Los banquetes de bodas a las que estoy asistiendo últimamente me recuerdan más al televisivo “Un, dos, tres” que al evento tradicional, donde se cenaba, se conversaba, y luego se bailaba.
Ahora tienes que ir preparado, porque en cualquier momento del acto puedes recibir algún sobresalto que otro.

Y es que se ha puesto tan de moda sorprender a los novios con vídeos, canciones, disfraces y demás originalidades, que todos los amigos quieren cobrar protagonismo con su propia sorpresa, llegando, incluso, a que parezca de lo más normal pasarse, a los postres, unas dos horas contemplando singulares inventivas.

Por arte de birlibirloque aparecen y desaparecen diferentes grupos, que con su correspondiente música se encaminan orgullosos hacia la mesa presidencial, como si de la mesa de Mayra Gómez Kemp se tratase. Sólo falta el “sketch” (tiempo al tiempo), aunque no el baile, porque ahora también están de moda los bailes coreografiados.

Cada vez es más frecuente ver como los invitados más osados nos amenizan el acto mostrando su coordinación y soltura al son de una sonada música pop, con la esperanza, quizás, de ser los “protas” de youtube durante unos meses.

La primera vez que vi esto me pareció original, lo confieso. Hasta yo misma he participado en alguno de estos “numeritos“, pero cuando lo original y novedoso pasa a ser popular, y más de diez grupos distintos quieren ofrecer al aforo su particular ocurrencia, se hace pesado.

Se ha sustituido el momento “puro y copa”, por el momento “vídeo recordatorio” de los novios siendo niños. Y lo peor, es que este propósito cada vez se amplía y se versiona más, en esa lucha por lograr que el de cada uno sea el más original. (En la última, tuvimos que ver hasta tres partes del asunto).

Después comienzan a salir los amigos disfrazadores. Siempre haciendo alusión a gustos, hobbys o profesiones de los anfitriones. ¡Cómo si no supiéramos todos a qué se dedican! ¡Y con lo que cuesta estar “requeteguapos,” para que luego vengan los amigos graciosillos y te disfracen de sardina!

Más tarde la canción preferida del novio… y la de la novia… y hasta de los padrinos, si cabe.

Mascotas disfrazadas, declaraciones cantadas, versadas y espontáneas… Mucha variedad, eso sí. Y cuando te crees que todo ha terminado, de repente viene el “Momento ramo”. Hoy en día ya no se entrega a una sola. -¡Con lo bonito que era eso de la exclusividad!-. Ahora ya hay seis o siete mujeres casaderas que reciben a lágrima viva su correspondiente ramito. -¡oh!-

En fin… es lo que hay. Lo peor de todo esto es que se ha convertido en costumbre, y ya no hay boda que se precie en la que falten estos originales actos, aumentados por mil ya que cada vez se hace más difícil sorprender.

Los asistentes no partícipes nos sentimos más en un espectáculo de variedades que en una celebración, así que preparaos… Antes de decir el “sí quiero” (asistir) pensad que os podéis ver involucrados en una sorpresa ajena.