La gente latina tenemos fama de ser de “sangre caliente”. Esto de la temperatura de un líquido tan vital puede tener algo de riesgo.

Normalmente solemos ser muy “propios”. Pedimos permiso para todo, damos gracias por todo, y tenemos esta forma de hablar que se puede calificar de “suave”. Todo esto es cierto… a veces me dicen que me paso en pedir tanto permiso para hacer las cosas. Me es completamente imposible decirle al camarero “tráigame un salero”, me suena muy violento. Yo siempre digo: “¿podría traerme un salero?”. Otra cosa curiosa es que en casa de algún amigo, por mucha confianza que haya, yo siempre pido permiso para usar el servicio. Inclusive hago eso en casa de algún familiar político.

En México (y me atrevería a decir que en general en Latinoamérica) se considera violento hablar con un tono de voz más elevado al habitual. En España es muy fácil que a uno le hablen con un tono de voz más fuerte, y a esto uno tiene que hacer coraza y acostumbrarse. Recuerdo la primera vez que cogí el autobús. Yo iba con toda mi ilusión de descubrir algo nuevo. Desafortunadamente mi ilusión me llevó en la dirección opuesta y terminé en el lado contrario de la ciudad. El chófer en lugar de apiadarse de mí, y de mi carita de perdida, me regañó porque no me bajaba del autobús. Yo qué iba a saber que era la última parada! Yo con mi dignidad herida me bajé del autobús, para acto seguido volver a subir y claro, pagar otro billete. Ahora si iba en dirección correcta y acabé volviendo a mi casa toda desmoralizada. Ese fue mi primer “shock” cultural de mi nueva ciudad.

Peeeeeeero aunque podamos parecer muy suaves, cuando nos buscan nos encuentran. La verdad es que muy rara vez recuerdo haber visto en México a alguien discutir en algún lugar público, pero cuando esto sucedía, las discusiones podían ser muy acaloradas. Por ejemplo, aquí no es raro ver a alguien hablar un poco a voces. Inclusive ver a dos conductores que se bajan de sus respectivos vehículos e intercambian gestos dignos de la mímica más selecta. Allá si uno empieza a “manotear” y se baja del coche puede esperar ver una pelea. Yo una vez vi a un conductor bajarse de su coche, llevar un palo de golf (nótese que lo de sangre caliente no tiene nada que ver con el estrato social) y desahogarse contra el vehículo de su rival en cuestión.

Yo me considero una persona tranquila, bastante respetuosa y alumna estrella del Manual de Carreño. Pero en situaciones extremas puedo ser como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Por ejemplo: Pues justo unos días antes de mi boda viajé por avión con mi vestido perfectamente planchado e inmaculado. Lo llevaba en su respectiva funda. No me quedó otra opción más que ocupar todo un compartimento. Cuando alguien hacía el menor intento de poner algo encima del vestido yo saltaba del asiento y decía “es mi vestido de boda”. No se si era la voz, la mirada fulminante o mi cara de “estoy dispuesta a pelear a morir” lo que lograba con éxito que nadie se atreviera a tocarlo.

Total, no se engañen por nuestra voz suave, ni nuestra “dulzura” al pedir las cosas. Creo que todos llevamos un monstruo dentro, sólo que nosotros lo llevamos más escondidito. Lo dejamos salir poco, y cuando sale, cuesta trabajo volverlo a meter.