Uno de los problemas de juzgar películas, o por lo menos algunas de ellas, es que a estas hay que considerarlas en su totalidad y no por partes. Lo cual me lo pone especialmente difícil en este caso: Shame contiene un desenlace especialmente intenso y perturbador, de lo más notable que se ha visto en una sala de cine en este año, pero asimismo un planteamiento y un nudo especialmente torpes, plomizos e infestados de detalles de mal cine.

Por ello, y no por llevar la contraria por sistema, el segundo largometraje de Steve McQueen (que, por cierto, nada tiene que ver con el mítico actor homónimo, igual que Michael Fassbinder, nada con el mítico director del mismo apellido) no me parece el peliculón que ha proclamado casi la totalidad de la crítica. Demasiado irregular y contradictoria, casi confusa. No se puede seguir a un tipo, con esos travellings eternos y ese desprecio por el noble arte de la elipsis y el uso del fuera de campo, al que se le supone un adicto al sexo pero que llega a parecernos nada más que un cenizo y un pelma, para precipitarlo en los últimos veinte minutos al calvario de su propia adicción y del desenlace trágico de los acontecimientos. Dicho de otra manera: en todo el tramo en que McQueen prende la mecha de su clímax, llega a recordar a Tom Ford (Un hombre soltero), por superficial y  plúmbeo, y al Aronofsky pre-Cisne negro por lo tosco y lo inhábil en lo narrativo. Ya en dicho clímax, McQueen se acerca a Schrader y Abel Ferrara.

Claro que McQueen sabe que de un filme lo que suele recordarse son sus últimas imágenes, y tal vez por ello se permite antes tanto descuido y tanto fastidio. Se aprovecha, y tal vez abusa, de la falta de memoria de público y por lo visto también de la crítica…

A todo ello hay que sumarle que no hay nada en Shame que no hayamos visto, que la soledad y la sordidez de Nueva York ya nos la describieron insuperablemente Scorsese y el mencionado Schrader en Taxi Driver, y que en ese sentido lo que se ve por estos lares, al menos en la mayoría del metraje, llega a resultar tibio y hasta timorato. Sin embargo, Fassbinder roza la excelencia con su interpretación, y Carey Mulligan no brillaba tanto desde An education. En fin, todo luces y sombras. Más que una vergüenza, una lástima.