles.
Creo que la muchacha se dio cuenta de la pena que desprendían mis ojos y no me dirigió la palabra en todo el trayecto. Así que pude apoyar mi cabeza en la fría ventana y hacer repaso de lo vivido contigo. A cada kilómetro que sumaba, estaba más lejos de ti y era increíble, pero más te recordaba.
Han pasado algunos años. Aún conservo aquellas heridas en mi piel. Heridas que ya son cicatrices y a veces paso la yema de mis dedos sobre la cicatriz de mi pecho, y puedo percibir aún alguna caricia tuya que no se curó del todo, que se quedó ahí escondida, entre la cicatriz y mi pecho. Justo ahí en medio.
Respecto a la cicatriz de mi frente, bueno, qué decir. La gente a menudo me pregunta por ella, qué cómo me la hice. Y entonces les hablo de ti. De lo maravillosa que fuiste para mi.