Mira a tu alrededor.

-¿Me has escuchado?

-Sí

-¿Qué te he dicho?

Abrí la boca para tratar de responder, pero enmudecí de golpe: no recordaba absolutamente nada acerca de sus últimas palabras. Suspiró.

-Otra vez igual. ¿Sabes? Ya eres bastante mayorcito como para seguir teniendo esos despistes. Empieza a asumir tus responsabilidades de una vez, o lo vas a pasar muy mal en la vida. Y todo esto te lo digo por tu bien.

Desvié la mirada, y me concentré en el tazón de desayuno que tenía delante de mí. Inmediatamente dejé de escuchar su voz, y el silencio se apoderó de la habitación. Observé el contenido del tazón, vi cómo sobre la superficie aparentemente lisa del café con leche se formaban ondas que la distorsionaban de forma insignificante. Ondas que se originaban por el breve movimiento de mis dedos sobre la cerámica del cuenco, al no mantener el pulso firme. El silencio se interrumpió por el continuo goteo del agua, resbalándose lentamente por el grifo. A su vez, la luz atravesaba la persiana por distintas rendijas, depositándose sobre la encimera mojada, y proyectando entonces todos los colores que componen el arcoíris, con todas las gamas, tonos y matices que alguien pueda imaginar…

-¿Lo has entendido?

-¿…Eh?

Me atravesó con los ojos, y al apoyarse sobre la mesa, tiró involuntariamente una caja de cerillas abierta al suelo, esparciendo su contenido por toda la habitación. Maldijo, miró la hora en el reloj del horno para confirmar que llegaba quince minutos tarde y añadió con voz imperativa:

-Que recojas la cocina y limpies el porche. Y recoge todas las cerillas que han caído. –Se detuvo un momento mientras contemplaba como posaba mis ojos sobre las cerillas mientras mi rostro proyectaba una sensación de ausencia y vacío. –Hijo, sé que no lo haces adrede, pero presta más atención a tu alrededor.

Abandonó la habitación y escuché cómo la puerta principal de casa se cerraba. Me concentré nuevamente en el tazón de desayuno.

Presta más atención a tu alrededor. Chasqueé los dientes mientras fruncía el ceño y miré de reojo las ciento noventa y siete cerillas desparramadas por el suelo. Me había bastado un golpe de vista para contarlas todas.

Presta más atención a tu alrededor. ¿Más todavía?